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Opinión | Espejos con grietas: Lecturas para un verano lúcido

València

Dos soledades: la puerta que se cierra y la puerta que desaparece

Persona en soledad.

Persona en soledad. / ED

Hay dos maneras de quedarse solo. Una, con la satisfacción silenciosa del que cierra la puerta de su casa tras un largo día y suspira aliviado. Otra, con el gesto torcido de quien lleva años comprobando que, al otro lado de esa puerta, en general, no hay nada que merezca demasiado la pena. Lope de Vega representó la primera. Diógenes el Cínico, la segunda. Y aunque ambos elevaron la soledad a la categoría de virtud, lo hicieron desde posturas vitales tan opuestas que casi parecen estar hablando de cosas distintas. Porque no es lo mismo buscar la soledad que huir de la gente, aunque el resultado −quedarse solo− sea aparentemente el mismo.

Los versos de Lope, «a mis soledades voy, de mis soledades vengo; porque para andar conmigo, me bastan mis pensamientos», son una de las declaraciones de autosuficiencia más elegantes que ha producido nuestra lengua. No hay en ellos resentimiento, ni queja, ni un asomo de amargura. La soledad no es un exilio ni un refugio de urgencia, sino un destino elegido con la misma naturalidad con la que se elige el camino que uno prefiere. Un reino propio al que se viaja voluntariamente y del que se regresa, también voluntariamente, cuando uno lo decide.

La clave está en ese movimiento de ida y vuelta: lo que hace posible el viaje no es el hartazgo del mundo exterior, sino la riqueza del interior. Sus pensamientos no son un mero pasatiempo para llenar el silencio, sino el elenco completo del teatro de su vida: el dramaturgo, los actores y el público, todo reunido en un solo hombre que no necesita a nadie más para montar una función memorable. Es la soledad del artista, del filósofo, del místico.

La sentencia, más legendaria que segura, que se atribuye a Diógenes −«cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro»−, funciona de manera completamente distinta. Es una comparación, no una afirmación. Y en esa comparación, la humanidad sale perdiendo sin paliativos. No se trata de que Diógenes haya descubierto algo extraordinario en su perro −aunque quizá sí−, sino de que ha encontrado en él todo lo que echa de menos en las personas: lealtad sin cálculo, afecto sin hipocresía, presencia sin pretensiones. Su soledad es una fortaleza construida con los ladrillos del desengaño: cada estupidez humana que presenció, cada traición, cada falsedad aplaudida por las masas, añadió un poco más de argamasa a esos muros, hasta que la fortaleza, a fuerza de crecer, dejó de tener puerta.

Uno se construye desde dentro; el otro se defiende desde fuera. Uno parte de la abundancia; el otro, de la herida.

Y sin embargo, hay algo en la lucidez de Diógenes que no se deja desestimar tan fácilmente. Diógenes parece hablar desde la experiencia de quien ha asistido, con ojos atentos, al espectáculo real de la gente. No es descabellado preguntarse si la autosuficiencia de Lope habría sobrevivido intacta a las mismas funciones que vio el filósofo, o si en algún verso posterior, menos citado, hay también algo de argamasa. La fortaleza cínica tiene mala prensa, pero sus muros se levantaron sobre hechos. El palacio interior también es, a su manera, una forma de no mirar demasiado hacia fuera.

Tal vez ninguna soledad sea del todo inocente. La de Lope parece más alta porque no nace del desprecio, sino de la suficiencia interior, pero también en ella hay una renuncia, una forma delicada de admitir que el mundo rara vez está a la altura de la conversación que uno mantiene consigo mismo. La de Diógenes resulta más áspera porque no disimula su cansancio: no se va al interior para encontrarse, sino para no tener que seguir comprobando, día tras día, la misma decepción. Ahí, más que en quedarse solo, se decide la diferencia entre retirarse y encerrarse.

La diferencia decisiva, con todo, no está en quién tiene razón sobre el mundo −Diógenes, probablemente, con más frecuencia de la que resulta cómodo admitir−, sino en quién depende de él para existir. La soledad de Lope no necesita público ni siquiera para sentirse verdadera. La de Diógenes, por muy bien razonada que esté, sigue necesitando a los demás para alimentarse: sin una humanidad decepcionante, el perro no tendría con quién compararse favorablemente. Lope vuelve de sus soledades. Diógenes, en cambio, no acaba nunca de salir de ellas.

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