Opinión
Solo

Manolo Solo falleció el pasado jueves / Levante-EMV
Cuando alguien comience a leer estas líneas, quizá desconozca todo el tiempo que ha permanecido quien las firma ante la pantalla en silencio, con el corazón encogido, sin escribir una sola palabra, desde que se ha enterado de la fatídica noticia que se resiste todavía a creer del todo. Quizá desconozca también que una de las últimas veces que coincidí contigo fue en un escenario. El del Teatro Español. Que allí nos encontrábamos Dani Pérez Prada, tú y yo, honrando a nuestro maestro y compañero Juan Diego, que descansaba definitivamente tras una larga vida absolutamente comprometida con el arte, la libertad y la justicia, con su oficio como herramienta, para tratar de conseguir una convivencia más justa en este país o sistemático esperpento nuestro. Recuerdo que estábamos sentados los tres en el patio de butacas, que comenzaron a subir de uno en uno algunos camaradas de Juan para despedirse puño en alto y en mítico y sentido silencio. La tristeza, el vacío de todos los presentes eran sobrecogedores. Nos miramos los tres. Decidimos también subir con todo el respeto. No sé tú, no sé Dani, pero yo temblaba al tiempo que subía aquellos peldaños. Y allí nos quedamos, frente al gran Juan Diego oculto por la madera, el inexistente ciprés, las pendientes octavillas y el imposible olvido. Quizás por hacer el momento algo más soportable os dije lo que os dije:
— Bueno, no lo imaginaba así, pero de alguna manera cumplo el sueño de compartir con él aunque sea una sola vez un escenario de teatro.
Sonreíste sin despegar la mirada del féretro. Lo mismo Dani. Tras unos segundos meditativos frente a él, volvimos a bajar y dejar que otros se despidieran con las mandíbulas en tensión y los ojos vidriosos. Se nos iba un referente. Y ya no nos quedaban muchos. Hoy deben de sentirse así muchos jóvenes que están formándose o empezando en esto del arte dramático: Huérfanos de referente. Porque sí, Manolo, lo quieras o no, para muchos de ellos tú lo estabas siendo.
Sé que en algún lugar me estás diciendo, con tu característica humildad y timidez, que no exagere, que no es para tanto. Y yo te contesto que no lo hago, que me ciño a lo que nos has regalado.
Quizá quien todavía esté leyendo estas líneas, no sepa de tu generosidad infinita. Que cuando preparábamos en la Sala Mirador la presentación de una lectura dramatizada de un texto mío, en el que tenía que interpretar nuevamente a Lorca, te llamé para que me echaras una mano. Que te leíste la obra, y que me recibiste en tu casa, donde tuvimos una sesión de trabajo sobre cómo encarar ese personaje. Me gustó tu casa, cómo la habías reformado. Eso te dije. Me gustó tu biblioteca, tu colección de cómics vintage con algún volumen de la colección Famosas novelas que solía comprarme mi padre y que también disfruté de niño; y de la que hoy, como tú entonces, todavía conservo algún volumen porque me unen a él, a mi padre, en un tiempo dulce y perdido.
Me propusiste lo mismo que me sugirió Botto, con quien compartía elenco en esa lectura junto a Eva Llorach.
— Yo, Sergio, no lo haría con acento “granaíno” —me dijiste con tu acento sevillano—. O lo significaría muy sutilmente. De hecho lo haría sin acento alguno, porque Lorca está en la memoria colectiva de todo el mundo sin acento, solo de un modo castellano y poético, ya que no existe ningún registro con su voz.
Con tus notas encaré la lectura dramatizada como Lorca. De alguna manera te tenía conmigo en la Sala Mirador. Curiosamente, la misma sala donde te disfruté como espectador en tu primera obra de teatro en Madrid, allá por 2007, si no me equivoco. Fue con un texto brillante de Botto, La última noche de la peste, que dirigía con todo el ingenio nuestro querido Víctor García León. En la función Raúl Arévalo y tú interpretabais a dos escritores encerrados en una habitación, la noche antes de la entrega de una versión teatral de La peste de Albert Camus. Y donde se establecía el conflicto por puntos diferentes de vista sobre el teatro y su compromiso. Años después Raúl te dirigió en Tarde para la ira, con la que ganaste el merecido Goya, porque, lo veamos o no, todo está siempre conectado.
No sé si te has dado cuenta, pero desde esa obra sobre el teatro comprometido, te vino una serie de funciones míticas y comprometidas. Parecía que el destino teatral estaba escrito para ti, paradójicamente, en esa magnífica obra de Juan. Y es que todo el mundo está recordándote por tu gran legado cinematográfico. Hablan, cómo no, de El laberinto del fauno, de Celda 211, de Cerrar los ojos, Una quinta portuguesa, A la cara, El buen patrón y Tarde para la ira. No nombran Los comensales, claro, porque en el último momento, me dijiste que tenías dudas, que no te veías sentado en esa mesa junto a gente de la elocuencia de Peris-Mencheta y Botto, entre otros. Te resistías a admitir lo que los demás teníamos bien claro, y que se está confirmando en cada uno de los comentarios que se están sucediendo hoy por las redes. Pero pocos hablan de tu trabajo teatral, ese que quiero reivindicar en estas palabras que te dedico. Porque siempre será ahí donde brillarás sobre todo en mi memoria, que no solo te tendrá presente en las diferentes y enormes interpretaciones para la pantalla, o sonriendo tímidamente ante algún nuevo halago por tu trabajo y tu calidad personal; sino también en el duelo interpretativo con Pedro Casablanc como Bárcenas en Ruz-Bárcenas; y en El rey, ambas dirigidas por Alberto San Juan; en la Sala Triángulo, donde también te admiramos en Las guerras correctas de Gabi Ochoa. Te disfruté en El rey en el Principal de Valencia. Me avisaste que vendrías. Después de la función me comentaste que solo habías tenido tres días para prepararte la sustitución de Willy Toledo. ¿Y aún te resistes a considerarte un grande?
Porque tal y como sostiene Italo Svevo, la vida es siempre mortal y no admite curas, me quedo sin haber podido coincidir contigo en el escenario, querido Manolo, más allá de aquella ocasión en la que nos despedimos, con Dani, de Juan Diego. Echaré de menos tus cachondos «atracos a mano armada» por whatsap, cada vez que volvías a tener concierto con «los Also starring, en Sensurock y Technicorroll»; tu comprometida verdad en el escenario, tus trabajos en pantalla que entroncan con la tradición de los grandes de nuestro cine.
«Abrazo gordales», como tú decías. Dando vueltas alrededor del escenario de la Sala Mirador en bicicleta, con el tema musical de Sor Citroën —tal y como sucedía al final de La última noche de la peste, tu primera obra de teatro en Madrid— es como quiero imaginarte en este inesperado fundido a negro. Y cuando abra ese fundido, verte de niño, leyendo junto a tu padre otro volumen de Famosas Novelas, en ese quimérico lugar donde volverás a ser con él Fernández, porque ya no hará más falta apellidarse Solo.
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