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Opinión

Ximo Puig

Ximo Puig

VI President de la Generalitat

València

El calor y el cortoplacismo

El termómetro de la plaza del Ayuntamiento de València marca las altas temperaturas en la ciudad.

El termómetro de la plaza del Ayuntamiento de València marca las altas temperaturas en la ciudad. / Miguel Ángel Montesinos / LEV

Son las 3.23 de la madrugada

y no puedo dormir

porque mis bisnietos

me preguntan en sueños

que hacía yo mientras la Tierra se desmoronaba.

(Drew Dellinger)

París parecía haberse detenido, y no es una imagen literaria de Cortázar. En las terrazas apenas quedaba nadie a mediodía, las sombras de los parques se habían convertido en refugios antiaéreos y la radio repetía en bucle un dato que no hace tanto parecía imposible: 40,9 grados en junio. Ninguna conversación escapaba al calor. Y lo que más llamaba la atención, más incluso que el termómetro, era el tono de esas conversaciones. Había autocrítica. Una sensación compartida de que Francia no está preparada para el nuevo clima que ha llegado. El aroma de una sociedad entre asustada y exigente que demanda actuar ya.

Mientras caminaba por unas calles-horno lentamente pisadas por turistas perplejos y unos pocos parisinos –esa especie en extinción en ciertos sitios de París a partir del 14 de Julio– botella de agua en mano y rostro desencajado, iba pensando que esa conversación todavía no ha arraigado del todo entre nosotros. Aquí se sigue hablando del cambio climático como si fuera un horizonte futuro cuando hace tiempo que condiciona nuestras vidas. De hecho, ya las ha “cambiado”. Ya no es teoría. Está en las noches que han dejado de refrescar, en las tardes abrasadoras, en los incendios que cada verano baten un nuevo récord de virulencia como el último en Almería, en las danas que golpean con una fuerza desconocida y hasta en una sensación incómoda y difícil de describir: la de vivir un tiempo que empieza a dejar de parecernos normal. La sensación de haber dejado atrás y para siempre un clima que nuestros nietos nunca vivirán.

No se trata de denostar, con una enmienda a la totalidad, el desarrollo industrial que sacó a millones de personas de la pobreza, alargó la esperanza de vida y democratizó el bienestar. Tampoco sería justo señalar a las generaciones anteriores. Ellas ignoraban el alcance de la huella que dejaba ese progreso sobre el planeta. En cambio, nosotros ya no podemos decir lo mismo. Somos la primera generación sin derecho a la excusa. Sin coartada que valga. Sabemos que el impacto de ese modelo de crecimiento ha agravado la emergencia climática. Lo sabemos por la ciencia y lo sabemos por nuestra experiencia cotidiana, ya sea en los inviernos dels Ports o en los veranos de la Costera. Basta con abrir la ventana.

Hay otra conversación pendiente en la que conviene detenerse en este tórrido verano: el cambio climático no es neutral frente a la desigualdad social. Quién puede refugiarse en una vivienda bien aislada. Quién dispone de aire acondicionado, o quién lo tiene en todas las habitaciones de su casa. Quién tiene la tranquilidad económica suficiente para mantenerlo encendido durante varias horas al día sin temor a la factura de la luz. El cambio climático está dibujando nuevas fronteras sociales en verano (las fronteras del invierno y la calefacción las conocíamos más). La temperatura ya es nítidamente un indicador más de la desigualdad. Por eso la política importa. Las olas de calor, los incendios o las inundaciones no distinguen entre votantes, pero su impacto sí es distinto en función de cómo sea la respuesta pública. No es lo mismo quién y qué decida. Al Gore —candidato a presidente de los Estados Unidos— denunciaba hace unos años que las instituciones han sido sobornadas por intereses personales obsesionados con ganancias a corto plazo en lugar de sostenibilidad a largo plazo. Pero hoy no decide Al Gore, que con la verdad incómoda puso frente a la realidad que ya estaba aquí a la sociedad, al mundo. Hoy decide Trump, que se marchó el primer día del Acuerdo de París y que habla de la lucha contra el cambio climático como la gran estafa, al tiempo que reemprende el fracking y las guerras del petróleo. Un abrazo al peor pasado.

Reto 27: la prioridad climática

En estos días de ofensas gratuitas, xenófobas y tan reveladoras – por cierto, ¿qué le pasa a la derecha española antilustrada con los franceses?–, recordaba una escena un tanto lejana que explica muchas cosas. Era 2007 y Mariano Rajoy recurrió a su primo para sembrar dudas sobre el consenso científico en torno al cambio climático banalizando sus efectos. «¿Cómo puede saber nadie qué tiempo hará dentro de trescientos años?», vino a decir. Aquel episodio no fue una anécdota. Alimentó durante años una cultura política del escepticismo climático en España ahora amplificada por las redes nada inocentes (igual que Aznar también alimentó, temerariamente, el escepticismo sobre el peligro de conducir después de haber bebido alcohol).

Veinte años después, el trumpismo ha convertido el negacionismo climático en una bandera ideológica y ha solemnizado que la evidencia científica y el interés general pueden subordinarse al interés partidista hasta en las materias más sensibles. ¿Qué más da? Es el contagio trumpista, que ha encontrado imitadores en los más diversos lugares del planeta. Replicants a lo Blade Runner pero en versión grotesca. También en España, también en la Comunitat Valenciana. Son los representantes –xenófobos e hipócritas– de lo que denominan Prioridad Nacional. Son los abanderados del negacionismo climático. Y es terrible imaginar que, hoy, un gobierno alternativo en España incorporaría posiciones negacionistas o profundamente regresivas en materia climática. Lo paradójico del caso, para los apóstoles del dinero sin conciencia, es que existe otra vía. La transición ecológica no exige renunciar al crecimiento. Simplemente exige redefinirlo. Jeremy Rifkin habla de crecer mejor. De crear prosperidad con más eficiencia energética, innovación y respeto a la biodiversidad. De comprender que la competitividad del siglo XXI depende de la capacidad para liderar la sustitución de combustibles fósiles por energías limpias.

La Comunitat Valenciana posee una ventaja extraordinaria. Nuestro petróleo es el sol. Por eso hace un lustro apostamos por convertirnos en uno de los grandes polos europeos de la movilidad sostenible. Esta semana, Levante-EMV publicaba un magnífico reportaje de Ramón Ferrando y Francisco Calabuig desde el corazón de la planta de Volkswagen en Salzgitter, la única gigafactoría cien por cien europea. Produce ya 60.000 celdas de baterías al día, suficientes para equipar 250.000 vehículos eléctricos al año. Tuvimos la oportunidad de recorrer aquellas instalaciones alemanas en el invierno de 2023. Allí podía verse, casi tocarse, una parte del futuro industrial de Europa. Aquella planta es el espejo en el que nació el proyecto de Sagunt.

Las políticas públicas importantes requieren tiempo, acuerdos, paciencia. Rigor. Por eso me alegró tanto ver esas fotos de Salzgitter. El cortoplacismo que nos invade es el virus de este tiempo de espectáculos desoladores y de devastación moral en las instituciones valencianas.

Ansiamos la llegada del verano vacacional –del otro ya estamos cansados–, pero llegará septiembre. Siempre acaban las vacaciones. Y comenzará un nuevo curso político y, con él, un nuevo ciclo electoral. La emergencia climática debe ser la prioridad nacional. En mi opinión, cada municipio, cada ciudad, cada comunidad autónoma debería llegar a esa cita con un plan de acción climática serio, riguroso, ambicioso. Cuesta entender que todavía existan pueblos y ciudades sin estrategias de revegetación de calles y plazas, sin sombras suficientes, sin fuentes o toldos móviles suficientes, sin espacios públicos preparados para convivir con un calor que, durante muchos meses al año, tiene días y momentos insoportables. Adaptar nuestras ciudades no es un lujo verde. No es un tic woke. Es proteger la salud, la economía y la vida cotidiana. Cuesta entender la traición a las generaciones futuras cuando se suprime de la agenda la lucha contra el cambio climático.

En la Comunitat Valenciana asistimos a una preocupante deserción. La Estrategia Valenciana de Cambio Climático y Energía 2030 que diseñó la Generalitat no ha sido derogada formalmente, pero sí ha sido abolida de facto. El Consell eliminó la Agencia Valenciana de Cambio Climático, creada precisamente para impulsar esas políticas, y en la práctica desmanteló la estrategia en la lógica negacionista de quien decide en esta tierra.

Como cualquier política pública, aquella estrategia podía mejorarse, seguro. Esa es precisamente la obligación de un gobierno digno de ese nombre: recibir un legado, subsanar sus insuficiencias y fortalecer aquello que funciona. Lo que no parece sensato es destruir los instrumentos con los que la sociedad intenta protegerse frente a desafíos cada vez mayores y no hacer nada más. El mismo Consell que decidió suprimir la Unitat Valenciana d’Emergències un año antes de la dana ha preferido también mirar hacia otro lado frente a la emergencia climática.

No hacer nada es una forma de acción. La más irresponsable.

Albert Camus escribió que cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. Nuestra misión quizá deba conformarse con una tarea aún más urgente: impedir que el mundo –que el planeta, o más bien: que la vida humana en el planeta– se deteriore irremediablemente. Y el populismo abrasador – genuinamente cortoplacista - es la peor receta.

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