Opinión | Quilombo
Una o varias tesis sobre la derrota
La pancarta “Las Malvinas son argentinas”, exhibida por los jugadores de Argentina, incomodó al presidente Javier Milei, admirador de Margaret Thatcher, que la interpretó como una expresión de nacionalismo populista y defendió la vía negociadora

Leo Messi y los futbolistas de la selección argentina, después de la final del Mundial.
Los argentinos suelen convertir la conversación pública en literatura y el análisis de cualquier acontecimiento en una o varias teorías. No resulta extraño en un país con una tradición intelectual y literaria tan intensa. Por eso, la derrota de Argentina frente a España en la final del campeonato mundial de fútbol no fue interpretada solo como un resultado deportivo, sino como un hecho cargado de significados culturales, políticos e identitarios.
Durante los días posteriores al partido, informativos, tertulias, redes sociales, plataformas políticas y conversaciones de café volvieron una y otra vez sobre la misma pregunta: qué significaba perder aquella final. Comunicadores como Ernesto Tenembaum en Radio con Vos o Carlos Pagni en Odisea junto con columnas de opinión en diarios como Clarín, La Nación o Infobae, reflejaron la intensidad con la que la selección argentina concentra parte de la identidad nacional. En España, en cambio, la pasión futbolística sigue estando más repartida entre clubes, ciudades y territorios.
La mayoría de los argentinos, empezando por el seleccionador Lionel Scaloni, reconoció que España había sido superior tanto en el conjunto del campeonato como en la final disputada en Nueva York. El equipo español mereció la victoria por su equilibrio defensivo, su capacidad ofensiva y la solidez de un bloque en el que las individualidades trabajaron al servicio del conjunto. Argentina, por el contrario, no logró articular una respuesta táctica suficiente, aunque su trayectoria hasta la final confirmó la calidad de sus jugadores y la fuerza competitiva de una selección acostumbrada a ocupar un lugar central en la historia del fútbol.
El mejor momento argentino llegó en la segunda parte del partido contra Inglaterra, cuando el equipo actuó con una organización y una calidad superiores. Aquel encuentro reactivó la memoria de las Malvinas, una herida histórica vinculada a la derrota militar de 1982 ante el ejército británico y al intento de la dictadura argentina de movilizar el nacionalismo en un contexto de aislamiento, represión y crisis interna. La pancarta “Las Malvinas son argentinas”, exhibida por los jugadores tras el partido, incomodó al presidente Javier Milei, admirador de Margaret Thatcher, que la interpretó como una expresión de nacionalismo populista y defendió la vía negociadora como único camino para recuperar la soberanía.
La derrota abrió también una discusión sobre la diferencia entre perder y fracasar. Para muchos analistas argentinos, la selección no fracasó: fue derrotada en un juego que nunca puede controlarse por completo y en el que el adversario también compite para imponerse. Llegar a dos finales consecutivas bastaría para considerar ejemplar su participación. La derrota, además, podía funcionar como una advertencia útil frente a la tentación disparatada de presuponer que la selección era invencible.
Junto a esas lecturas razonables aparecieron, sin embargo, interpretaciones conspirativas. Algunas atribuían el resultado a supuestos intereses de la FIFA; otras vinculaban la derrota con equilibrios políticos internacionales y con el respaldo de Donald Trump a determinadas autoridades deportivas. También circularon acusaciones sobre el carácter racial de la sociedad argentina, a partir de la composición étnica de su selección. Estas afirmaciones provocaron una reacción inmediata de quienes subrayaron la capacidad de integración y tolerancia de dicha sociedad.
Más allá de la coyuntura, el debate reavivó una cuestión clásica: el significado del fútbol en el mundo contemporáneo. A diferencia de otros grandes productos culturales y económicos de alcance global —Hollywood, Coca-Cola, Wall Street, Silicon Valley, la NBA, las investigaciones médicas y técnicas o los grandes medios estadounidenses—, el fútbol no nació de la hegemonía norteamericana. Procede de Europa, se expandió con la industrialización británica y acabó penetrando también en Estados Unidos bajo el nombre de soccer.
Sociólogos e historiadores han estudiado cómo ese juego, convertido en espectáculo global y enorme negocio, se mezcla con la identidad de los pueblos. Difundido inicialmente por ingenieros británicos entre 1860 y 1900, el fútbol pasó pronto de deporte de élite a práctica y pasión popular. Los obreros se convirtieron en los principales aficionados de los equipos surgidos en fábricas, barrios y ciudades, primero en Europa y después en América Latina. Fue la aportación de la clase obrera a la cultura universal.
El Real Club Recreativo de Huelva fue el primero en constituirse en 1889 en España, con los ingenieros ingleses que trabajaban en las minas de Río Tinto. En Gran Bretaña se construyeron estadios como Anfield, en 1884, de Liverpool, donde escogieron una canción de un musical de Broadway como himno: You´ll never walk alone; el de Old Trafford del Manchester United de 1910, diseñado por un arquitecto famoso de la época, el escocés Archibald Leitcho; el del barrio de Highbury-Islington, donde residió el escritor Orwell, el Arsenal Stadium, al que solía ir cuando vivía en Londres.
El historiador Eric Hobsbawm señaló esa dimensión de masas obreras al describir el fútbol como una especie de religión laica del proletariado desde la década de 1880. La literatura inglesa de posguerra, con autores como Alan Sillitoe, también mostró cómo los estadios formaban parte del ocio, la sociabilidad y las emociones de la clase trabajadora (Saturday night and Sunday morning, una de sus novelas). En ese recorrido histórico se entiende mejor por qué una final perdida puede convertirse, para Argentina, en una conversación nacional sobre la derrota, la identidad y el lugar simbólico del fútbol.
