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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

La metrópolis del motor

La histórica planta de Almussafes busca reinventarse, contrastando con la gigafactoría de Sagunt, que aún debe cumplir las promesas

Trabajadores de Ford en Almussafes tras el anuncio del acuerdo con Geely.

Trabajadores de Ford en Almussafes tras el anuncio del acuerdo con Geely. / Germán Caballero

Más allá de la escenografía, algo forzada, con la que se presentó el acuerdo que garantiza el futuro de la factoría de Almussafes, la operación confirma que el sector del automóvil vuelve a ocupar una posición central en el desarrollo económico valenciano.

La factoría lleva medio siglo entre nosotros. En 1973 se anunció su emplazamiento y aquella decisión transformó de inmediato el paisaje económico y social del área metropolitana. Este octubre se cumplirán cincuenta años de su inauguración. De su primera cadena de montaje salió el mítico Ford Fiesta, el utilitario made in València que llenó calles y carreteras. Durante décadas, la planta trabajó a tres turnos y entrar en Ford se convirtió en una aspiración laboral para dos generaciones de valencianos.

Pese a los años de incertidumbre sobre el futuro de Almussafes, provocados por la reconversión del sector, la descarbonización industrial y el avance de la electrificación, la fábrica siempre ha ocupado un lugar preferente en la política presupuestaria de los distintos gobiernos y Consells. Ha sido, con sus luces y sus sombras, uno de los ejemplos más claros de colaboración público-privada al servicio de una política industrial sostenida. Por eso, el acuerdo entre Ford y Geely, una alianza relevante entre capital estadounidense y chino en territorio europeo, despeja parte de los nubarrones laborales y abre una nueva etapa. Ahora habrá que comprobar si las promesas se traducen realmente en más innovación, mayor capacidad tecnológica y empleo estable.

El optimismo de Almussafes contrasta con las noticias que llegan de la gigafactoría de baterías de Volkswagen en Sagunt. El proyecto mantiene intacta su relevancia industrial, pero el relato triunfalista empieza a chocar con los hechos. Los cambios de contratistas, los sobrecostes, los retrasos y el frenazo en la contratación obligan a observar con más cautela una inversión presentada durante meses como rápida y transformadora. La gigafactoría avanza, sí, pero lo hace con más incertidumbres de las que sus promotores parecen dispuestos a admitir.

Almussafes y Sagunt representan así las dos caras de una misma industria: una factoría histórica que intenta reinventarse y otra nueva que todavía debe demostrar que puede cumplir todo lo prometido. Y ahora que vayan algunos a esas fábricas a defender su cruzada contra el coche.

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