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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

València quiere opinar

La alta participación en la consulta de Levante-EMV sobre el nombre del futuro bulevar evidencia el interés ciudadano por el espacio público

Figuración de futuro paseo García Lorca, o Jaume I.

Figuración de futuro paseo García Lorca, o Jaume I. / Levante-EMV

Lo más profundo es la superficie de las cosas, sostiene ese filósofo de la cotidianidad plasmado en el verbo de Manuel Vicent. Más de 2.000 votos, de momento, en la encuesta digital de Levante-EMV sobre el nombre del futuro bulevar del sur de València confirman que la ciudad importa. Se equivoca quien subestime este debate, porque los vecinos siempre se ocupan de cómo se llama una avenida, qué memoria se reivindica y qué símbolos ocupan el espacio público. Pero el éxito de la consulta también obliga a mirar más allá de la placa, porque trasciende la elección entre Jaume I y Federico García Lorca, aunque los nombres construyan relato. Sería cómodo confundir esa decisión con una participación urbana plena. Preocuparse por una denominación cuando el trazado, los usos y el diseño ya están decididos es escuchar solo al final.

El urbanismo verdaderamente participativo empieza antes de que lleguen las máquinas. Consiste en aclarar qué movilidad se quiere, cuántas viviendas se levantarán, dónde se situarán las zonas verdes y de sombra, qué espacio se reservará al peatón y a los autobuses, cómo se conectarán los barrios y qué equipamientos necesita cada entorno. También implica explicar bien el proyecto, asumir críticas y aceptar que la ciudadanía pueda decir la suya.

La elevada respuesta a la encuesta del periódico desmonta la excusa de que los vecinos no se implican. Una muestra significativa ha dedicado unos minutos a pronunciarse sobre un elemento que cambiará València. Hay interés y voluntad de intervenir. Lo que falta demasiadas veces no es participación ciudadana, sino cauces con consecuencias reales.

Las administraciones suelen invocar la participación cuando necesitan respaldo, pero son más reticentes cuando esta cuestiona prioridades, presupuestos o diseños. La autenticidad no se mide en cuántas consultas se convocan, sino en cuánto poder de decisión se comparte generando amplios consensos.

El nombre del bulevar importa, pero todavía más que València aproveche esta respuesta para abrir debates urbanos reales y de fondo. Una ciudad activa no es la que pregunta ocasionalmente, sino la que incorpora a sus vecinos a los grandes proyectos. Y después explica con transparencia qué propuestas acepta, cuáles rechaza y por qué.

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