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Opinión

José Miguel Martínez Castelló

José Miguel Martínez Castelló

Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO)

Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO)

La lección canina a la humanidad

Cuando los focos se apaguen, Caracas y La Guaira se difuminarán de nuestra vista. Quedarán los múltiples testimonios para que tengamos presente que los próximos podemos ser nosotros

Tsunami busca supervivientes tras los terremotos en Venezuela

Tsunami busca supervivientes tras los terremotos en Venezuela

La humanidad ha sufrido tragedias durante toda su historia. Las guerras han marcado el compás de la historia, con sus millones de víctimas y de asesinatos en masa que, en lugar de aprender de lo vivido, no ha hecho que caigamos en la cuenta de nuestro camino errado y nuestra opción constante por la barbarie. Hay un hecho que traspasa durante los siglos y es la falta de memoria. Resulta inquietante cuando te adentras en uno de los bloques de Auschwitz la lapidaria frase del filósofo español George Santayana: “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. Tenemos innumerables muestras de nuestros errores, de nuestros pecados capitales, pero lo olvidamos cuando la cotidianidad del día a día nos consume y nos domina.

Sin embargo, también estamos expuestos a tragedias que vienen de la mano de la naturaleza. Algunas provocadas por la acción del ser humano y otras porque tienen que pasar, rebasando nuestra conciencia todopoderosa que cree que todo depende de su decisión y voluntad. Una muestra más de nuestra ignorancia supina ante la realidad de la vida y de nuestra existencia. Sólo nos damos cuenta de ello cuando, de pronto, la naturaleza nos envuelve dentro de su paso imparable y nos hace caer en la cuenta que nuestra vida puede cambiar en milésimas de segundo. Ahora bien, el olvido y la desmemoria también actúa en este tipo de tragedias. Un minuto después de que temblara una parte de Venezuela, una ola de solidaridad y de compromiso se hizo realidad. Pero algo que también olvidamos es que cuando los focos se apaguen, Caracas y La Guaira se difuminarán de nuestra vista y de nuestras prioridades. Ante dicha amnesia, quedarán los múltiples testimonios que estamos viendo para que tengamos presente que los próximos podemos ser nosotros. Algo que quedará en nuestra retina son unos nombres, no de personas, sino de esos perros rescatistas que han adquirido fama mundial.

El más conocido ha sido Tsunami, seguro que lo conocen, un Border Colli que ha salvado a más de veinticinco personas. Su historia nos ha llegado al corazón porque fue maltratado por sus dueños y después liberado y entrenado para salvar vidas humanas. Vidas de un ser, los humanos que, en ocasiones, sólo aplicamos el lenguaje de la violencia, del ojo por ojo, diente por diente. Tsunami aplica aquello que Jesús de Nazareth dejó expresado en los evangelios de devolver bien por mal. Cuando su adiestrador habla de su función, lo mira con agradecimiento, destila felicidad, vida y cierta prisa por volver a su trabajo sin tener en cuenta lo que le hicieron. Tsunami no está solo, hay otros perros que están salvando vidas: Dastan, Blade, Topos, Kayra

Ahora que tanto se habla de faros morales caídos, aquí tenemos unos contraejemplos claros. Hacen lo que tienen que hacer, no se quejan, se adentran en esas cuevas de escombros donde puede ser su última incursión. Nosotros lo calculamos todo. Qué pocas veces nos damos de forma incondicional. Tsunami y sus compañeros nos han enseñado que huelen el dolor y el sufrimiento. Nosotros vivimos aislados en nuestras redes, con nuestros cascos que nos alejan del mundo y de la vida. Narcisismo completo y egolatría máxima. Muchas de nuestras mascotas nos dan lecciones de fidelidad, de compañía, de estar junto a nosotros pase lo que pase. Estos perros nos han conquistado el corazón. No los olvidemos en un tiempo donde la miseria y podredumbre inunda todas las dimensiones de nuestra vida y con la creencia cada vez más arraigada de que no ya no hay esperanza.

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