Opinión | Tribuna
Huele a segunda estrella

Rodri Hernández, líder de España en el Mundial / Mariscal / EFE
Hay dos maneras de afrontar la final contra Argentina. La primera es la del español de antes, el viejuno mecanero, el perdedor en cuartos que confunde a Oyarzábal con Salinas, a Rodrigo con Hierro y a Simón con Zubizarreta. Ese ha sufrido tanto que todavía no ha somatizado el gol de Iniesta, se niega a aceptar que Messi es ya un cuarentón que se mueve a ritmo de Jane Fonda y tiembla sólo de pensar en Milei arengando a sus pandilleros tatuados antes de saltar al campo a comerse a mordiscos a los campeones de la zurda Europa. Argentina le provoca sudores fríos, vive pesadillas en las que su cónyuge vive un romance con -¡maldito General!- Otamendi y cree que nada de lo que la Roja ha hecho hasta ahora en el Mundial va a servir ante la calle que les sale a los argentinos por cada uno de los poros de la poca piel que ya les queda sin tinta.
Ese cenizo del siglo veinte sigue intentando convencer a sus hijos de que vamos a palmar, de que todo no puede ser tan bonito. Y sus hijos se miran entre sí, le preguntan a Chat GPT si ya se sabe si España será local o visitante para escoger el color de la camiseta que se pondrán para ver la final y quedan ya con sus colegas para salir de fiesta a celebrar la victoria, de la que no tienen la más mínima duda porque hasta ahora ni nos hemos llegado a despeinar y eso que Lamine apenas ha dicho esta boca es mía. Los chavales viven sin complejos, Baggio les suena a cantante prerreguetonero y les da un poco de pena que Italia, un país que hace tan buenas pizzas, sea tan lamentable en esto del fútbol que en el escalafón está por detrás de Curazao y Cabo Verde. Alemania para ellos es simplemente un lugar del que viene mucho turista a Mallorca y, al final, una vez que se separa el polvo de la paja y la FIFA se ha forrado con tanto partiducho intrascendente, todo se acaba decidiendo entre Argentina, porque está Messi, Francia, porque no tiene un solo francés -sí, los chavales están con Rajoy- y España, porque simplemente somos unos fenómenos.

Luis de la Fuente / Europa Press
Los que saltan al campo son un reflejo de los que se van al Roig Arena a ver a su selección seguros de la victoria. El español acomplejado ha dado paso a un equipo de máquinas de matar, en la grada y, sobre todo, en el campo. También en el banquillo, con un De la Fuente que ha sacado el pecho a parar todas las balas de los aguafiestas de turno. Ha dicho siempre que somos los mejores y nada, hasta hoy, nos indica lo contrario. Cuando la gente en cualquier lugar del planeta discute sobre la sede del mejor fútbol, la palabra que sale es España. No el club de esta ciudad o la de más allá. No. Los que juegan bien son los españoles. Hasta no hace tanto, llegados a este punto, habríamos sido puro flan, rendido el castillo al primer Al Ghandour de pacotilla. Ahora no. Silbará el árbitro y Rodri pondrá el motor en marcha. Uno, dos, tres, cuatro…Hay un algo en el aire, un cosquilleo raro, acaso sea el que provoca la cercanía de la segunda estrella.
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