Opinión
Una persona normal

Una persona sentada en una toalla en la playa. / Jorge Gil - Europa Press / Europa Press
Cada vez que asoma una vez más casi el verano, me organizo con ese tipo de cosas pendientes que, durante el curso, uno no puede acometer como bien quisiera porque no da la vida más allá de cumplir con los desafíos semanales domésticos, administrativos, familiares y creativos que, en el caso de quien firma estas líneas viene a ser —ya lo van conociendo ustedes— eso llamado trabajo. Forman parte de esas tareas, por poner ejemplos, seguir jugando al Tetris en el estudio con documentos, apuntes, textos, libros, cuadernos de cualquier tipo; también darle nueva estructura a las propias biblioteca y videoteca; y, cómo no, a tratar de aligerar el olvidado trastero.
También me da en estos días todavía laborales, pese a algún destello estival, por sumergirme en la lectura de varios libros a un tiempo. Libros a los que, a lo largo del año no suelo acudir, porque el tiempo me lo secuestran otras lecturas más relacionadas con lo que me encuentre obligado a desarrollar como escritor, director o actor, según el proyecto. Siempre me preparo en verano, por ejemplo, uno o dos thrillers. Lecturas de evasión, novelas gráficas y obras completas de algún autor que tenga pendiente de teatro. Estoy concluyendo las que me faltaban del genial Jardiel Poncela, en uno de esos libros de Aguilar que tanto me fascinan porque reúnen todas sus magníficas obras, y que encontré en un mágico lugar de libro antiguo. Por cierto, lo que me estoy riendo. También me dejo siempre uno de esos pilares de la literatura como el Ulises de Joyce o Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski que acometí los pasados veranos. En ese sentido y en esta ocasión, estoy concluyendo La conciencia de Zeno, de Italo Svevo. Otro libro de esos catedralicios para los que no buscamos sólo entretenimiento con la lectura, sino también aprendizaje, meditación y toma de conciencia frente a ciertas páginas escritas antes de la aparición de la televisión y sus consecuentes vicios. En esta novela, en plena época de apogeo del psicoanálisis de Freud, el narrador escribe su vida por indicación de su psicoanalista. Alguien que le está tratando de ayudar a vencer su adicción con el tabaco. Escribiendo sus recuerdos llegará a conocerse a sí mismo, ponerse enfrente de sus adicciones, fantasías ocultas, actividad adúltera y otros tantos habituales pecados, en un acto de generosidad y bravura hacia el espectador, al mostrar su verdad, sin filtros, por muy incómoda que sea. Ojalá realizara ese ejercicio todo el mundo, pienso, mirar atrás, poner en orden su pasado, para tratar de solucionar el caos presente que parece será aún más grave en el futuro. Su autor Italo Svevo, seudónimo de Aaron Ettore Schidt, nacido en Trieste en 1861, confirma con este texto que la escritura es terapéutica. La escritura valiente, quiero decir, como la que ofrece Svevo, la que compromete, la que enseña el alma y el corazón desnudos, la que expone al escritor a sus lectores, la que enmarca las diferentes máscaras, contradicciones, sombras, lo oculto e insondable de nuestros pensamientos y silencios.
Pero no sólo la literatura es la protagonista en estos días. También coleccionar pequeños placeres a diario como pasear por la huerta con la bici, escuchar vinilos de los Beatles, de Coltrane o de Sade, con la compañía de un whisky japonés y la sonrisa de Rosa a mi lado, cuando ya Hugo queda dormido. Y leerle cuentos y jugar con él cuando vuelve a estar despierto.
También, cómo no, el cine, las series pendientes. Y tratar de recuperar amigos ahora que el tiempo es más condescendiente para esos sencillos propósitos. Sus abrazos, sus risas, compartiendo un café, un aperitivo o un almuerzo. Hace unos días quedé para almorzar con mi amigo Xisco en Casa Baldo, elegante, céntrico e histórico lugar donde triunfa su cocina tradicional y sus populares bocadillos. Xisco me recomendó l´entrepà de la setmana, el de guiso de calamarcitos con habas y embutido valenciano. Y como ante la recomendación de un buen hedonista uno siempre tiene que convenir lo sugerido, esa fue la opción. Nos pusimos al día en lo laboral y, como siempre, recuperamos anécdotas divertidas de nuestro grupo de amigos. Luego pasamos a comentar sobre la final del Mundial. Me dijo que algunas entradas se habían vendido a 20.000 dólares o incluso más. Casi me atraganto con el bocadillo al escuchar esa locura. Nos despedimos tras los cafés emplazándonos para que no pase tanto tiempo hasta el siguiente reencuentro. Me dirigí a la cafetería del Meliá Plaza a seguir ultimando el nuevo libro que ya por fin acabo de entregar a la editorial, y al conectar por redes vi algo que me sorprendió o no me sorprendió en absoluto. Pérez Llorca, president de la Generalitat, aparecía exultante con la camiseta de la selección en el estadio que acogió la final de España y Argentina. Las redes se llenaron de preguntas sobre cómo habría costeado el president ese privilegiado viaje. Días más tarde aclaró que había sido invitado a ver el partido y que el viaje, cuatro días en los que se liberó de la agenda oficial en plena tramitación de presupuestos autonómicos, no le costó nada a los valencianos porque lo había «pagado de su bolsillo, como una persona normal».
Debe ser que el resto de los presidentes autonómicos de España son anormales, porque el sucesor de Mazón ha sido el único de su club en asistir a la final del Mundial en el MetLife Stadium en New Jersey, a minutos de New York, y de hacerse allí una foto a lo Milei, con pulgares en alto.
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