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Opinión

València

También se puede hacer bien

El president Pérez Llorca, durante la final del Mundial en Nueva York.

El president Pérez Llorca, durante la final del Mundial en Nueva York. / Levante-EMV

El gesto, pese a lo inédito y simbólico, pasó desapercibido o tuvo menos impacto del merecido. Pero hoy, cuando se cuestiona el viaje del presidente de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, al Mundial de Fútbol con entradas «facilitadas» por la Real Federación Española de Fútbol, merece la pena recordarlo. Sobre todo, para demostrar que las cosas siempre se pueden hacer de otra manera.

Claudia Sheinbaum, presidenta de México y primera mujer en alcanzar la jefatura del Estado en su país, decidió el pasado marzo algo insólito en las altas esferas del poder: sortear su entrada para la inauguración del Mundial.

Su boleto, el número 00001 —el que le correspondía por protocolo institucional al ser México país anfitrión de la Copa—, iría a parar a otras manos. «Yo lo voy a ver con el pueblo y una joven nos va a representar a mí y a todo México en la inauguración», anunció la mandataria. Las bases del concurso fueron transparentes: chicas de entre 16 y 25 años que demostraran su destreza con el balón, evaluadas por un jurado compuesto por una árbitra, una futbolista y una periodista. Sin dedazos ni favores.

Lo de Sheinbaum no fue un acto de caridad, sino un movimiento de calado, con vocación de transformación social. Una forma de proclamar que si el Mundial es de todos, también debería ser de todas; incluso el palco. Colocar a una joven aficionada en el escaparate más mediático del planeta era poner un espejo frente a millones de niñas y recordarles que ese espacio, históricamente tan masculinizado, y que además de deportivo, es de poder, negocio e influencia, también puede pertenecerles.

Frente a este modelo, hay otras formas de entender la representación pública en todo el espectro ideológico, como, por ejemplo, la del jefe del Consell que acepta el pase de la Federación para volar a la final en Nueva York. Asegura que pagó el viaje de su bolsillo «como cualquier ciudadano normal» y que se trataba de una visita privada a pesar de viajar acompañado por su responsable de Comunicación. Obvia, sin embargo, que el acceso a esa entrada tan codiciada y al alcance de muy pocos fue posible por el cargo que ocupa.

Dos visiones antagónicas del mismo Mundial. Una desde el desprendimiento: ceder la prerrogativa institucional y convertirla en una oportunidad colectiva. La otra, en la que se sucumbe a la inercia del cargo y se acepta el privilegio para el disfrute personal. Sí, la política también se puede hacer bien.

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