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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

El fútbol ha acabado en el probador

Los clubes presentan nuevas equipaciones con múltiples colores, convirtiendo el fútbol en un centro comercial

El presidente de la UEFA Aleksander Ceferin y el jefe de la FIFA Gianni Infantino.

El presidente de la UEFA Aleksander Ceferin y el jefe de la FIFA Gianni Infantino. / Robert Michael/dpa / Europa Press

Las camisetas se han impuesto al balón. Antes y durante el Mundial se produjo una auténtica revolución textil: la Roja mudó a la Blanca, pese a no contar con ningún jugador del Valencia, el Sevilla o el Real Madrid, y la versión más popular de la equipación triunfó sobre la oficial de la Federación. A medida que los de De la Fuente superaban eliminatorias, la demanda se disparaba y las existencias desaparecieron antes de la finalísima. Ahora, con la segunda estrella en el pecho, nadie quiere ser menos, así que la inversión futbolística de los hogares españoles se ha disparado este mes, donde los manteros han hecho su julio.

Los clubes están presentando sus nuevas equipaciones, que ya son trino, como el Espíritu Santo, para explotar toda la policromía. El fútbol se ha convertido así en un desfile de moda en el que ya no es necesario ser fiel a unos colores. Basta con que una camiseta resulte atractiva para que alguien se enfunde una, dos o incluso varias, aunque pertenezcan a equipos incompatibles por una rivalidad histórica. A eso ha reducido la FIFA de Infantino el deporte rey: a un centro comercial rodeado de grandes pantallas. El amigo de Trump pretende crear una empresa que gestione el negocio comercial de los Mundiales, incluidos los derechos televisivos, los patrocinios, las entradas y las licencias de las equipaciones oficiales. Un proyecto que, de momento, se ha encontrado con la oposición de la UEFA.

València tiene dos estadios en los que a la grada también le pierde la estética. En Orriols todavía pueden distinguirse algunas barras azulgranas, pese a la variedad cromática del segundo y el tercer uniforme y al capricho de presentar en vertical o en horizontal las franjas que definen su personalidad. En Mestalla, en cambio, encontrar tres butacas consecutivas ocupadas por aficionados con la camiseta blanca resulta imposible. Naranjas, azules, granas, negras, grises y un largo etcétera convierten el viejo coliseo en una sinfonía desafinada de tonos, muy acorde con la situación que atraviesa el club. Porque cuando se mezclan demasiados colores no se obtiene un negro puro, sino un tono turbio parecido al marrón.

Y luego está esa amiga del president en la Federación, incapaz de conseguir que Ferran Torres y Álex Grimaldo visiten de una vez el Palau.

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