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Opinión | Visiones y visitas

València

Absentismo

El absentismo laboral en España

El absentismo laboral en España

Ahora son los gritos y los aspavientos, el escándalo fingido y el asombro gazmoño, el poner los ojos en blanco y el tirarse de los pelos. Una extrañeza estruendosa, ostensible, hipocritona, camandulera; una conmoción gregaria, un repentino estupor ante la intensidad actual de la propensión humana, vieja como la propia especie, a evitar el trabajo. Como si no se supiera el porqué. Como si se ignorara la razón. El trabajo, a no ser que uno se dedique a lo que le gusta, es un castigo, y llevamos milenios rehuyéndolo. Es comportamiento humanísimo y normalísimo, y por tanto nada raro. Lo raro es que sea noticia precisamente ahora, cuando las multitudes llevan siglo y medio en salmuera de propaganda antilaboral o, dicho de otro modo, empachadas de salvaje apología del ocio, de insistentísimas y eficacísimas invitaciones al viaje y al tardeo, a la diversión y a la vida social como únicas ocupaciones diarias. Lustros y más lustros demonizándonos el trabajo desde la subliminalidad publicitaria, desde las administraciones públicas, desde las instancias más inverosímiles, con objeto de que derrochemos el salario, de que no sepamos vivir sin un porrón de superfluidades, y al final hemos cedido a la consigna; nos hemos rendido a ella con una facilidad muy lógica, pues nuestro carácter encaja perfectamente con el espíritu de la cosa. La carne, como sabe todo el mundo, es debilísima, y a un ser naturalmente perezoso como es el hombre le faltaba, de que no, que lo azuzasen. Así que ha pasado lo que tenía que pasar: el personal se ha echado al monte; se ha dicho: “¿qué demonios?”, y ha empezado a escaquearse de lo lindo, a vivir que son dos días y ahí se las den todas. No cabe lamentarse, ni es posible volver atrás. La era del trabajo ha terminado y empieza la del ocio con o sin permiso; la del ocio escandaloso, la del padre de todos los vicios convertido en algo bien visto, en costumbre, meta y sublime ideal. Y también, claro está, en pesadilla del empresariado, en rebelión incruenta y cambio de ciclo. Un fenómeno imparable. Las bajas por ansiedad, por tristeza y hasta por capricho han llegado para quedarse y proliferan que da vértigo. El escaqueo colectivo ha sido un salto, una decisión en masa y un castigo al egoísmo, como el transvase de población de unos continentes a otros. Entre la lógica del “¿nos mantenéis pobres para ser vosotros ricos?, pues ahí nos vamos”, y la del “¿queréis que uno trabaje por tres?, pues pedimos la baja” no hay apenas diferencia. Unos han rechazado el hambre y otros el estrés; unos la injusticia y otros la sobrecarga. Se acabó lo que se daba.

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