Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

El fervor que nubla el buen juicio

Esos políticos que admiten en privado que la radicalización solo beneficia a los extremistas deben dar un paso al frente

José Luis Rodríguez Zapatero, ante la comisión de investigación del ‘caso Koldo’ en el Senado, el 2 de marzo de 2026.

José Luis Rodríguez Zapatero, ante la comisión de investigación del ‘caso Koldo’ en el Senado, el 2 de marzo de 2026. / Eduardo Parra / Europa Press

El sentimentalismo mal entendido desvalija la sensatez. Pese a los indicios y a ese millón en alhajas orientales, el PSOE se ha empeñado en cerrar filas con Zapatero. Otra imprudencia dictada por Sánchez cuando había datos sobrados sobre las malas compañías del expresidente tras abandonar la Moncloa. Perdida así la ocasión de optar por un prudente mutismo ante las primeras pesquisas, mal favor le hace a la buena política ese populismo que convierte la defensa propia en un ataque al adversario. Lo mismo sirve para el gran referente del socialismo ibérico que para nuestro conseller de Hacienda, empeñado en confundir el debate parlamentario sobre los presupuestos del Consell con un chiringuito en una noche de partido.

Inmersos en la tercera ola de calor del verano —y las que quedan—, convendría rebajar el bochorno de algunos representantes institucionales. Quien sea el primero en romper amarras con la polarización obtendrá el reconocimiento de una mayoría cansada del ruido. Y eso que, en privado, muchos protagonistas de la agenda pública admiten que alejarse de la prudencia solo beneficia a los extremistas. Sin embargo, siguen sin dar un paso al frente esos socialistas que ahora denuncian la influencia tóxica de Zapatero y esos populares que no soportan la chulería de José Antonio Rovira.

Estaría bien que Vox, además de endosarle eslóganes a un PP ya vacunado contra el léxico guerrero, se marcara como prioridad apartar a esos políticos broncos, tan parecidos al fútbol canchero de Nahuel Molina y Paredes, por el que ha tenido que salir Ayala para pedir perdón. Más vale tarde. Porque se empieza haciendo la vista gorda y se termina liquidando unas elecciones al modo de Ortega, en pleno festejo sandinista. Demostración geopolítica de que todo patriotismo desbordado acaba conduciendo a la dictadura.

Ayala, después de avergonzar a su pasado valencianista y a su presente albiceleste, ha aclarado que no se puede permitir que los sentimientos alteren el talante del juego limpio. Convertir cualquier disputa en un cuadrilátero nos aleja de la certeza. A veces, se gana sabiendo perder.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents