Opinión | En el barro
Lapiedra en un pobre (y simbólico) día de Jaume I
Ha sido una conmemoración pobre de solemnidad. No resiste la comparación con el 27 de julio de 1976. Y no sé si es un indicador de que los debates de identidad dejaron de importar. O importan menos que los fangos políticos. Y no sé si pensar si tal vez es positivo

Coronas ayer en el monumento de Jaume I del Parterre en el 750 aniversario de su muerte. / Germán Caballero
Ironías del destino: Ramon Lapiedra ha ido a expirar el día de Jaume I, justo 750 años después de este. Lo imagino con una de sus sonrisas de tímido. Yo no puedo evitar ligar el rector a la pandemia. Cosas del destino: lo entrevisté pocos días antes del estado de alarma, así que hubo que guardarla y rehacerla unas semanas después. Lo recuerdo en su despacho en la vieja facultad del campus de Burjassot (vieja es mucho decir cuando la has visto construir en campos de huerta desolada), mirando por la ventana entre dos cuadros de Carmen Vidal, su mujer, preocupado entonces por ella. Repaso ahora aquellas páginas y lo veo preocupado también por la emergencia climática (“la gente piensa que los cambios climáticos son muy lentos, de cientos o miles de años, pero es falso”), por un “pesimismo peligroso” que se contagiaba, como si no hubiera salida, y por la deriva autoritaria. Es decepcionante que seis años después todo haya ido a peor, a pesar del golpe de la covid (o quizá a causa de eso). Pliegues del destino: hubo un momento histórico en que el viejo rector estuvo cerca de ser candidato de un proyecto global de izquierdas frente a una derecha que era una apisonadora. ¿Y si hubiera sido president? Hace mucho de todo para pensar en esas cosas.
Y todo esto del rector en el día (por decir algo) del rey fundador, que ha tenido un aire así también como simbólico, porque ha sido una conmemoración pobre de solemnidad. Dicen que porque se guardan los cartuchos buenos para el Nou d’Octubre. Habrá que ver. De momento, nada de actos institucionales de postín en un año que ha llegado como sin ganas. No resiste la comparación con el 27 de julio de 1976, con Franco casi aún caliente entonces. Se hizo desfile con la Senyera desde la plaza (del Caudillo, aún) hasta la estatua del Parterre con todas las autoridades posibles e incluso representación institucional (pásmense) de Cataluña y Baleares. Y miren lo de ayer: qué poquita fe, qué flojera jaumina. Y no sé si es un indicador de que los debates de identidad dejaron de importar. O importan menos que los fangos políticos. Y no sé si pensar si tal vez es positivo, porque significa que esta sociedad ha pasado página de discusiones y peleas identitarias a base de aburrirlas. O si realmente lo que hay es un cambio de paradigma y todo eso de la identidad valenciana ha quedado enterrado porque hay otra clara y boyante.
Y no será porque los líderes están metidos en el fuego. Porque ya antes no había previsión de despliegue por Jaume I. Ayer no es que no estuviera el president, que tenía materia con las llamas, es que no dio ni para el último conseller. Debe de ser indicativo de este tiempo, en el que queda claro también que los políticos no pueden salir de su esquema mental partidario ni en días de emergencia grande. Oír a representantes socialistas valencianos en el puesto de mando de la Vall d’Uixó y que a la segunda frase no puedan evitar mencionar la actuación de la UME (los efectivos del Gobierno, los de ellos, es el mensaje subterráneo) es un ejercicio difícilmente soportable, tanto como escuchar a Feijóo dar las gracias desde el incendio de Madrid a los bomberos llegados de otras comunidades (los de ellos, también, porque casi todas las autonomías son suyas), aunque los 60 valencianos se tuvieran que volver a las horas de llegar, casi sin coger la manguera. Ese mundo de buenos y malos (o menos buenos) donde incluso en una catástrofe no se puede olvidar la maquinaria de captación de votos es desesperante. Los grandes problemas están llamando a la puerta (la frase es de Lapiedra) y aquí estamos con la calculadora electoral y partidista.
Y así, claro, Jaume I tendrá que esperar. Lógico con este vacío de sentido institucional.
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