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Opinión

València

Tan minúsculas como gigantes

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / Freepik

Hay una especie de restos que se nos impregnan en los dedos de todo aquello que tocamos. Llamémoslo, si queremos, suciedad o polvo, aunque quizá le introduzcamos con ello una mirada cultural con dosis de desconsideración. Quizá también pueda recibir el nombre de herencia, de cesión, de donación. De influencia, de flujo. De todo salen, expelidos, partículas que se transmiten, que se expanden, que colonizan. Se vienen con nosotros y las hacemos nuestras, ofreciéndoles nuestro particular ecosistema, donde se integran (o no) y donde conviven con otras partículas desapegadas de otros millones de cuerpos.

Cierto es que en ocasiones no necesitamos ni tocar para que dichos trozos desgajados se vengan con nosotros y nos moldeen de alguna forma, en una pugna atroz entre las influencias externas y las resistencias propias. En ocasiones, como digo, dichas partículas bailan en el ambiente, sobrevuelan un espacio, se cuelan sutiles por las fosas nasales o las ingerimos al beber. Son tan minúsculas como gigantes, son tan invisibles como escandalosas.

A partir de ahí todo cambia. Y ese “a partir de ahí” es infinito, nunca acaba, como tampoco nunca ha acabado de empezar.

Es lo que tienen las ideas, en continua transformación del mundo. Cada uno o una decide si es más pulcro e higiénico ante esas representaciones diseminadas. Como de receptivo es ante la invasión, que no controla. Solo le queda decidir la contundencia de la respuesta, porque la influencia (la capacidad de las partículas para entrar en el cuerpo) es innegociable. “En esos momentos de descanso ocurre sin embargo otro fenómeno: mi vida empieza a no pertenecerme”. Matei Vișniec. Somos los que nos han precedido y también los que vendrán.

Es la nuca atravesada por el susto (que diría Javier Marías), es la sien golpeada por el cansancio, son los brazos carcomidos por el colonialismo, es el hombre malversado por el machismo, es una sociedad impelida por el anarquismo, es un niño que mama en casa el silencio, es la infeliz administrativa, es la estrofa que no se escribe, es el mensaje que nunca se recibirá, es una ruptura sentimental, es un tropiezo y su herida, es un éxito tras un gesto... Las ideas. Esas que circulan y nos definen. Esas que inician revoluciones tras un chasquido de dedos o, al contrario, silencian un siglo.

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