Opinión
Menos histrionismo
Cambiaría el trofeo del Mundial de buen grado por unas pocas menos hectáreas calcinadas o unas pocas más viviendas protegidas. Eso sería un éxito de país. En lo demás, moderemos la presencia histriónica de nuestra propia importancia

España ganó su segundo Mundial en el MetLife
De repente nos creímos los mejores del mundo y de forma desvergonzada nos subimos al carro de los triunfadores. Por una razón u otra, la euforia se extendió entre millones. Los analistas buscaron los más diversos sentidos en los que el triunfo en el mundial de fútbol era un tropo del triunfo del país. Un sentimiento de orgullo recorrió el mundo y las compensaciones emocionales que cada uno obtuvo de esa noche del domingo fueron de toda índole. Luego pontificamos sobre lo que debe aprender Argentina y sobre las virtudes infinitas de nuestra selección. La exageración ha sido general.
Lo insano de estas celebraciones exageradas se vio en el personaje de nuestro tiempo que revela mejor nuestros vicios. Leía estos días el viejo libro de Edgar Morin El paradigma perdido y me encontré con esta frase: “El ejercicio del poder oscila entre los dos polos de la agresividad y el exhibicionismo. En el primer sentido, el jefe mantiene su autoridad mediante la intimidación, la mímica de la amenaza (threat behavior), y en el segundo, recurriendo a la evocación histriónica de su presencia y de su importancia”. Hay que recordar que Morin está describiendo aquí la realidad del poder… ¡entre los primates! Pero su descripción se ajusta como anillo al dedo a Trump.
Me interesa destacar el carácter primario del histrionismo en la victoria, la necesidad de exhibir esa presencia imponente el día del éxito. El mundo entero -se sospecha que dos mil millones de seres humanos vieron la ceremonia de la entrega del trofeo a la selección española- pudo contemplar la pulsión de Trump de no querer abandonar la foto con los vencedores, que pasaban de él como si no existiera. Hubo mucho de histrionismo patético en no querer marcharse del centro, en ese refugiarse en la esquina, mirando de manera esquiva a Rodri, deseando ocupar su espacio, conteniendo la tentación de irse él mismo a levantar el trofeo, anhelando una presencia adecuada a su importancia. Por un momento, sin embargo, Trump dudó, pero la indecisión fue también una artimaña para la permanencia en escena. Tuvo que llegar el servil Infantino, siempre al quite como los bufones, para llevárselo, aunque ya fuera demasiado tarde para evitar el ridículo del hombre más poderoso del mundo mendigando una foto más con unos jóvenes deportistas.
Esa misma reacción primaria no es exclusiva de Trump. Ha prendido en millones de personas y en los pobres muchachos, obligados a hacer de todo durante horas encima de un autobús. Por supuesto, que me alegré del gol de España y por supuesto que choqué las manos con los que me acompañaban viendo el partido. Pero porque a los que aman el fútbol les gusta ver goles y se alegran más cuando los marca su equipo. Pero en todo lo demás, un poco de contención. Ganar un mundial no es un éxito de país. Es un éxito de la selección. Y es verdad que España jugó muy bien, equilibrada, serena, inventiva. Laporte-Cubarsí son defensas sobrios y su enlace con Rodri es de lo mejor que hemos visto. Olmo-Pedri son listos jugando entre líneas y le dan pluralidad a una delantera plural, de otro modo demasiado pendiente de Lamine-Williams. Muchas cosas que se han dicho son verdad. Por ejemplo, la sobriedad castiza de Luis de la Fuente. Pero no es un éxito de país.
Sin ir más lejos, yo cambiaría el trofeo de buen grado por unas pocas menos hectáreas calcinadas o unas pocas más viviendas protegidas. Eso sería un éxito de país. En lo demás, moderemos la presencia histriónica de nuestra propia importancia. Hoy mismo -ayer, viernes- España ha tenido que pedir ayuda a la UE para apagar los incendios. Un éxito de país sería hacer de una maldita vez algo efectivo para no sufrir este infierno y para no dejar a nuestros descendientes una tierra devastada. Creer que arrastrar a la UME por los espacios arrasados es suficiente, es condenarnos a esta tragedia anual que nos pone enfermos, si no lo estuviéramos ya por las temperaturas insoportables. Hablamos de decenas de miles de personas angustiadas, desplazadas, temerosas de perder sus casas. ¿No hay forma de que estas personas reciban recursos para evitar esta plaga? ¿Tienen que ser mantenidas en la pasividad del abandono hasta la consunción de sus mundos vitales?
Uno tiene la impresión de que los centros de poder, tanto del Gobierno central como de las Comunidades, son burbujas etéreas que gastan los recursos de un modo que desprotege a la ciudadanía. Y lo peor de todo: que gastan recursos en la propia escena de la tragedia, en su consumación. Más de dos mil millones de euros llevamos gastados en incendios. ¿Qué pasaría si hubiéramos invertido esa cantidad en prevenirlos? ¿No sería eso un éxito de país? El equipo de poder que lograra esa heroicidad se debería pasear por España entera en un autobús recibiendo las aclamaciones de las masas. Eso no sería un acto de histrionismo.
Lo mismo debería hacer el primer equipo de poder que entregara las primeras mil viviendas protegidas a jóvenes familias. Hacer eso sería un éxito de país. Porque el éxito de algo se debe imputar a la institución que lo ha realizado. Y lo que representa al país y actúa en su nombre son sus centros poder, no su selección de futbol. Y cuando vemos al que nos representó, al Sr. Zapatero, balbucear en el punto clave de su defensa, sobre un regalo personal de cortesía de más de un millón de euros, entonces nos preguntamos cómo con esta clase dirigente podemos hablar de éxito de país.
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