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Opinión

José Miguel Martínez Castelló

José Miguel Martínez Castelló

Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO)

Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO)

Los expertos y la trastienda política de los incendios

No seré yo quien diga que se pueden evitar todos los incendios. Siempre los ha habido. Pero no con esta extensión, fuerza y virulencia. Las circunstancias han cambiado, el clima ha cambiado y los riesgos se han multiplicado. Por ello, las estrategias tienen que cambiar

El incendio de Los Gallardos, Almería, en imágenes.

El incendio de Los Gallardos, Almería, en imágenes. / Infoca

Con el incendio de Almería han vuelto a emerger todos los errores que están incrustados en el ADN de nuestro sistema político. Se podría hacer un juego, una especie de moviola de la memoria tirando de hemeroteca. Analicemos las tertulias de todos los veranos pasados y se podrá ver cómo estamos igual que antes. No nos hemos movido ni un solo milímetro de las promesas incumplidas, de lo mucho que se iba a hacer para que no se volviera a repetir y vuelta a la casilla de salida. Produce sonrojo dos cosas: la primera, se vende como primicia, casi mundial, que las administraciones, autonómica y central, colaboren, faltaría más, es su obligación, hasta que se visualice una fuga al que sacarle rédito político; la segunda, la discusión eterna de quién depende las competencias de la UME, bomberos… ¿Cuándo vamos a caer en la cuenta, teniendo claras las competencias, que estamos ante uno de los temas de Estado más importantes? ¿Tan difícil es de entender? ¿Tan poca luz hay en nuestros representantes y gestores políticos que año tras año volvemos a los mismos debates?

No seré yo quien diga que se pueden evitar todos los incendios. Siempre los ha habido. Pero no con esta extensión, fuerza y virulencia. Las circunstancias han cambiado, el clima ha cambiado y los riesgos se han multiplicado. Por ello, las estrategias tienen que cambiar. No es posible que estemos encallados, año tras año, en los mismos debates, en las mismas cifras y en los incumplimientos de siempre. Estamos ante una prevaricación política de primer orden donde nuestros gestores políticos y públicos no están haciendo lo que tiene que hacer porque los impuestos se quedan en agua de borrajas. Quien aquí escribe no tiene un oráculo que otorgue una solución definitiva a este problema de primer orden. Sin embargo, uno de los primeros pasos que se deberían tomar es, como en tantos otros problemas que tenemos encima de la mesa, acudir a los expertos.

En un programa matinal de máxima audiencia, intervino un experto, un ingeniero forestal, Paco Castañera, y en cinco minutos trazó un plan, una serie de medidas tan lógicas y de tan fácil y rápida aplicación, que la pregunta surge enseguida: ¿quién demonios asesora a nuestros políticos? Venía a decir que la prevención es mucho más barata que la extinción. Argumentaba que las 400.000 hectáreas que se quemaron en 2025 costaron a las arcas públicas 7.600 millones de euros para apagarlas. Hacer las cosas mal nos cuesta más que prevenir. Ese mismo dinero se podría invertir en prevención en diez años, 400 millones al año, y se evitarían la mayoría de los incendios, salvando fauna, vida salvaje y, lo más importante, vidas humanas. Pero lo más sangrante es su conclusión: “¿Por qué seguimos haciendo las cosas mal? Porque es más vistoso contratar aviones y helicópteros y son más vistosos para la foto que hacer prevención que nadie lo ve. Hacer prevención salva vidas. Todo esto no se nota hasta que se pierde todo”.

El cariz positivo de las tragedias es su fuerza para replantearnos lo que hacemos. La trastienda política de los incendios denota que una parte de la política carece de preparación donde lo que importa es la fidelidad al partido y no a las necesidades de la realidad diaria. Estamos necesitados de excelencia en la política y sobrados de hooligans que creen que la realidad sólo responde a unas siglas determinadas y no a los problemas de la gente. Así estamos y así nos va.

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