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Opinión

València

Bomberos y enfermeros

Enfermeras en un centro sanitario

Enfermeras en un centro sanitario

Durante este mes de julio tuve que estar unos días en el Hospital. Quizás, alguno de ustedes se haya percatado de que estos tristes artículos no aparecieron algunas semanas.

Llegué al Hospital por Urgencias. Les supongo a todos ustedes familiarizados con estos, no sé si llamarles establecimientos sanitarios.

En la llamada sala de espera hay varias filas de asientos de plástico. Todos orientados y de cara y mirando justo a la espera.

De la pared frontal cuelgan dos pantallas. En una, se relacionan los pacientes con su clave y el destino al que tienen que dirigirse cuando son reclamados. En la otra, la 1 de TVE retransmitía algunos de los múltiples incendios que salpican la península.

Fuego y enfermedad. Dos catástrofes para cuyo combate los seres humanos estamos especialmente inhabilitados. Al menos, en solitario.

Y allí estábamos, un sábado imposible de julio, confinados en el pabellón de deportes travestido en sala de espera, ávidos por conocer cuál era el porvenir de lo nuestro. “Las altas temperaturas están alimentando las llamas”, “Paciente ARJ131, diríjase por la línea verde a TRIAJE 2”.

La ansiedad se adueñaba poco a poco de todos cuantos allí estábamos.

Un nutrido grupo de médicos pasó por delante de nosotros subido a un camión de bomberos en un intento desesperado por evitar que las llamas se tragasen las Navas del Marqués. Una cuadrilla de celadores abría paso a las camillas en las veredas incendiadas de la sierra. Mientras tanto, un pelotón de la UME desalojaba la planta de Neonatología al tiempo que le hacía una eco doppler a la cima del monte donde el cambio del viento había recrudecido la devastación.

Bomberos arrebatados desataban con infinitas mangueras chorros inabarcables por 'Medicina Interna' dispersando todo rastro de virus, bacterias y microbios. Una enfermera le abrió al vecino de habitación una 'vía' en el brazo derecho, donde le inyectó algunas mangueras que se alimentaban de lo alto de un gotero que sostenía un inmenso depósito de aguas, antibióticos y antihistamínicos en un intento desesperado de cortar el avance incontrolado de las llamas.

A mí me horadaron las venas con auténtica fruición en la búsqueda de líquido sobre el que establecer una diagnosis de la estructura del fuego y sus movimientos esperables, aunque ya no recuerdo si esto me lo hizo una auxiliar de enfermería o un guardia forestal.

Y por la noche, en el sótano de Urgencias, en las camas vecinas, el crepitar tenue de gemidos por la casa perdida, de dolor incierto por la enfermedad…

La actividad arriba se tornó febril. “Paciente MJR263, siga la línea amarilla, Consulta 1”. El caos pareció adueñarse por momentos de la situación… Pero no era sí. Todo el mundo tenía claro su objetivo. Todos y cada uno habían asumido ya sus vacaciones perdidas, sus turnos incumplidos, sus salarios menguados.

Y con la mejor cara. Aguantando los nervios de pacientes y desalojados. Y todo ello con la interminable cascada de las horas en un sábado de julio hospitalario hipnotizado por el humo de Los Gallardos.

Al día siguiente me hicieron lo que llaman una endoscopia con feliz resultado. Y me dieron un manual de instrucciones. Y allí decía: ”Se recomienda no tomar ninguna decisión importante hasta una hora después”.

Me impactó tan prudente admonición. Los humanos somos seres esencialmente indefensos. Existen amenazas ante las que nada sabemos ni podemos hacer. El fuego. La enfermedad. Por eso, las sociedades se organizan y encomiendan esta fatídica tarea al propio estado. A eso que llamamos 'lo público'.

Quienes tienen la obligación de administrarlo deben tomarse esa hora de reflexión. Ninguna decisión puede debilitar la fortaleza de lo público. Salvo decisión incomprensible de autoinmolarnos.

Lo público como función. Y quienes lo gestionan. Cómo no cuidar, formar, respetar, dotar a quienes tienen como objetivo salvarnos.

Bomberos y enfermeros. Los auténticos héroes de lo público.

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