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Opinión

Joan Álvarez

Joan Álvarez

Periodista y ex-diplomático cultural

València

La otra copa del mundo

España ha dado la impresión en el Mundial de que tiene la actualización del fútbol 2026. El relato de esta selección nunca ha descansado sobre el genio aislado. Tal vez haya que empezar a llamarlo 'smart football'

España ganó su segundo Mundial en el MetLife

España ganó su segundo Mundial en el MetLife

La final del Mundial de la FIFA ha tenido un resultado oficial y otro que no se deja medir tan fácilmente. El primero apareció en todas las pantallas: España 1, Argentina 0. España conquistó su segunda estrella en el campeonato organizado por Estados Unidos, México y Canadá.

El segundo tiene otro ritmo, tardará más en apreciarse. Porque está ligado a un sentimiento: millones de espectadores se despidieron del torneo convencidos de que España les había gustado por su forma inteligente, lucida y poderosa de jugar.

Cuando los amigos me han preguntado estos días cuál era para mí el gran momento diplomático del Mundial, mi respuesta no ha sido la fotografía de la familia real con la princesa heredera sosteniendo la Copa del Mundo. Tampoco el apretón de manos entre Pedro Sánchez y Donald Trump, ese personaje incapaz de resistirse a parodiar a John Belusi para robar unos segundos de protagonismo ante las cámaras.

La carga diplomática de la final estaba en la reacción de periodistas, entrenadores, antiguos jugadores y aficionados de todo el mundo que coincidieron, con palabras distintas, en un mismo sentimiento: gracias por habernos hecho disfrutar del fútbol, al menos en tres o cuatro partidos memorables, como espectáculo y como competición.

No se limitaban a reconocer la victoria. Agradecían haber asistido a la consolidación de una manera de jugar al fútbol que parece inaugurar algo.

El fútbol no es un invento inglés. Brasil llegó a ser más que una selección cuando el mundo comenzó a identificar el fútbol con el jogo bonito. Alemania representó durante generaciones un fútbol de la disciplina y la eficacia. Italia convirtió el cierre defensivo en un rasgo de carácter nacional. Francia presumió de la potencia física y la exuberancia de sus figuras. Argentina enchufó la imagen del futbolista genial capaz de decidir por sí solo un campeonato. Las selecciones ganan o pierden, juegan y al jugar exportan una metáfora de lo que es su nación. No lo que es sino algo que se le parece.

Durante este Mundial, Francia, Portugal, Noruega o Argentina han presentado jugadores extraordinarios. España también los tiene. Lamine Yamal, Nico Williams, Rodri, Oyarzabal, Cubarsí, Unai Simón, Mikel Merino, Dani Olmo o Ferran Torres pueden decidir un encuentro con una acción individual. Pero, sobre todo, España ha dado la impresión de que tiene también otra cosa: la actualización del fútbol 2026.

El relato de esta selección nunca ha descansado sobre el genio aislado. Ni siquiera cuando empezó empatando con Cabo Verde y se dijo que faltaba Lamine. Luis de la Fuente insiste una y otra vez en una expresión aparentemente sencilla: «Compartimos una idea del juego». La frase tiene algo de eslogan y bastante de secreto industrial. Pero basta observar al equipo para adivinar algunos factores: inteligencia táctica, presión coordinada, circulación rápida del balón, ocupación estratégica de los espacios, solidaridad defensiva, confianza entre líneas y libertad creativa dentro de un orden, que se trae aprendido de casa.

Tal vez haya que empezar a llamarlo smart football. No porque el juego de los demás no nos parezca inteligente, sino porque en la selección de las dos estrellas la inteligencia colaborativa es top. El sistema no aplasta al talento. Lo conecta. Cada jugador parece comprender no solo qué debe hacer, sino por qué debe hacerlo y qué están haciendo los demás. La velocidad no nace únicamente de las piernas. Nace de la lectura acertada del partido.

España ha ganado jugando como un equipo pensativo.Y esa idea del juego termina proyectándose sobre la imagen del país. Hay un gran tanto diplomático gracias a lo que ocurrió sobre el césped, pero también gracias a la historia que se ha construido alrededor del partido, de la victoria: en los periódicos, las radios, las televisiones, los memes y las redes sociales de todo el mundo. Ese relato podría condensarse en nueve palabras: España representa una nueva manera de jugar al fútbol.

Cuando menciono la diplomacia no pienso en el soft power o poder blando, una visión que está demasiado ligada a la capacidad de influencia de los Estados: ahí ha quedado la genuflexión de Infantino ante el capricho del presidente de los Estados Unidos.

Por el lado de España, lo que hemos visto más bien ha sido un despliegue de la diplomacia de la admiración, que es la que comienza cuando una excelencia deja de percibirse como una excepción individual y se ve como la expresión de una nación, un colectivo, una marca, un nombre o un estilo de vida. Es una admiración que se monetiza. El miércoles llegaba la noticia de que en China se han disparado las visitas a las páginas de las compañías de vuelos con destino a diferentes ciudades de España. Pero es también algo más que la economía.

Lo decisivo no es que esa descripción salida del fútbol sea sociológicamente exacta. Por supuesto, no dice cómo somos. Por supuesto, nada tiene que ver con la versión española de la polarización política. Las metáforas nacionales nunca son exactas. Lo decisivo es que el fútbol ofrece una imagen que suscita la admiración y que puede extenderse, durante algún tiempo, sobre el país que representa.

España volvió de Nueva York con una Copa del Mundo, pero el trofeo diplomático conquistado a la par es tan valioso como el primero

La FIFA ha construido una competición en la que las naciones comparecen simbólicamente unas frente a otras ante centenares de millones de espectadores. Cada equipo lleva una bandera, un himno, una memoria y una idea previa de su carácter. El partido transforma durante noventa minutos a once jugadores en representantes de toda una comunidad.

Por eso una forma de jugar puede acabar convirtiéndose en una forma imaginaría de ser. La disciplina alemana, el talento brasileño, la resistencia italiana o la genialidad argentina nunca han explicado por completo a esos países. Pero han creado imágenes reconocibles, duraderas y eficaces.

España ha añadido ahora su propuesta 2026: juventud, cosmopolitismo, inteligencia colaborativa, fortaleza técnica y mental, confianza mutua, creatividad con visión compartida. No es una identidad eterna. Es un relato que acaba de encenderse.

España volvió de Nueva York con una Copa del Mundo, pero el trofeo diplomático conquistado a la par es tan valioso como el primero: que millones de personas asocien nuestro país, aunque sea solo durante unos días, con una manera inteligente, creativa y generosa de entender el fútbol, el deporte y, tal vez, por qué no, otros asuntos importantes de la vida de las personas.

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