Opinión
El país que se viste rojo, o blanco, para soñar

Andrés Iniesta celebra su gol que dió la victoria a España en la final del Mundial de 2010 / EFE
Hay muy pocas cosas capaces de parar un país. Muy pocas que consigan que durante noventa minutos desaparezcan las diferencias, se aparquen las discusiones y millones de personas miren hacia el mismo lugar con idéntica ilusión. La final del Mundial es una de ellas.
Este domingo, España lo puede volver a conseguir. Dieciséis años después, la Roja -ya no rojita porque se lo ha ganado a pulso- tiene la oportunidad de volver a tocar el cielo y con ello volver a demostrar porqué el fútbol es el deporte rey. Seguro que pasarán los años y, como en aquel 11 de julio de 2010, todos nos acordaremos de qué estábamos haciendo el 19 de julio de 2026 cuando España se jugaba ser el mejor equipo del mundo contra Argentina. Ojalá, lo que quede en nuestro recuerdo sea saber quién hará de Iniesta y en qué minuto será.
Antes de eso, ya ha ocurrido algo extraordinario. Basta con salir a la calle para comprobarlo. Niños, jóvenes y mayores lucen con orgullo la camiseta blanca —convertida en un auténtico fenómeno de ventas— o la clásica roja. En los balcones ondean banderas que, por una vez, no representan ideologías. Solo fútbol. Solo el deseo compartido de empujar en la misma dirección.
Gran parte de ese mérito tiene nombre y apellidos: Luis de la Fuente. Sin hacer ruido y con un perfil discreto, ha construido mucho más que un equipo competitivo. Ha recuperado el orgullo de pertenencia. Como hizo Vicente del Bosque en aquella generación irrepetible, ha conseguido que volvamos a sentirnos representados por un grupo que no solo juega bien al fútbol, sino que transmite humildad, compañerismo, respeto y compromiso.
Y en ese sueño también hay un acento muy nuestro. Dos valencianos, Ferran Torres y Álex Grimaldo, están a solo un partido de escribir sus nombres con letras de oro en la historia del fútbol español, como ya hizo Raúl Albiol. Ellos representan a una tierra que vive el fútbol con una pasión especial y que este domingo latirá un poco más fuerte al ver a dos de los suyos defendiendo el escudo de todos.
El domingo habrá un campeón del mundo. Ojalá vuelva a ser España. Pero, ocurra lo que ocurra, esta selección ya ha conseguido una victoria que no se mide en trofeos. Ha hecho que volvamos a sentir un orgullo de once futbolistas que representan mucho más que un equipo. Y eso, en los tiempos que corren, ya es una triunfo que merece ser celebrado.
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