Opinión

Periodista y ex-diplomático cultural
Un elogio y tres goteras
En la sanidad pública española hay una mezcla de justicia, respeto a la persona humana, caridad laica y empatía institucional. A mí esa mezcla me parece una buena definición de civilización

Ernest Lluch. / Levante-EMV
La UIMP de Valencia va a recordar una de las grandes gestas de la política de hechos que caracterizó buena parte de la Transición: la fundación del Sistema Nacional de Salud, impulsada por Ernest Lluch siendo ministro de Sanidad. Conviene subrayar la expresión “política de hechos” porque hoy parece un resto arqueológico cuando la política se ha mudado a los tribunales, a los platós y a las redes sociales. Como si gobernar consistiera en producir irritación, frases destructivas y relatos de usar y tirar.
El Sistema Nacional de Salud fue creado en 1986, hace cuarenta años. Llegó tarde si se compara con el británico, el francés o los escandinavos, nacidos con la gran oleada del Estado de bienestar posterior a la Segunda Guerra Mundial. Alemania tenía, desde Bismarck, seguros obligatorios de enfermedad ya en 1883.
Pero llegó. Y cuando llegó cambió la vida de millones de españoles. No fue un adorno del régimen del 78, sino una de sus vigas maestras. La sanidad pública convirtió en derecho lo que antes era miedo, patrimonio, o caridad.
Ese logro lleva el nombre de muchos profesionales, funcionarios, médicos, enfermeras, gestores y políticos, pero Ernest Lluch ocupa un lugar singular. Fue uno de los grandes constructores de la España democrática. Y su asesinato por ETA, en noviembre de 2000, figura entre los crímenes más aborrecibles de la banda criminal. Lluch representaba una política ilustrada, dialogante, reformista, tenaz. Cuarenta años después, el edificio sigue en pie, pero tiene goteras. Algunas son pequeñas. Otras llegan a dejar caer el agua, gota a gota, sobre la pantalla del televisor.
La primera gotera es estructural. Tiene que ver con el reparto territorial del poder, fuente de algunos de los aciertos de la Transición pero también de algunos de sus errores más destructivos. La división de la gestión sanitaria entre autonomías ha terminado produciendo diecisiete sistemas que no siempre hablan entre sí con la fluidez que exige la medicina contemporánea. En la época de la inteligencia artificial, cuando la investigación médica, el diagnóstico, la gestión de datos y la prevención multiplican su eficacia con una comunicación instantánea y rigurosa, mantener compartimentos casi estancos es una estupidez administrativa, fruto, en gran medida, de los vendedores de tecnología. En contra de lo que dicen los independentistas no es ideológica: es un desvarío político y administrativo. En mi opinión, dejando a un lado las quimeras, ni siquiera los partidos del nacionalismo catalán y vasco serían capaces de demostrar que es mejor seguir encastillados que compartir datos.
Conectada con esa gotera hay otra: la conservación de un Ministerio de Sanidad que necesitaría una sacudida desde los cimientos. No hablo como experto. Hablo desde la experiencia común de un usuario del sistema. Ciudadanos españoles, residentes extranjeros, turistas, pacientes crónicos, ancianos, padres con niños febriles a las tres de la madrugada, inmigrantes. El hospital, la consulta, son los lugares donde la ideología se quita la chaqueta del político y se pone la bata de la doctora. El manejo de la huelga de médicos para adaptar a la realidad el estatuto de las guardias está demostrando hasta qué punto la ministra hace tiempo que ha dejado de pensar España.
Como senior que soy, viajo por la vida con un kit de dolencias crónicas, que sobrellevo con dosis alternativas de humor y de budismo. Convivo desde hace unos años con un cáncer de próstata que, según mi oncólogo, es “poco agresivo”, en el sentido de que permitirá, educadamente, que sea otra la dolencia que se encargue de acelerar mi despedida de este mundo. Al parecer, más del 95 % de los hombres tenemos la mala costumbre evolutiva de producir ese tipo de tumores si vivimos lo suficiente. Hace unos meses me prescribieron una gastroscopia. Tomaron muestras de tejido digestivo para analizar si eran malignas o no. La huelga de médicos me canceló dos visitas al especialista estando ya en la sala de espera del hospital. Resultado: tres meses sin saber acerca de mí mismo, de mi salud. Me dicen, como consuelo, que si la biopsia hubiera sido positiva me habrían buscado por tierra, mar y aire. Entendido.
El sistema, además, está sobresaturado. Nacionales, turistas, inmigrantes. Cada persona que entra en un centro sanitario cada persona lleva consigo una cultura del dolor, una idea de la urgencia, una relación con la autoridad médica, una expectativa sobre lo que debe ser un hospital. Y no ayuda que durante décadas hayamos aprendido a mirar los hospitales a través de las series de televisión. Las series médicas, —tan exitosas como las de policías, ladrones y asesinos—, han convertido el hospital en un escenario dramático donde todo se resuelve con camillas empujadas por pasillos veloces, diagnósticos luminosos y médicos que piensan como detectives. La vida real es más lenta, más opaca, más burocrática. En la ficción, el electrocardiograma sabe narrar. En la realidad, solo le hace señas al cardiólogo.
Algunos ciudadanos que claman contra los inmigrantes ponen el foco en el revoltijo de las Urgencias y en el derecho a ser atendidos sin pagar que, según ellos, se arrogan quienes pasan por allí. Dicen que es un servicio que sufragamos unos y del que se aprovechan todos. Es verdad que en la sanidad pública española hay una mezcla de justicia, respeto a la persona humana, caridad laica y empatía institucional. A mí esa mezcla me parece una buena definición de civilización. Estoy en contra de la mercantilización de la salud. Pero es mi opinión. Otros preferirán que el hospital funcione como una caja registradora con fonendo.
El homenaje a Ernest Lluch me parece una iniciativa excelente del nuevo director de la UIMP, el astrofísico Vicent Martínez, y del economista y político Vicent Soler. Es un tributo —perdón por el anglicismo, en el diccionario todavía se dice “homenaje”— a un político enorme de una generación que participó en la construcción de un país nuevo con hechos, leyes, pactos, discusiones y reformas. Con todos sus errores, sí, pero también con una ambición pública que hoy echo de menos.
Me queda una reflexión de más calado que dejo sin desarrollar. La sanidad pública nos ha acostumbrado a una promesa formidable: el Estado se preocupa por nuestra salud y quiere alargar el final. Esa promesa es preciosa, pero puede derivar en una idea peligrosa: todos, o casi todos, podemos vivir 105 años y estamos obligados a intentarlo. Tal vez la sociedad de las redes necesite un nuevo enfoque de la muerte, de su inevitabilidad, de su compañía, de su dignidad. La sanidad pública debe curar, acompañar, investigar, aliviar y, llegado el momento, ayudarnos a decir adiós. No podrá ser nunca una fábrica de inmortalidad a pesar de las fantasías de Walt Disney o de las bromas de Putin y Xi Jiping.
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