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Opinión | Algo personal

València

El eco de los sueños

El azar ha cambiado de sitio las esquinas para llevarme a un tiempo que jamás olvidé, pero que se ha ido volviendo frágil

Detalle del grafiti en la calle Moret

Detalle del grafiti en la calle Moret / AC

Ahí estaba el nombre de la calle. En València, a la entrada del centro histórico. Saliendo de Blanqueríes hacia la Plaza del Carmen. Las calles estrechas por las que me pierdo, como si esta ciudad ya no fuera la mía, la ciudad en la que viví, como escribía René Char, «el tiempo de los montes rabiosos y de la amistad fantástica». Ya ese tiempo me cae lejos. Los sitios que desaparecen. La gente que borró sus huellas cuando la vida, como decía el poeta Gil de Biedma, empezaba a ir en serio.

El estruendo del galope

El azar echa por tierra, muchas veces, las sinuosas trazas del destino. Cambia de sitio las esquinas. Vuelve del revés, como hacían las abuelas para remendar calcetines con un huevo de madera en los tiempos del hambre, lo que dábamos por sentado y lo pone sin ninguna compasión al pie de los caballos. Era como si recorriera esas calles por primera vez. Y de repente, el nombre de una de ellas: Moret. Entonces, en ese mismo instante, «se acercó la hora del recuerdo», como en el viejo poema de Anna Ajmátova. De golpe me iba a más de cincuenta años atrás, a una vieja casa de la calle Moret, a una casa cuya puerta se abría desde arriba tirando de una cuerda, como se sigue abriendo en Moncada la casa de Laia y José Luis. Los recuerdos -no todos, pero muchos- hacen bien, nos acercan a lo más borroso de nuestras propias vidas, incluso a una rara y hermosa inocencia ya pasada de moda, como cantaba María Dolores Pradera de algunas elegancias en una canción criolla que también hizo suya Chabuca Granda, la peruana inolvidable.

Grafiti en la calle Moret

Grafiti en la calle Moret / AC

Esa casa ya no existe, como tantas otras en el centro histórico. Allí vivía Álvaro García, que escribía versos y los compartía con sus amigos Paco González, Carlos Albi y Emilio Tadeo Blanco. Y entrando y saliendo, también con ellos, Carmen Mari Esteve y Manola Bertomeu. Allí preparaban la edición de la revista Proís de poesía, impresa poco menos que en una de aquellas vietnamitas clandestinas que se estilaban para joderle un rato la vida a una dictadura interminable. Yo llegué después, andaba en otras cosas, la poesía era para mí como un adorno a la vida de verdad. Por eso cuando tiraban del cordel y me abrían la puerta era como darme paso a un mundo que desconocía. Tengo aquí algunas de aquellas revistas y en sus páginas y en las de Múrice, que coordinaba mi amigo Pere Bessó, a quien tanto debo, publiqué mis primeros poemas. También guardo, en ediciones precarias, los primeros libros y dibujos de todos ellos con unas dedicatorias que me hacían y me siguen haciendo sentir alguien importante.

La casa de Moret 9, en el Barrio del Carmen, era la nuestra aquel año de 1974. Y más de medio siglo después, el azar había cambiado de sitio las esquinas para llevarme a un tiempo que jamás olvidé, pero que se fue volviendo frágil con el paso de los años. Lo que nunca cambió de sitio fue la conciencia de formar parte de algo que valía la pena conservar como un regalo que un día ya lejano, casi inalcanzable, me hizo la poesía, su orgullo de resistencia frente a la vergüenza -entonces y ahora- de la sumisión y el vasallaje. ¡Cuánto sabía René Char de esa resistencia!: «No escribiré poema de consentimiento», escribe en Hojas de Hipnos.

Los poemas que salían de una casa y un tiempo que, seguramente con la misma ilusión que falta de destreza, se negaban a la claudicación. Lo que escribe Álvaro en un poema de aquel 1974: «Escuchad: este es el estruendo del galope / por mi sangre, el estampido en rabia de mi voz». Falta hacen voces como esa -en la poesía y en todo- en los tiempos que corren.

Las pequeñas biografías

Ese día de calor insoportable el paseo fue breve y las calles y las plazas del casco antiguo, en València, pertenecían a un tiempo que casi se me había ido de la cabeza. Pero el pasado nunca acaba de pasar del todo. Lo decían Faulkner y otra gente igual de sabia que el borracho de Yoknapatawpha. Y resulta que a veces es el azar el que te pone ese pasado delante de los ojos, como un estallido de pasiones compartidas que, como la puerta de aquella vieja casa hoy desaparecida, se abrían con una tímida cuerda capaz de levantar murallas inexpugnables en medio de la incansable batalla contra los malos de la historia, de poemas escritos con una tinta que nunca se ha borrado a pesar de lo que ha venido lloviendo desde entonces. Esta columna es como el regreso a aquellos sitios que ya no existen, a los nombres de quienes tanto quisimos y se han ido quedando en el camino, a los poemas que fueron construyendo nuestras pequeñas biografías porque, como decía Walter Benjamin, no hay biografía más fiel que aquello que escribimos, aunque a veces nos lo hayamos inventado. La calle Moret está ahora llena de magníficos grafitis. Donde antes el número 9 hay uno bellísimo con una niña sentada en la baranda de un puente. A lo mejor, como en la mirada perdida de esa niña, detrás del muro sólo habitan fantasmas y un silencioso eco de sueños compartidos.

Ya sé que nos está cayendo la del pulpo y que a lo mejor es una chorrada contar una historia tan personal como la de este domingo. Pero tal vez la amistad nos ayuda resistir en ese charco de mierda que, demasiadas veces, llena casi todos los sitios por donde pisamos. En todo caso -hoy como siempre- nos vemos en esa resistencia, ¿vale? Ahí nos vemos.

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