Opinión
Leer con el cuerpo

Una señora mayor leyendo un libro en la calle. / ED
Mientras fantaseaba un proyecto de innovación docente para la universidad, dedicado a pensar el valor de la lectura como herramienta de aprendizaje, me encontré con una línea de investigación que desplazó por completo mi forma de entender ese hábito cotidiano que, de un modo u otro, me ha acompañado toda la vida. Hasta entonces había pensado en leer como una actividad capaz de enriquecer el pensamientoo desarrollar el espíritu crítico. Sin embargo, aquellos estudios que cayeron en mis manos apuntaban en otra dirección: leer es, antes que una experiencia intelectual, una experiencia completamente corporal. Aquella idea me obligó a detenerme, pues ¿y si durante demasiado tiempo hubiéramos reducido la lectura a un ejercicio intelectual, ignorando que cada libro desencadena también una respuesta fisiológica?
No deja de resultarme extraordinario que la escritura, una invención demasiado reciente para haber moldeado nuestra evolución, haya encontrado un lugar tan importante en nuestra biología. Durante cientos de miles de años, el cerebro humano aprendió a interpretar el movimiento de las hojas antes de una tormenta o la huella de un animal sobre la tierra. Ninguna de esas capacidades estaba destinada a descifrar un alfabeto. No obstante, cuando aparecieron los primeros signos escritos, el cerebro no esperó a que la evolución inventara un mecanismo nuevo, pues reutilizó circuitos ancestrales, concebidos para sobrevivir en un mundo físico, y los transformó en una herramienta capaz de convertir unos trazos negros sobre una página en otros mundos posibles. La lectura constituye, en ese sentido, uno de los ejemplos más refinados de nuestra plasticidad cerebral, tan fascinante como inabarcable.
Le Cunff insiste en que ese proceso no puede entenderse únicamente como una actividad cognitiva. Mientras seguimos el hilo de una narración y la atención deja de fragmentarse entre estímulos efímeros, el sistema nervioso abandona progresivamente el estado de alerta para favorecer los mecanismos de restauración y equilibrio. El pulso encuentra una cadencia más lenta; la respiración recupera profundidad; los músculos, habituados a una tensión que confundimos con la normalidad, empiezan a desprenderse de ella. Lo que experimentamos como concentración posee una dimensión biológica mucho más compleja, y es que el cuerpo deja de prepararse para reaccionar y comienza, sencillamente, a reparar nuestro sistema. Esta observación adquiere un significado especial en una época en la que la atención se ha convertido en un territorio disputado. Cada notificación reclama una respuesta y cada interrupción mantiene activo ese antiguo mecanismo de vigilancia que un día nos permitió sobrevivir. Vivimos conectados a amenazas que ya no son depredadores ni tormentas, sinotitulares y alertas. En ese contexto, leer constituye una forma de resistencia porque nos devuelve un tiempo incompatible con la lógica de la urgencia y permite que la conciencia vuelva, por unas horas, a reunirse consigo misma.
Como suelo recordar a mis alumnos, la ficción ensaya la vida antes de que la vida nos obligue a afrontarla. Quizá por eso la literatura fue una escuela de empatía y calma mucho antes de que la psicología acuñara ese término. Las letras nos obligan a abandonar la estrechez de nuestra propia conciencia para habitar, aunque solo sea durante unas páginas, la de un desconocido. Cada historia incorpora al cerebro una experiencia que nunca vivió y, sin embargo, aprende a reconocer como propia. Nos enseña que ninguna existencia puede comprenderse desde fuera y que toda vida posee una lógica invisible para quien no ha aprendido a mirarla desde dentro. Al leer ficción se coordinan redes cerebrales relacionadas con la memoria autobiográfica, la simulación mental y la comprensión de los estados internos de los demás, un proceso que ensancha nuestra capacidad para interpretar la complejidad de la vida. También por eso la literatura nos fortalece, no porque nos preserve del dolor, pues poca estrategia efectiva existe para ello, sino porque ensancha nuestra capacidad para comprenderlo antes de que este nos alcance.
Marcel Proust escribió que «la verdadera vida es la literatura». Tal vez exageraba, como suelen hacerlo los grandes genios de las letras cuando rozan una verdad que se resiste a definición. Sin embargo, la neurociencia parece darle una inesperada confirmación: el cerebro no establece una frontera tan nítida entre lo vivido y lo imaginado como durante mucho tiempo creímos. Quizá por eso cerramos algunos libros con la extraña sensación de haber regresado de una experiencia y no simplemente de una lectura. La literatura no sustituye a la vida ni nos aparta de ella; amplía el horizonte de lo que somos capaces de sentir y comprender. Y acaso esa sea una de las formas más completas de conocimiento a las que podemos aspirar en un momento histórico en que, por primera vez, la inteligencia ya no basta para definir lo humano.
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