Opinión | Tribuna
Cuarenta no son nada

Palau de la Música / MARÍA BAS
El Palau de la Música fue, sin duda, el hecho más cosmopolita sucedido en Valencia en torno a la cultura de las corcheas desde que Iturbi apareciera por Hollywood y Lucrecia Bori iluminara el Metropolitan de Nueva York. Uno aún ha visto ensayar a la Orquesta de Valencia en una Lonja polvorienta. El Rialto, como sede del Centro Dramático, se inauguró un año después, y el IVAM tuvo que esperar aún dos temporadas más. Hace cuarenta años, los que cumple el Palau, Valencia se sostenía sobre una especie de calma bastante desértica solo amenizada por oasis culturales como los del teatro Principal, el Museo de Bellas Artes (que algún día, quizás en el próximo siglo, se acabará) y el Valencia-Cinema de los Vergara y de los Noguera. El salto desde un alma costumbrista -y provinciana- elevándose hasta su encuentro con el firmamento universal se produjo en Valencia a través de la música, como no podría ser de otra manera.

Palau de la Musica / Miguel Ángel Montesinos / LEV
La Historia y el azar no son meras caricaturas y anudaron un estrecho pacto para que el 25 de abril de 1987, día litúrgico en el calendiario de la izquierda de aquí, se inaugurará el auditorio con Pérez Casado en la alcaldía, Ciprià Ciscar en Cultura y Felipe González en el gobierno de España. Creo que una buena porción del Palau la pagó el Gobierno de España. Si hay un monumento al consenso, o lo ha habido, en una Valencia donde los consensos apenas se ubican entre los recuerdos, hay que buscarlo en el Palau de la Música, salvo tonterías de visiones arquitectónicas o de desperfectos y materiales u otros tecnicismos dedicados al continente. El contenido siempre ha estado a salvo. La sociedad valenciana hizo suyo enseguida el Palau y los políticos inteligentes y sus directores se han cuidado mucho de no acentuar sus divorcios en torno al auditorio para no divorciarse al mismo tiempo de la sociedad, que es la que los elige cada cuatro años. Esa regla no se ha cumplido siempre, porque tampoco todos los políticos vgías del Palau han sido inteligentes, pero la regla es la regla y contiene sus excepciones.
Manuel Angel Conejero, el primer director del auditorio, dimitió un día, o más bien una noche, pero ya había levantado lo que tenía que levantar, que era el Palau, a veces las dimisiones solo cumplen la intención del tiempo, y uno ha de saber -como supo Conejero- que su tiempo había caducado. Ese 25 de abril se escuchó al maestro Palau y su “Marcha burlesca”, y el Concierto de Aranjuez con Yepes, y las castañuelas de Lucero Tena acompañando a Falla. La concordia que se vivió con el alumbramiento del Palau de la Música -quizás porque la música es el lenguaje más antiguo y el personal apenas sabe de música, lo que hace que se le tenga respeto y devoción casi religiosa- no tuvo analogías en el IVAM, porque éste alumbramiento ya fue con cesarea: una de las partes en disputa, la provinciana, quería imponer el discurso valenciano en el instituto de arte en contra de su línea universal (Instituto Moderno de Arte Valenciano se debería llamar), lo que hubiera convertido al IVAM no en un museo internacional sino en un tiendecita local de arte local. Ganaron los buenos.
En cuanto al Palau, Rita Barberá lo continuó engrandeciendo como si lo hubiese proyectado ella, aunque tampoco es que asistiera mucho a los conciertos, y Ribó continuó esa misma continuidad -¿puede haber otra?- y se le veia en los conciertos de jazz como si hubiera nacido en Nueva Orleans. La alcaldesa actual, Maria José Catalá, tiene el privilegio de tocar el oboe, y hasta aquí hemos llegado. Porque aunque se supone que toca el oboe con mayores imperfecciones que el director actual, Vicent Llimerá, que es profesor, no ha habido alcalde democrático en Valencia intérprete de un instrumento, ni siquiera de las maracas, y no hay mejor reino en este mundo que el de la afinidad placentera con el lenguaje de los compases y las melodías para entender primero y glorificar después auditorios como el del Palau de la Música a través de los presupuestos municipales. Cuarenta años no son nada, o sí, y habrá que celebrarlo desde la disposición anímica del veinteañero asombrado aún por el espejo cosmopolita que García Paredes plantó en el río un 25 de abril.
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