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Opinión | Viento albornés

València

Sobre mimar los motores

Imagen que demuestra la difícil convivencia de peatones, coches y bicis en la calle Colón de València.

Imagen que demuestra la difícil convivencia de peatones, coches y bicis en la calle Colón de València. / J.M.VIGARA. VALÈNCIA

Bajé a comprar el pan -y la prensa- con ese gesto del maestro de la columna sobre negritas que fue Francisco Umbral, “spleen-dido” por precisar, y con ese barruntar de otro genio, Juan José Millás (activo en esta casa), vas centrifugando en tu “quijotera” (Carlos Saura dixit) lo último escuchado por la radio antes de salir: con la nueva ley estará prohibido fumar en las terrazas de la vía pública (arrendada), entre otra catarata de normas al uso papirofléxico, blablablá, que rápidamente movió mis piernas hacia la rúa valenciana.

Servidor que anda bastante desenganchado del vicio nicotínico, y más entre gente, recorre ese tramo siniestro de la calle San Vicente en permanente zanja que conecta Xàtiva con plaza de España, en pos de quiosco y pastelería, repitiendo instintivamente: prohibido, terrazas, fumar, cáncer de absentismo, etcétera, e terminando con los ojos casi llenos de lágrimas por la polución y esa sensación pueril que a veces te embarga, como cuando accedí a las ordenanzas urbanas sobre ruido en València y comprobé que existe un cielo allende nuestro alcance.

Transitas una acera estrechísima para la cantidad de gente que soporta a diario, junto a tres carriles de vehículos a motor y otro llamado carril-bici por el que van aparatos peligrosos que no son mayoritariamente bicicletas. Tal es la zorrera que a veces conviene ascender por la paralela Convent de Jerusalem, aunque signifique más trayecto. Ello no impide que ese espacio vicentino mínimo acoja cuatro amplias terrazas de cafeterías a sortear cuando por las mañanas suelen estar completamente llenas, gozando del veneno y el hedor que emiten las máquinas a motor.

Desde luego sin olvidar el ruido, que cumple todas las tasas para fastidiar a cualquiera, contando con la inestimable ayuda de enormes garajes en sótanos que escupen, o acogen, vehículos a la misma calle por mitad de la acera de viandantes. Eso sí, durante el verano puedes irte refrescando con las micciones de centenares de aires acondicionados que pueblan las fachadas sin control (parece que han creado otra ley pajarita sobre esto) y caen encima del personal, lavando también calzado o pie con sus charcos.

Está claro que, en la tercera ciudad de España, María de los motores es la virgencita que protege al desamparado automovilista o transportista, quienes además tienen la suerte que esas obras anunciadas para verano en la plaza de san Agustín y aledaños no han empezado en el último día del mes de julio y, teniendo en cuenta que han colado en las Corts con los presupuestos unas normas nuevas que permiten recalificar suelo e inaugurar incluso media hora antes de abrir las urnas, nada corre prisa hasta las elecciones. Arda España; de gafado a gafe.

Pensábamos hablar hoy del acto de N. Feijóo en Santiago -de Compostela y no en ca Abascal- proclamando a sus alcaldes/alcaldesas, un 18 de julio, para dentro de un año, incluidos tres de las capitales provinciales del País Valencià, la triada tancredista, pero el fino análisis de Juan R. Gil en este diario el domingo último lo puso negro sobre blanco, si bien orilló el ser candidata para seguir mimando a València (sic) u ofrecer glorias a España (literal) de nuestra alcaldesa capitalina María José -“Coché” dicen las malas lenguas- Catalá. Imprescindible escuchar entero el balance Cumpliendo de Pedro Sánchez del martes pasado como antinflamatorio para agostados.

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