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Opinión

València

La estupidez del odio

Hemos perdido el sentido, tan antiguo como la humanidad, de que algo en nosotros es turbio y debe ser ocultado con pudor

El expresidente del Gobierno José María Aznar, en una imagen de archivo.

El expresidente del Gobierno José María Aznar, en una imagen de archivo. / Alejandro Martínez Vélez - Europa Press - Archivo

Este país difícilmente tiene remedio. Hay muchos síntomas de ello. Mientras nos rodean los incendios y las casas se convierten en prisiones con aire acondicionado, mientras nuestro clima cada día se parece más al del Caribe -estamos a la espera de la próxima Dana-, hay partidos políticos que niegan el cambio climático. Mientras vemos cómo el país que fue la referencia del mundo democrático se hunde bajo la dirección de un megalómano, más crecen por aquí los seguidores de sus políticas. Mientras vemos cómo Trump ha destruido todas las expectativas de ofrecer a Venezuela una solución democrática, más vemos a los grandes millonarios venezolanos presionar para destruir a Sánchez, el único que se ha opuesto a las políticas de Trump.

Pero el síntoma más preciso de que tenemos difícil remedio es que un expresidente de Gobierno manifieste su analfabetismo de forma solemne, con una pose oracular, en un gesto de profetismo vacío, confundiendo amnistía con impunidad. Hasta los niños saben que una cosa es diferente de la otra. Amnistía supone delito establecido por el sistema judicial legal, con persecución, condena y responsabilidad, culpa y aplicación de la ley. Impunidad es la condición de la que goza a quien no le sucede ninguna de esas cosas a pesar del delito obvio cometido.

Cuando un expresidente de gobierno es capaz de vivir satisfecho con esta ignorancia y adoptar un tono mayestático para declararla ufanamente ante el mundo, la pregunta que debemos hacernos es cómo un sistema político promueve este tipo de individuos, cómo los mantiene como referentes y les concede notoriedad. Pero la pregunta todavía más urgente es cómo la ciudadanía le hace caso y atiende sus estulticias. Muy pesimista tiene que ser la percepción que se tenga del pueblo español para explicar este fenómeno.

En el fondo, se trata de conocer la forma del tipo humano que alcanza la legitimidad para dirigirse a la ciudadanía. Uno se reconcilia como humanidad cuando escucha al portavoz de los jueces del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Sereno, claro, sencillo, humilde, pedagógico, sin otra pretensión que decir lo que juzga correcto tras una poderosa meditación, sus palabras nos llegan precisas y pensadas. La ley de Amnistía busca la reconciliación de la ciudadanía española. Eso otorga legitimidad a los poderes públicos que la han aprobado. Busca un bien público superior, muy por encima del cumplimiento íntegro de las penas.

Por lo demás, la dimensión de gracia, como sabe muy bien cualquier estudiante, es la competencia exclusiva del poder supremo. La teología también conocía esta distinción cuando recordaba que incluso los más grandes pecadores podían recurrir desde Su justicia a Su gloriosa gracia. Así que la amnistía muestra el verdadero poder del soberano, que no quiere vivir en un estado de excepción permanente, sino que reintegra a la comunidad política unitaria incluso a los que quisieron separarse de ella. En este sentido, la ignorancia de Aznar solo es comparable a la de los portavoces de Junts, que de forma insensata van diciendo que la amnistía es un triunfo de los independentistas. Una amnistía es siempre un triunfo de la fortaleza del Estado.

Así que, en efecto, tal para cual. Evidentemente, estas manifestaciones propias de analfabetos políticos son sintomáticas. Todo indica que el gran cambio consiste en que ya todo el malestar interior se exporta hacia el exterior y que las personas ya no sentimos las contradicciones en que vivimos, las incoherencias propias, ni nos avergonzamos de ellas. Hemos perdido el sentido, tan antiguo como la humanidad, de que algo en nosotros es turbio y debe ser ocultado con pudor. Cuando uno responde con lo primero que se le viene a la mente y adopta ese tono mayestático, es porque su reacción está predeterminada por un prejuicio. Ese es el efecto del odio en el ser humano. El odio todo lo bendice, todo lo legitima, todo lo aprueba. Cuando se eleva a cemento de una parte de la sociedad, es obsequioso con cualquier cosa. La culpa del malestar siempre es del otro, al que se odia. Y como símbolo de todo lo que se odia, ahí aparece Sánchez.

Es así cómo el presidente con menos poder de la historia de la democracia española, con menos capacidad de cambiar las cosas, es el más odiado por los agentes de la derecha, el más acusado de dictador, de agente totalitario, con efectos destructores de la democracia. Es curioso este hecho. Cuanto más impotente, más tiene que ser insultado, pisoteado, perseguido con una saña inigualable, en su familia y en su intimidad, traspasando todas las líneas rojas de la civilización. Chivo expiatorio de todo su malestar, Sánchez sólo molesta por una cosa: es el único obstáculo para que ellos se instalen en el gobierno central del Estado. Algo muy importante para ciertos sectores españoles queda afectado por este hecho, y eso produce una cólera inigualada.

No puede ser ninguno de los grandes intereses económicos. Estos grandes intereses se desenvuelven con plena libertad en los gobiernos autonómicos del PP. Se trata de algo más abstracto, más simbólico, más insoportable, más dramático. Con el gobierno Sánchez tienen protagonismo estatal y parlamentario los que ellos consideran enemigos de España, Bildu y Esquerra. No Junts o el PNV, que serán aliados cuando sea necesario. No es la corrupción, que es la garantía de la común pertenencia al Estado del PP y del PSOE. Es esa comprensión de España dogmática, excluyente y privada la que mueve al odio que bendice incondicionalmente cualquier conducta contra Sánchez, sea la del juez Peinado o la de Aznar, con aquel raído espíritu militar africanista que caracteriza al franquismo.

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