Opinión | Espejos con grietas: Lecturas para un verano lúcido

Escritor
La tragedia de Clodomiro el Lúcido
Clodomiro el Lúcido padecía una enfermedad incurable: la inteligencia incontinente. Su cerebro era una máquina perfectamente engrasada que, por desgracia, carecía de frenos. Para él, la máxima de «ten más de lo que muestras; habla menos de lo que sabes» era una herejía, un insulto a la verdad.
El primer síntoma de su desdicha social se manifestó en el funeral de un vecino. Mientras la viuda lloraba desconsolada, Clodomiro, en un intento de ofrecer una perspectiva superior, le dio una palmada en el hombro y le dijo: «Considérese afortunada. Estadísticamente, su marido ya había superado la esperanza de vida de un varón sedentario de su índice de masa corporal. Desde una perspectiva termodinámica, su materia simplemente ha iniciado un proceso de redistribución energética mucho más eficiente». La viuda no volvió a dirigirle la palabra. Clodomiro suspiró, convencido de que nada es más insensato que una sabiduría a destiempo, sobre todo cuando se ofrece a mentes sencillas.
El segundo síntoma se manifestó en una cena de amigos. Alguien comentó que había tomado vitamina C para no resfriarse. Clodomiro, que había leído cuatro metaanálisis al respecto esa misma mañana, sonrió con la paciencia de un médico de guardia ante un hipocondríaco cariñoso y procedió a desmontar el mito con la precisión de un cirujano y la delicadeza de una excavadora. Citó a Pauling, rebatió a Pauling, y terminó explicando por qué el organismo humano no puede retener el exceso de ácido ascórbico. La cena concluyó veinte minutos antes de lo previsto. Clodomiro se fue a casa convencido de haber prestado un servicio público. Los demás, convencidos de no volver a invitarle.
Su carrera profesional fue una serie de triunfos intelectuales y desastres prácticos. En una negociación crucial, su jefe le pidió que guardara silencio para no revelar su estrategia. Pero cuando el oponente cometió un error lógico de bulto, Clodomiro no pudo contenerse. Desplegó una pizarra imaginaria en el aire y humilló al contrario con un arsenal de silogismos, dejando al descubierto todos los ases que su equipo guardaba en la manga. Fueron masacrados. Su jefe, al despedirlo, masculló: «Uno no se debe mostrar igualmente inteligente con todos, ni se deben emplear más fuerzas de las necesarias». Clodomiro consideró que era una mente mediocre incapaz de apreciar un genio táctico.
Su vida amorosa siguió un patrón similar. En una cita, una muchacha encantadora le confesó que era Géminis. Clodomiro pasó los siguientes cuarenta y cinco minutos ofreciendo una brillante disertación sobre el sesgo de confirmación, la precesión de los equinoccios y la falacia del efecto Forer. La muchacha se excusó para ir al baño y escapó por la ventana. Él, solo con su postre, concluyó que la belleza raramente venía acompañada de rigor intelectual. Lo verdaderamente notable es que Clodomiro había tenido cuatro citas ese trimestre, con resultados siempre similares: una candidata se fue antes del primer plato alegando una urgencia familiar que no parecía existir; otra pidió la cuenta entre el primero y el segundo tras escucharle corregir la carta de vinos; la tercera simplemente guardó silencio, se puso el abrigo con una calma monacal y se marchó sin decir palabra. Clodomiro interpretó como un gesto de elegancia lo que en realidad era pánico contenido. Registraba cada fracaso en una libreta con el epígrafe «Incompatibilidades intelectuales documentadas», sin sospechar que la libreta en sí era parte del problema.
Arruinado y sin amigos, Clodomiro se sentó solo en un banco del parque. Vio a un niño llorar porque se le había caído su helado. Por primera vez en su vida, sintió el impulso de decir algo simple, algo como «no te preocupes, te compro otro». Pero su mente ya estaba calculando la velocidad terminal del helado y la psicología del desapego material en la infancia. El niño dejó de llorar casi de repente, como hacen los niños, y se marchó trotando hacia su madre. Clodomiro se quedó sentado, con los cálculos a medio terminar en la cabeza y una sensación rara en el pecho que no supo clasificar en ninguna de las categorías que conocía. Lo intentó, naturalmente. Consideró la tristeza existencial, la disonancia cognitiva y hasta un posible déficit de serotonina estacional. Pero la sensación no encajaba en ninguna entrada de su taxonomía personal. Era algo más simple y más antiguo que todo eso.
Fue entonces cuando tuvo una revelación. Comprendió que había pasado su vida derrochando conocimientos y méritos como un millonario que empapela su casa con billetes grandes. Naturalmente, trató de catalogar también esa comprensión: buscó el término técnico, la referencia bibliográfica, el marco teórico que le diera nombre y coordenadas. No encontró ninguno. Y, por primera vez en su vida, Clodomiro el Lúcido tuvo la inteligencia suficiente para no decir nada.
El autor anota la escena en su libreta, advierte el peligro de parecerse demasiado a su personaje y, esta vez, no añade ninguna nota al pie.
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