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Opinión | Algo personal

València

Orgullo de nietos

La palabra 'moro' suena como uno de aquellos cuatro tiros cuando salen como un escupitajo de la boca de los de Vox y también del PP, que ha tragado plácidamente con lo de la 'prioridad nacional' que le han impuesto los fascistas

Daniela, junto a sus padres y su hermano, en Mestalla en 2010.

Daniela, junto a sus padres y su hermano, en Mestalla en 2010. / A. C.

Si no te ibas al extranjero te podían meter en la cárcel. O pegarte cuatro tiros en las tapias de un cementerio. O pegarte esos mismos cuatro tiros y dejarte caer como a un pobre perro en los yerbajos que crecían en las cunetas a la salida de los pueblos. Un día, en Gestalgar, vimos un esqueleto tumbado en un pequeño montículo subiendo a lo que llamamos El Corte Inglés, que es donde van a parar los trastos que sobran en las casas. Lo cuento en una novela y por eso es verdad lo del esqueleto. Porque las novelas -las ficciones- son verdad, no tienen que mentir con la excusa de que las novelas cuentan historias inventadas. Lo que pasa es que quienes son unos embusteros y unos cínicos de campeonato son demasiadas veces quienes las escriben.

Por eso digo que es verdad lo de que una vez -tampoco hace tantos años de eso- vimos un esqueleto en un ribazo cerca de los yesares y pensamos que podía ser de la guerra porque en la guerra las cunetas estaban llenas de muertos que habían defendido la República. Pero seguramente eran los huesos de un moro como los que salían en 'El Guerrero del Antifaz', pues en aquella zona del pueblo hubo muchos bancales por los que pasaron varias civilizaciones. La palabra 'moro' suena como uno de aquellos cuatro tiros cuando salen como un escupitajo de la boca de los de Vox y también del PP, que ha tragado plácidamente con lo de la 'prioridad nacional' que le han impuesto los fascistas. El caso es que ahora, tantos años después, los hijos de los hijos de quienes se fueron al exilio para evitar las cárceles, los paredones y las cunetas de los perros pueden ver reconocida su condición de herederos de una dolorosa injusticia histórica y solicitar la nacionalidad española. Lo dice la Ley de Memoria Democrática de 2022, aunque los de la prioridad nacional digan que se lo ha inventado ahora Pedro Sánchez para que los nietos y las nietas de aquel exilio ayuden a ganar las elecciones del año que viene a las izquierdas.

Analia junto a su marido y sus hijos tras ganar el campeonato de hockey con el Club Valenciano de hockey chileno.

Analia junto a su marido y sus hijos tras ganar el campeonato de hockey con el Club Valenciano de hockey chileno. / A. C.

Los tembleques del miedo

Lo recuerda Toni Cucarella en 'Qui de casa se’n va', su última y magnífica novela. El proverbio valenciano que tanto tiene que ver con los exilios. Quien de casa se va, a casa regresa. Es la aspiración de quienes salieron de su tierra para salvar sus vidas, aunque casi nunca se cumple ese proverbio. El exilio te parte por la mitad. Ya lo escribía en mi novela 'El boxeador': "el sitio al que llegas nunca será definitivamente tuyo y el que dejas atrás lo habrás perdido para siempre". Ahora los nietos y las nietas del exilio republicano español podrán sentir que vuelven a casa, que se van a encontrar con la memoria de un tiempo que permaneció hasta hace casi nada en la parte más escondida de nuestra última historia. A pesar de lo que digan Feijóo y su brunete mediática, muchos de esos nietos y nietas no podrán votar enseguida (el proceso burocrático es muy complejo) y tampoco todos votarán a las izquierdas. Es más: hasta ahora el voto extranjero en España siempre ha favorecido a las derechas. Pero se trata de marear la perdiz, de retorcer las cosas para que con la ayuda de sus medios de comunicación las mentiras parezcan verdad.

Aquí hay muchas familias que sufrieron lo que no está escrito a manos de los vencedores después de la guerra y, sin embargo, sus descendientes sacan pecho votando bien a la vista a los herederos de quienes torturaron a sus padres y abuelos. Olvidamos con una facilidad que asusta que la duración de las dictaduras se asienta principalmente sobre los tembleques del miedo y la amenaza, siempre presente, de seguir castigando a quienes sigan los pasos que les marcaron los hombres y las mujeres de la disidencia. Ese miedo -pero también la nobleza y el coraje- es lo que heredamos los hijos y nietos de la derrota. La crueldad, el desprecio por los otros y por lo diferente fue la herencia franquista en un país que sigue mirando al pasado como un inacabable paredón dónde se hace añicos la esperanza.

Eduardo junto a su mujer en la Ciudad de las Artes y las Ciencias.

Eduardo junto a su mujer en la Ciudad de las Artes y las Ciencias. / A.C.

Pero los tiempos cambian. "Ya no existe un siempre", escribe Vivian Gornick en 'Apegos feroces'. Por eso vamos orillando el miedo, la mirada temerosa hacia el pasado, el sentido de la humillación que los herederos de la dictadura quieren seguir imponiendo en nuestras vidas. Por eso también digo que si Abascal está orgulloso de ser hijo y nieto de quienes dieron un golpe de Estado contra la República y ganaron la guerra, yo lo estoy -como tanta otra gente- de descender de quienes la perdieron defendiendo esa República y su incuestionable y democrática legitimidad.

Una humilde bienvenida

Cuando puedan hacerlo, no sé dónde irá a parar el voto de quienes ahora ya pueden reconocerse en la dignidad de sus antepasados. Lo que sé es que el odio es el mejor camino para que un país se vaya a la mierda. Pero claro: a Feijóo, Abascal, Ayuso -y a Aznar como jefe de la banda- les importa también una mierda que este país se vaya a pique como si estuviera navegando en la última noche del Titanic.

En todo caso, y voten donde voten y cuando puedan, esta columna es mi humilde bienvenida a los nietos y las nietas del exilio que ahora pueden regresar a casa luciendo en la mano la mejor de las papeletas: la de la democracia, esa democracia que a sus mayores les negó, con una crueldad inhumana, la dictadura franquista. "Qui de casa se’n va, a casa torna", ¿no? Pues eso.

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