Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

València

Prioridad (y nacional)

La disputa no se libra en las instituciones, sino en un plano previo y más profundo: el del marco cultural. Ése, y no otro, es el terreno de juego, y en ese va ganando Vox. Es lo que vio la Nouvelle Droite francesa en los sesenta del siglo pasado

Cabecera de la manifestación que, convocada por la rama juvenil de Democracia Nacional, bajo el lema "Vivienda social, prioridad nacional", ha transcurrido desde Cibeles hasta la Puerta del Sol, en Madrid.

Cabecera de la manifestación que, convocada por la rama juvenil de Democracia Nacional, bajo el lema "Vivienda social, prioridad nacional", ha transcurrido desde Cibeles hasta la Puerta del Sol, en Madrid. / EFE/Emilio Naranjo

Las palabras no son actos, como quería el francés, sobre todo útimamente, que se usan como si fueran canicas, y se exprimen, se potencian, se juega con ellas hasta disociarlas de lo que representan: ideas, objetos, situaciones, hechos. Estamos en el lío de la “prioridad nacional”, la mercancía de Vox que la logrado lo que pretendía: ser el “hit parade” en el debate nacional. La dichosa “prioridad” no es sino una erupción extrema de nacionalismo, y el nacionalismo es la médula espinal del pensamiento reaccionario español. Y tiende al etnicismo, claro. A partir de ahí hay un enorme campo libre para el desarrollo de las teorías organicistas sobre los vínculos sociales, donde el individuo no es nada y la sociedad -el pueblo, la tierra, la patria, el pasado, lo simbólico- lo es todo. La “prioridad nacional” no es ninguna novedad, como todo el mundo sabe (o no). Es una constelación muy antigua en el firmamento de las ideas políticas. Proviene de Francia, territorio cultivador de la mayor parte de los productos políticos intelectuales, y posee su origen en los Barrés y Maurrás de principios del XX, y en los “racismos” de Renan y de Taine. Francia, la gran ensaladera del pensamiento político, igual da lechugas que melones. Quiere decir uno que esa ensalada de nacionalismo étnico, de antimestizaje, de antiliberalismo, de contrauniversalismo, de antiilustración, de la relegación de la persona frente al pueblo y la masa, ya la copiaron y ensalzaron aquellos pensadores del novecientos y la practicaron los fascismos destructores después. El mundo de entreguerras es un profundo abismo que retorna. Y por aquí -y el “aquí” va de los Pirineos al Estrecho-, ya entre corridas de toros y castañuelas, cirios y muchas moscas, aliñaron esa misma ensalada la Falange, y el señor Pradera, y Ledesma Ramos y Onésimo Redondo, y Giménez Caballero y toda la colla del tradicionalismo integrista recogidos siempre bajo el palio del catolicismo y el agua bendita. La carga nuclear estaba puesta ya, como digo, en el patriotismo etnicista francés y en aquellos autores, que también volaban sobre el antisemitismo, una de las raices de sus cóleras argumentales. El río es el mismo aunque los afluentes sean cambiantes. Ese río -de caudales reaccionarios-se secó a partir de 1945 y ahora renace, exhuberante, con una fuerza inaudita. “El gran reemplazo”, que citaba aquí el otro día Josep Maria Felip, constituye uno de los marcos intelectuales tributarios: tendrá poco más de una década. La tesis de Renaud Camus (otra vez un francés) es que la cultura europea, la civilización occidental y nuestra identidad están en peligro, entre otras cosas por la regresión demográfica, ante oleadas masivas de inmigrantes, especialmente musulmanes, que reemplazarán a los europeos fetén. En el plano literario, ya lo vimos y leimos en Sumisión, de Michel Houellebecq, novela de 2015.

Las ideas nocivas suelen sustentarse en hechos falsos, pero no habría que desatender la carga última del credo en cuestión: la inoculación de la sospecha ante el “extraño”, ante cualquier extraño, y la proyección de los miedos, aunque el campo administrativo o legal sea inmune a la idea en cuestión. De hecho, la “prioridad nacional” ha de ser inconstitucional. La Constitución Española prohíbe la discriminación por razón de nacimiento, origen o cualquier otra condición social. O sea, que nos hallamos ante una paradoja. La “prioridad nacional” se hace ley en la Generalitat metida en los presupuestos pero su recorrido administrativo está prohibido por la ley. Se parece mucho a aquel cuento sobre el inverso mundo de Bradley, en el que la muerte precedía al nacimiento y la cicatriz a la herida. Porque no hay que engañarse: el problema no es el hecho factual o legal. Eso ya vendrá. El problema reside en la apología de la metapolítica, en el uso de esa herramienta, clave en la estrategia, dado que la disputa no se libra en las instituciones, como diría Arturo Gradolí, sino en un plano previo y más profundo: el del marco cultural. Ése, y no otro, es el terreno de juego, y en ese terreno de juego va ganando Vox. Es lo que vio la Nouvelle Droite francesa en los sesenta del siglo pasado: es más eficaz transformar el debate político que manufacturar una nueva ideología. Que es lo mismo que decir: seguir a Gramsci y a su hegemonía cultural: el dominio político se alcanza a través de las ideas, de los valores, de las aspiraciones que condicionan el criterio mayoritario social. De las ideas y del lenguaje. Primero hay que reconfigurar los modelos y las categorías, las jerarquías y las narrativas. La implantación institucional ya vendrá después, cuando el personal “apruebe” esas ideas y las haga suyas. Y el eje ordenador de ese discurso no es otro que el de la identidad, ya está dicho. El de la diferencia. La idea de la “prioridad” jerarquiza, no iguala. Clasifica y subordina, no asimila o equilibra. Es hostil, no solidaria. Es incluso anticatólica. El nacionalismo excluyente y étnico que se propone nada tiene que ver con aquel “racismo biológico” o científico de los Morton, aunque sean “antepasados” del mismo árbol genealógico: este nuevo lenguaje de las “culturas cerradas” no es arcaico y polvoriento, ni residual: canaliza las frustraciones de un universo dividido entre “nosotros” y “ellos”, y lo hace con vitolas más actuales, puesto que el “espacio natural” -otra vez en boga- contra el “extraño” ha de penetrar con normalidad, ha de inspirar protección, no ha de identificarse con la exclusión. Ha de estar bien visto. Una protección social normalizada en lugar de una exclusión injusta. Esa estrategia de Vox está ganando pese a que el debate “real” de la inmigración esté en otra parte. (El otro día el pensador Peter Singer, nada sospechoso de derechista, era partidario de poner restricciones a la inmigración, como algunos partidos laboristas, decía, y Singer perdió a tres de sus abuelos en Auschwitz). La “prioridad nacional”, que es inconstitucional, domina el debate público, que es lo que se pretende, y además siguiendo a Gramsci. La metapolítica funciona así. Ha de fabricar el marco cultural para que el propósito penetre en la sociedad y sea aceptado por amplias capas de la población. Después ya vendrán las instituciones. Ese peligro no parece verlo la izquierda reformista, ni tampoco el PP, que siguen en sus cosas. Va ganando Vox, sí. Quizás deberían repasar el periodo de entreguerras.

TEMAS

Tracking Pixel Contents