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Opinión

València

Ribó/Grezzi

Todo el marco común interpretativo de las políticas verdes sobre el cual se construye la opinión pública,todo eso y mucho más, se lo 'quedaron' Grezzi y Ribó en exclusiva en València

Joan Ribó y Giuseppe Grezzi en un acto conjunto.

Joan Ribó y Giuseppe Grezzi en un acto conjunto. / LEV-EMV

Dos de los elementos centrales llamados a orientar a una izquierda desorientada en un siglo entre posthumanista y retro, es decir, la cultura y el medio ambiente, fueron a parar en el reparto del Botànic a Compromís, ya como conselleries hechas y derechas, no sabe uno si porque Lluismi Campos e Ivan Castañón ganaron el match de la distribución de las áreas del Consell o porque el socialismo valenciano las consideró unas marías frente a las columnas dóricas del Estado de Bienestar. Pero de marías nada, monada. Desde entonces, Compromís patrimonializa la gestualidad verde como si fuera suya. De la cultura en torno a la aldea global ya nos ocupamos el otro día: las miradas internacionales volcadas hacia Valencia en el Congreso de Intelectuales de 1987 aportan el contraste entre el primer gobierno de izquierdas y las voluntades en torno al segundo. Aún así, el área de Medio Ambiente, en estos años de transformaciones energéticas y climáticas, era la herramienta necesaria para llenar de contenido el discurso ecosocialista del Botànic como aportación inequívoca y valenciana a la reducción de la utopía en la era de la postindustrialización: la proyección de una ideología “eco” también pasaba por engrasar la maquinaria administrativa, puesto que no solo de pancartas y activismos se alimenta una agenda medioambiental alanceada por el insufrible cambio climático. No pudo ser, que diría un corresponsal futbolero ante la derrota catastrófica de su equipo. La insoportable levedad de una colisión, real y metafórica, entre Elena Cebrián, consellera, y Julià Álvaro, secretario autonómico, irrumpió como una infatigable desesperanza cercenadora de propósitos y fecundidades, y eso que fueron nombrados ambos por la misma coalición. Tal vez Álvaro se sentía legitimado para ocupar el más alto escalafón del departamento, puesto que su tipología como figura pura o impura del ecologismo local posterior al patriarcado de Carles Arnal, Joan Francesc Peris y David Hammerstein, pero sobre todo del gran patriarca Ernest García (tótem este último al que el Botànic “olvidó”), no aceptaba ninguna mistificación liquidadora. El ecologismo valenciano se ha caracterizado por sembrar campos de minas sin distinción de ejércitos amigos y enemigos, y los que contemplamos las peripecias de sus élites desde una cierta distancia aún nos hacemos un lío con las siglas, los nombres, las divisiones y las vueltas a unir o a despegar. Al final acabó dimitiendo Álvaro, o lo acabaron “dimitiendo”, y se buscó acomodó público en otra parte, pero es que antes ya había dimitido Arnal y había dimitido María Diago, con lo cual el departamento de Medio Ambiente, llamado a propulsar una de las narrativas clave de la izquierda actual, fue de dimisión en dimisión hasta la dimisión final. Eso, por una parte. Por otra, la fijación de la conselleria, a mi modo de ver un tanto freudiana, no sé si impulsada por Álvaro, de organizar colectivamente la devolución de unos envases, o de los tapones de los envases, o de las botellas sin tapones, o bien con tapones, no estoy seguro, en máquinas ubicadas en unos establecimientos que devolvían dinero, o devolvían las botellas lavadas ya, o los tapones, tampoco lo recuerdo, infectó de nuevo el discurso, pues con tanto envase o tantos tapones o tantas máquinas o tanto Ecoembes, el mundo valenciano del medio ambiente tutelado por la conselleria entró en un debate larguísimo, improductivo, bastante surreal, y así se fue volatilizando la primera legislatura al tiempo que se desordenaba su objetivo principal. Que era, repito, el de componer primero y distribuir después una de las narrativas más determinantes de una izquierda que necesitaba una narrativa determinante como necesita oxígeno la vida, cualquier tipo de vida. La verde y la otra.

Hubo de desplazarse Mireia Mollà desde Elx, reclamada con urgencia para reordenar el área y reorientar el credo a partir de un necesario transhumanismo que poseía sus límites originarios en el 'Walden' de Thoreau y sus límites finales en la invasión febril de vastas inmensidades de huertos solares con placas grises de silicio, un escenario uniformizador y apocalíptico en manos de grandes capitales del que huían por igual los municipios y los pajaritos. Mollà reordenó lo que pudo y le dejaron porque una vez había tomado carrerilla y la cosa iba bien, también la dimitieron. La política tiene mucho que ver con las domesticidades y las erupciones emocionales. El caso es que con tanto lío y tanta inestabilidad, esa área apenas dio respuesta al desafío ecológico, pero sobre todo no la dio desde el ángulo esperado: el de ganar la batalla cultural impugnando a la vez los determinismos y las explicaciones monocausales y dogmáticas. Así que, ante ese vacío, la batalla cultural la ganaron otros, y esos otros estaban en la Casa Gran. Todo el marco común interpretativo sobre el cual se construye la opinión pública, todo el sistema que guía los estímulos políticos, todo eso y mucho más, se lo quedaron' Grezzi y Ribó en exclusiva. No hay que ser muy espabilado para saber que el discurso verde de la izquierda de aquí se conoce a través de la pareja Grezzi/Ribó, ambos subidos a lo alto de una bicicleta (hay que llevar cuidado con las bicicletas, aunque el exalcalde está hecho un toro). Mientras la conselleria se estremecía entre naufragios derivados de la primera legislatura, en el Cap i Casal se desataba una revolución práctica e ideológica a la vez bajo el referente orgánico y ecologista liderado por la pareja Grezzi/Ribó. Grezzi, además, poseía -posee- la excepcional característica de no profundizar especialmente en la implacable operación crítica del economicismo, ni achicaba el campo hasta el sectarismo fondón, sino que ampliaba el marco y se alzaba sobre una reconstituida cultura de la ecoizquierda como expresión de un nuevo sujeto histórico de cambio, asumiendo desde el reformismo los nuevos códigos de la era postglobalizadora. La lección de Ribó/Grezzi, como mediadores entre la idea y la realidad, sobre la conselleria, impugnando profecías baratas, se estudiará en alguna tesis doctoral. De modo que, sabiendo como sabemos que la faz de Grezzi -ya retirado Ribó- constituye sin duda la representación misma de la agenda ecosocialista de la izquierda de aquí, y admitiendo que desconocemos qué hace Carles Arnal, si está en el jazz o en sus asuntos, lo que parece ahora imprescindible es resetear el movimiento verde valenciano y valencianista, es decir, indígena y no satélite de los movimientos de carácter nacional, desde un compromiso abierto y racionalizador que no huya de la historia para adentrarse en el campo de las conspiraciones imaginarias, sean estas de clase o de generación.

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