Opinión

Analista especialista en relaciones internacionales
La energía nuclear, una prioridad nacional
Nos encontramos ante una transformación tecnológica comparable a las grandes revoluciones industriales del pasado y la competitividad presente depende cada vez más de la capacidad de generar y suministrar grandes cantidades de energía eléctrica de forma continua, fiable y asequible

Imagen de archivo de una central nuclear. / Shutterstock
La política energética no es solo un tema medioambiental. Es, ante todo, una cuestión de soberanía, de competitividad industrial y de seguridad nacional. En un contexto de creciente incertidumbre geopolítica y de progreso tecnológico, España, al avanzar hacia el cierre programado de su parque nuclear, está adoptando decisiones irreversibles que condicionarán su posición económica durante las próximas décadas.
Nos encontramos ante una transformación tecnológica comparable a las grandes revoluciones industriales del pasado. La digitalización de la economía, la expansión de las telecomunicaciones y el desarrollo de nuevas capacidades computacionales están convirtiendo la electricidad en el principal motor del progreso económico. A diferencia de etapas anteriores, donde el crecimiento dependía principalmente del acceso a las materias primas o de los combustibles, la competitividad presente depende cada vez más de la capacidad de generar y suministrar grandes cantidades de energía eléctrica de forma continua, fiable y asequible.
La creciente electrificación del transporte, la automatización industrial y el desarrollo de la inteligencia artificial son ejemplos evidentes de esta tendencia. Tanto es así que las principales empresas tecnológicas han revisado sus previsiones energéticas al alza ante el incremento de la demanda asociado a la nueva infraestructura digital. Los centros de datos que sustentan la computación en la nube, los servicios digitales y los sistemas de análisis de información operan de forma ininterrumpida y requieren cantidades cada vez mayores de electricidad. Todo apunta a que la demanda eléctrica experimentará un crecimiento sostenido durante las próximas décadas.
Conscientes de esta realidad, las grandes potencias industriales están reforzando su capacidad de generación eléctrica. Estados Unidos ha impulsado nuevos programas de desarrollo nuclear para abastecer el crecimiento de los centros de datos y las industrias tecnológicas. China desarrolla actualmente el programa de construcción de reactores más ambicioso del mundo. Rusia continúa considerando la energía nuclear un instrumento central de su estrategia energética. Francia, por su parte, obtiene aproximadamente el 70 % de su electricidad de origen nuclear y ha anunciado inversiones destinadas a ampliar y modernizar su parque de reactores. Lejos de abandonar esta tecnología, las principales economías la consideran una herramienta estratégica para sostener su crecimiento futuro.
La principal ventaja de la energía nuclear es la capacidad de producir electricidad de forma continua y predecible, ya que puede operar durante largos periodos de tiempo con elevados niveles de disponibilidad, independientemente de las condiciones meteorológicas o de la estación del año. Esta capacidad aporta estabilidad para la red y convierte a las centrales nucleares en uno de los pilares del sistema eléctrico.
Esta función resulta cada vez más relevante a medida que aumenta el peso de las energías renovables. La producción de energía solar y eólica depende de factores naturales variables y no siempre coincide con los momentos de mayor consumo. Por lo tanto, para el buen funcionamiento del sistema eléctrico es imprescindible garantizar el equilibrio permanente entre la oferta y la demanda cuando las condiciones meteorológicas son desfavorables. La energía nuclear cumple precisamente con esta función, al proporcionar una base de generación constante y predecible, facilita la integración de mayor volumen de energía renovable sin comprometer la seguridad del suministro. En ausencia, esta función suele ser asumida por las centrales de gas natural, emisoras de dióxido de carbono y que mantienenuna importante dependencia de importaciones procedentes del exterior. Desde esta perspectiva, lejos de competir con las energías renovables, la energía nuclear, actúa como un complemento que refuerza la estabilidad y la descarbonización del conjunto del sistema.
A ello se suma una ventaja estratégica adicional, la autonomía energética. A diferencia del gas o del petróleo, que requieren cadenas de suministro continuas y están expuestos a la volatilidad de los mercados internacionales, el combustible nuclear posee una densidad energética extraordinariamente elevada. Eso significa que pequeñas cantidades de uranio permiten generar grandes volúmenes de electricidad, por lo que se puede almacenar durante años para reducir la vulnerabilidad frente a interrupciones del suministro, crisis geopolíticas o fluctuaciones de precios.
En un contexto internacional marcado por la fragmentación de las cadenas de abastecimiento, la competencia por recursos estratégicos y el resurgimiento de las rivalidades geopolíticas, la capacidad de asegurar el acceso a la energía se ha convertido en un factor esencial de la seguridad nacional. La dependencia de combustibles fósiles importados y de materiales críticos compromete la respuesta de los Estados ante situaciones de crisis. Por ello, la búsqueda de una mayor autosuficiencia energética se convierte en una necesidad estratégica.
En este sentido, la energía nuclear ofrece una ventaja diferencial. Como hemos señalado, el uranio permite mantener reservas durante años y reducir la dependencia del exterior. Además, España dispone de recursos potenciales de uranio, especialmente en Salamanca. Aunque su explotación no es rentable, la existencia de estos recursos constituye un activo estratégico que podría aumentar en relevancia en escenarios adversos y reforzar la autonomía energética.
Sin embargo, mientras las principales potencias refuerzan sus capacidades nucleares, España avanza hacia el cierre progresivo de sus centrales. Esta decisión supone renunciar a una fuente de energía estable, descarbonizada y estratégicamente valiosa en un momento histórico caracterizado por el aumento de la demanda eléctrica y la creciente inestabilidad internacional. Si las tendencias actuales se confirman, el país corre el riesgo de perder una de las herramientas más eficaces para garantizar la prosperidad y reforzar lasoberanía energética para afrontar con éxito los desafíos económicos y tecnológicos de las próximas décadas. En una economía cada vez más electrificada, preservar esta capacidad de generación constituye una cuestión de interés estratégico nacional.
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