Opinión | Espejos con grietas: Lecturas para un verano lúcido

Escritor
El Evangelio del Píxel
Antaño, los mortales aspiraban a la Gloria. La Gloria era una deidad terrible y exigente que vivía en la cima de una montaña escarpada, cubierta de hielo y libros de texto. Para alcanzarla, uno debía dedicar su vida entera a una sola cosa: curar una enfermedad, componer una sinfonía o descifrar el universo. El viaje era solitario y el premio, a menudo, póstumo: el nombre de un cráter en Marte, una placa en un edificio que nadie mira o el respeto silencioso de una docena de personas que también habían intentado escalar la montaña. La Gloria pagaba con una única moneda de oro macizo, tan pesada que solo un muerto podía sostenerla.
Pero la humanidad conectada ha descubierto a un dios más amable, más rápido y, sobre todo, más rentable: la Popularidad.
El primer mandamiento: Serás mediocre
La Popularidad no vive en una montaña, sino en un estudio con un aro de luz. No exige genialidad; de hecho, la castiga. El genio intimida, la excelencia hace sentir al espectador inadecuado. O peor aún: el algoritmo la trocea, la reduce a un clip de treinta segundos desprovisto de contexto para que pueda ser digerida sin esfuerzo. Porque un espectador que tiene que esforzarse cierra la aplicación.
El primer y más sagrado mandamiento de la Popularidad es: «Para ser popular hay que ser mediocre».
Observad a nuestro santo patrón, Álex Gris —nombre ficticio, arquetipo real; buscad uno en cualquier plataforma y encontraréis varios millones—. Álex no es el más guapo, ni el más listo, ni el más gracioso. Su talento más pulido es una cuidada y esmerada mediocridad. Sus opiniones sobre política caben en un tuit y no ofenden a nadie. Sus retos de baile son ejecutados con el mismo entusiasmo y falta de gracia que tu tío en una boda. Reacciona a vídeos que otros han hecho, comentando obviedades como «¡qué loco!» o «no me lo esperaba».
Álex es un espejo perfectamente liso y vacío en el que sus millones de seguidores pueden verse reflejados sin sentirse juzgados. No es un faro que ilumina, es un simple reflector que devuelve la misma luz que recibe. Una pantalla pulcra donde las masas adoran, en realidad, a su propia e idéntica proyección. Y por esa proeza, es amado. Cada día, legiones de pulgares anónimos ungen su frente digital con el aceite sagrado del «Me Gusta».
La transacción divina: La gloria en céntimos
Aquí yace el gran cisma de nuestra fe. La vieja Gloria pagaba en oro. La Popularidad, nuestra nueva deidad, es más pragmática y sabe que el alma moderna no tiene paciencia para el oro. ¿Para qué quieres una pesada moneda de legado cuando puedes tener una lluvia constante de calderilla?
¿Popularidad? Eso es la gloria en céntimos.
Imaginad la escena. En un laboratorio sin ventanas, una investigadora que ha dedicado treinta años a desarrollar una vacuna contra una cepa de tuberculosis resistente a antibióticos —que mata a más de un millón de personas al año— recibe un correo electrónico informándole de que ha ganado un premio internacional. Es su moneda de oro: pesa y tiene valor, pero solo cae una vez. Y fuera de su campo, apenas hace ruido.
Mientras tanto, en el universo paralelo de la pantalla, a Alex Gris se le cae el batido de proteínas encima de su camiseta blanca. Lo graba, lo sube con una cara de sorpresa ensayada y comienza el milagro.
Ping. Ping. Ping. Ping.
Miles, millones de notificaciones. Cada una es un céntimo de gloria. Un «jajaja», un emoji de fuego o un comentario que dice «a mí también me pasó». Individualmente no valen nada: son de hojalata y se oxidan al minuto. Pero el sonido de tantos céntimos cayendo a la vez es música celestial. Es el sonido del algoritmo validando tu existencia.
Con esos céntimos, Álex no comprará la inmortalidad, pero sí un blanqueamiento dental patrocinado, un coche de lujo a plazos para aparentar y la atención constante que le impide pensar en el silencio que vendrá cuando la lluvia de monedas se detenga. Porque se detendrá. La Popularidad es una deidad caprichosa que no concede pensiones.
La paz del vacío
El verdadero talento de la Popularidad no es premiar la mediocridad, sino convencer a todos de que esa es la única competición que importa. Mientras Álex cuenta reproducciones, la investigadora de la tuberculosis no existe en ningún muro; el algoritmo no sabe su nombre. Y, sin embargo, hay personas vivas hoy por su trabajo que nunca sabrán que ella existe.
Este intercambio —el anonimato del mérito frente a la omnipresencia del espectáculo— no es nuevo. Lo novedoso es la velocidad con que hemos aceptado las reglas de juego como si fueran leyes naturales, como si el número de seguidores midiera el peso de una vida.
Pero no temáis, fieles. La Popularidad es un dios justo y equitativo: os ofrece a todos, sin distinción de talento ni mérito, quince segundos en la pantalla de un desconocido.
Ping.
Ah, disculpen. Álex Gris acaba de subir una foto de su almuerzo: una tostada con aguacate y queso feta. Ni muy quemada, ni muy pálida; perfectamente mediocre. Los céntimos están lloviendo.
El dios del Píxel está contento. Ping. Ping. Ping.
- La primera dana del verano deja granizo en el interior y más de 180 litros en Bejís
- Los pueblos donde más ha llovido en la Comunitat Valenciana, según Aemet: Bejís lidera con 186 l/m²
- Los vecinos de Bejís tras el temporal: 'Ha sido como la dana. Se han inundado todas las casas, incluso las de las zonas más altas
- Las tormentas bajan las temperaturas nocturas y permiten que la Comunitat Valenciana esquive por primera vez en agosto una noche tórrida
- Una mujer que conducía en sentido contrario fallece en un accidente múltiple en la V-21
- Un nuevo Sidi Saler camuflado entre dunas y árboles de 20 metros
- Siglo y medio custodiando el tesoro natural más preciado de Cullera
- Susto en Moixent: un toro se suelta de la cuerda y obliga a confinar a los vecinos en sus casas