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Opinión | En el barro

València

España me cuesta

Aficionados en el Roig Arena, en un partido del Mundial.

Aficionados en el Roig Arena, en un partido del Mundial. / Daniel Tortajada

Paso estos tiempos con la sensación de pisar un lugar siempre en conflicto.

Oigo gorjeos estridentes fuera de la casa. Hay varias urracas en el tejado. Huyen con mi sombra. Un mirlo parece asustado, exhausto, con el pico de par en par. Las urracas se marchan y se colocan en fila en un edificio cercano: se van pero no se van, están como vigilantes. El mirlo se mete en el interior del olivo, donde sé que hay un nido. Intento ahuyentar a las urracas con palmadas. Al moverme alrededor de la casa, tropiezo con un polluelo en el suelo, su cadáver de ser aún sin hacer, pero que ya es algo. Quiero pensar que el mirlo ha podido salvar otros huevos. Leo después que las urracas son territoriales e intentan expulsar a otras aves de sus zonas para que no quiten nada a sus pollos, así que imagino que la guerra continuará. Son más y más grandes. Otra contienda al lado de casa.

La guerra parece que nunca se acaba. No es solo que siempre haya alguna alrededor. Es que hoy recordamos los noventa años de la nuestra. La llevamos dentro. Yo, al menos. Quizás las nuevas generaciones no tanto, por el simple y natural hecho del paso del tiempo. Pero creo que la llevan aunque no lo parezcan o no lo sepan. En el centro de València sonó el otro día, tras la última victoria futbolera en el Mundial, algún Cara al sol. Es la historia que parece que nunca se va, que vuelva a asomar la pata de la intolerancia y el odio hacia el otro noventa años después. Son unos pocos. Eso también es así. La mayoría celebra feliz sin más una identidad que a mí me cuesta coser.

España me cuesta. Lo confieso. No sé si es generacional o es cuestión de tara académica o de malformación ideológica o de haber caído en un lugar de la periferia donde aún se nota el peso una identidad fuerte sobre otras debilitadas. No sé bien por qué, pero soy de aquellos a los que con tanta bandera rojigualda y tanto Vivaespaña y tanta efusividad patriótica (patria, otra palabra de difícil digestión) empieza a notar una comezón por dentro y un ligero sarpullido en la piel. No es cuestión de fútbol, porque en lo deportivo es para enorgullecerse de un grupo diverso, multirracial, plural, incluso de identidades periféricas, el menos centralista de la historia, sin nadie del Real Madrid (todo un símbolo): un conjunto muy del país de hoy. Y un grupo, sobre todo, más allá de derivas sociopolíticas, que juega dulce y bonito antes que caer en las miserias cancheras del resultado por encima de todas las cosas. Así que no es la pelota lo que me cuesta. Es el envoltorio.

Y es también la convicción (mejor dicho, el temor) de que estos abrazos de hoy son erupciones de un día. Son un espejismo en un lugar que se siente cada vez más cómodo en la vieja historia de bloques y bandos. Una tierra donde las dos Españas de otras veces vuelven a bajarse a las cloacas del populismo para distanciarse y olvidar relatos de conciliación y entendimiento a pesar de las diferencias. Esas dos Españas que solo parecen aceptar como posibilidad la victoria sobre la otra. Y mientras la mayoría se enreda en esta sinfonía sin fin es de nuevo la España más vieja, rancia, tradicional e intolerante, más de la patria y el toro, la que asoma con más fuerza. Es la que va sumando mientras los otros rompen puentes y se van haciendo más pequeños.

Donde otros ponen patria, prefiero poner progreso

Nada es igual. Pero el pasado está para intentar entender el presente e intentar construir algo mejor, sin los errores de antes. O con menos. Algo así es el progreso (otra palabra grande y difícil). Donde otros ponen patria, prefiero poner progreso.

España cuesta. Quizá porque las identidades complejas no son fáciles. Quizá porque el pasado pesa como la tierra mojada. Quizá por esa sombra constante de conflicto.

España cuesta, aunque también te encuentras cada día otro país. No sé cuál es más real. En estos días de calor imposible, alguien ha dejado en la plaza unos cacharros de plástico con agua. Se lee una inscripción manuscrita en el fondo. “Agua para animales [así, en general, como si el mundo fuera un lugar de fácil convivencia de especies]. No tirar. Se cambia cada día”. Como si esta tierra fuera un lugar desconocido y mejor, que costara menos. Igual lo es y me cuesta verlo.

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