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Opinión | Fuera de compás

València

Museos, almuerzos y chiringuitos

La plaza de la Almoina con el estanque-lucernario sobre las ruinas del foro romano.

La plaza de la Almoina con el estanque-lucernario sobre las ruinas del foro romano. / fernando bustamante

No les voy a venir con la estupidez esa de ser turista en tu propia ciudad, pero también hay que ser un malaje para no reconocer que la tercera capital del reino y sus alrededores ofrecen planes muy atractivos al alcance de la mayoría de los bolsillos. Los que no hemos tenido la suerte de heredar un apartamentito en el Saler, el Pere o en cualquiera de los marenys, un bungalow en Puebla o una casita en Náquera nos tenemos que conformar con lo que tenemos para pasar el verano.

Así que me van a permitir que les proponga unos pocos planes, que no son otros que los que practico yo mismo durante la canícula a falta de una chequera consistente que me permita irme de crucero mientras los niños se quedan recluidos en un internado turco. Lugares donde podemos entretenernos de una manera decente y en familia, que no todo va a ser coincidir a deshoras entre dos coches con los intestinos en las manos, reventando el gentuzómetro de los sórdidos garitos que frecuentamos.

Vayan a L’ETNO, el Museu Valencià d'Etnologia en el Centro Cultural de la Beneficencia. Es una visita muy divertida en la que, a través de los más variados objetos podrán rememorar sus tiempos mozos y quedar delante de la prole como gente sapientísima explicándole el funcionamiento de un vídeo o un molinillo de café, pongamos. Lo pasarán bien comprobando la evolución del pueblo valenciano a través de los siglos, aunque sus niños le llamen carcamal.

También disfrutarán mucho del Museu d'història de València, el MhV, muy cerca de Mislata. Solamente por el espacio donde está ubicado ya vale la pena entrar. Allí podrán conocer la historia milenaria de esta ciudad con profundidad y precisión, pero de manera muy entretenida. Sus didácticas proyecciones y las valiosas piezas de su colección tendrán entretenida a la patulea un par de refrescantes horitas. La historia tiene fuerza en casa por lo que también les recomiendo el Centro Arqueológico de l'Almoina, que con sus ruinas y el magnífico tratamiento que se les ha dado supone una joya de nuestra ciudad que ofrece un impresionante viaje al pasado.

Ya ven, sitios que los turistas frecuentan y recomiendan mucho y los aborígenes ni conocemos. Algo parecido ocurre con el Mercado Central. Tantos visitantes nos complican la compra cotidiana, pero no por ello vamos a darle la espalda. Yo no lo voy a hacer, desde luego. En sus cimientos hay vertida sangre familiar por lo que cada vez que acudo me entra un orgullo que no acabo de disfrutar por las prisas de los quehaceres. Este verano pienso ir a pasar el rato, a apreciarlo, a maravillarme durante horas con su arquitectura y su vibrante bullicio, con sus olores y sus colores. Admirando sus característicos azulejos desde la terraza del Gallo de Oro.

Ejerzan allí el sacrosanto derecho a almorzar que les garantiza el estatuto, más ahora que están recuperando los bocadillos en pataqueta, ese bollo cornudo tan valenciano que los más mayores recordamos con nostalgia. O un vermú, o una picaeta. Qué vicio, por favor. Producto local, apego al terreno y respeto por las tradiciones con un toque de rebeldía. Y novedades a toda hora, siempre pendientes de la estación. Lo último son sus coques de dacsa a la manera de la Safor y la Marina Alta, una deliciosa tortilla de maíz rellenada con esmero y sabrosura. Les salen bordadas, como todo lo que hacen.

Y lo digo con conocimiento de causa, porque últimamente estoy yendo a menudo por aquellas comarcas de gorrón en el apartamento de otro muy buen amigo que, con esa vocación de cicerone que tiene, me ha descubierto los chiringuitos. A estas alturas de la vida me he quitado la vergüenza y me he puesto la camisa de palmeras y las espardeñas de careta para rematar un día de playa en esos lugares, donde se come y se bebe sin pretensiones, pero con sinceridad, calidad y mucho encanto. Además, programan actuaciones de música en vivo en medio de un ambiente fraternal, descomprimido y apto para toda la familia porque siempre hay actividades para los nanos. A menos de una horita de coche me encanta ir al Rumassa, en Marenys de Rafalcaid; al Rumbo 90, en la playa de Oliva y al Xiringuito Marejol, en Gandía.

Oigan: museos, gastronomía, calle, playa, música. Allí nos vemos. Cualquier cosa menos estar pegado a la tele durmiéndome el Tour o colapsando ante el Gran Prix del Verano.

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