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Opinión | El trasluz

La pérdida de la sotana

La escritura pierde la sotana.

La escritura pierde la sotana. / Archivo

Hubo un tiempo en que la letra impresa poseía un prestigio extraordinario. Recuerdo las simples tarjetas de visita de mi padre, cuya tipografía transmitía una increíble sensación de rectitud, de probidad, de mesura. Lo impreso no era simplemente una forma de comunicación: era una forma de autoridad. Si algo aparecía en un libro, en un periódico o en un documento oficial, adquiría una consistencia especial. La imprenta no solo multiplicó los textos; multiplicó la confianza en los textos.

Durante siglos, la letra impresa disfrutó de una ventaja enorme: era escasa. Imprimir costaba dinero, requería infraestructura, correctores, editores, distribuidores. Antes de llegar al lector, una frase debía atravesar una serie de filtros. Eso no garantizaba que fuera verdad, pero sí que había sufrido algún tipo de control. Quizá el prestigio empezó a resquebrajarse cuando la abundancia sustituyó a la escasez. Cuando los ordenadores y las impresoras domésticas se abarataron. De pronto, cualquier persona podía hacerse sus propias tarjetas de visita o publicar en internet un texto con una apariencia tipográfica indistinguible de la de una enciclopedia.

La letra impresa perdió también prestigio cuando empezó a producirse a una velocidad incompatible con la reflexión. Antes, un artículo o un libro eran el resultado visible de una cierta lentitud. Hoy los textos aparecen por millones cada minuto. Incluso los robots escriben. La escritura ha dejado de ser un acontecimiento. Pero quizá el prestigio no haya desaparecido del todo, quizá se ha fragmentado. Seguimos respetando determinadas formas de escritura: una sentencia judicial, una receta médica, un contrato. Lo que ha desaparecido es la fe ingenua en que el mero hecho de estar impreso convierte algo en verdadero.

Tal vez el prestigio de la letra impresa comenzó a morir el día en que descubrimos que las palabras no eran la realidad, sino una de sus representaciones. Y quizá ahí ganó algo la escritura. Al perder el aura sacerdotal, se vio obligada a convencer por sí misma. Como las personas cuando se jubilan y dejan de impresionar por el uniforme o el cargo y ya solo les queda el carácter. Las palabras impresas han perdido la sotana, pero conservan, cuando son buenas, la capacidad de alterar una vida.

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