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Opinión | En el barro

València

La caterva y la ejemplaridad

La reproducción de casos de falta de ejemplaridad y su defensa bajo la apariencia de normalidad sugieren que entre la moqueta (es un símbolo) y el adoquín (otro) se ha roto algún cabo

Un inmigrante intentando cruzar la frontera de Ceuta, ayer.

Un inmigrante intentando cruzar la frontera de Ceuta, ayer. / Reduan Dris

Hay vecinos que no pueden evitar la tentación de la notoriedad en la cafetería. El dueño se acerca a una mesa y uno de los acólitos suelta con una voz como para que le escuchen en la panadería de enfrente: “Con 40 normales sobraban. No con toda esta caterva de políticos…

Caterva. Uno tiene la tentación de decir que está casi seguro de que el gritón cometería los mismos errores si estuviera en un cargo público, pero como siempre ha pecado de cobarde, fija la vista en el móvil, se pone los auriculares y se sumerge en el otoño eterno de la música de Once (va por ti, Glen) y lo deja pasar. Una vez más.

Uno ha visto ya casi todo en la cosa pública, incluido algún personaje que desde el primer día acogía el cargo como si hubiera entrado en una fiesta de las frivolidades. Pero la inmensa mayoría es gente de bien y de naturaleza social sana. Con ganas de hacer y, por qué no, de dejar su nombre en algún sitio. Otra cosa es la consideración de normalidad que pueden llegar a dar a algunos de los privilegios por los cargos que ocupan, hasta el punto de sobrepasar los límites de lo recto (lo que el sentido común dicta) y poner luego cara de sorpresa, una vez se ha armado el escándalo.

Caterva. La palabra sugiere el descrédito que acompaña hoy al ejercicio de la política. Y que abona el terreno a los populismos y autoritarismos. En esa ‘caterva’ está condensado el discurso de Javier Milei y otros salvapatrias de los que huir. Frente a ello, si algo pide la política de hoy es ejemplaridad. Pasamos los saqueos de los fondos de la cooperación, los desvíos de dineros públicos, la caja B del PP, las cuentas en Suiza, Luxemburgo y las Bahamas de tantos, los testaferros varios para esconder los negocios, las cacerías, los yonquis y la policía patriótica para tapar lo que pudiera... Pasamos todo eso para encontrarnos ahora con pisos pagados para la amante del ministro, joyas millonarias reunidas en el despacho del expresidente y fontanería de Pepe Gotera y Otilio para intentar meter mano en la maquinaria policial y judicial. Y con todo eso en los morros, se suceden hechos que te obligan a considerar si algo ha sucedido y has pasado a una dimensión diferente de la realidad.

La normalidad se acabó. Piensas así cuando intentan ofrecer como normal el indulto a Laura Borràs y a otros políticos condenados mientras las causas judiciales por corrupción hacen el agosto. O cuando el president de la Generalitat se va tres días y pico a la final del Mundial con una entrada regalada valorada en una buena cantidad y sin aportar ni una sola factura porque es “un viaje privado” (con la entrada -en plural- obtenida por el cargo que es). O cuando la pareja del mismo president consigue una plaza con una retribución bastante más alta que la de la inmensa mayoría de administrativos del cuerpo público. Lo piensas cuando el expresident Puig no encuentra a otra persona de confianza que el sobrino de su pareja para hacerle de chófer (que, por otro lado, qué necesidad hay de tanto artefacto protocolario) y la respuesta es que también hay enchufados en el otro lado. Y qué decir cuando la Comunidad de Madrid se compra un ático de más de 500 metros en el barrio más caro de la capital por un valor de unos seis millones sin saber explicar para qué y justo cuando la presidenta acaba de poner a la venta su pisazo en el mismo barrio. Lo piensas cuando la subdirectora del Institut de Cultura se presenta para ganar una plaza fija en la misma institución que ahora depende de ella. Y, claro, puedes pensar también en la tarde inefable de Mazón, pero eso es otro nivel. Sería frivolizar. Cuando has de defenderte apelando a las faltas del otro y midiendo las propias con las otras es que algo falla.

¿Ya nadie se acuerda de todo aquello de la casta? ¿Es pasado tan enterrado como el 15M y las primaveras y los círculos utópicos?

Cuando en varios casos de los mencionados se ha dado marcha atrás una vez montado el escándalo, es evidente que aciertos no son. Y errores no forzados, gratuitos, que es lo que más da qué pensar. Porque su reproducción y su defensa bajo la apariencia de normalidad sugieren que entre la moqueta (es un símbolo) y el adoquín (otro) se ha roto algún cabo. ¿No se han dado cuenta de que les están reclamando ejemplaridad?

Caterva. No me vale. No es lo que conozco. A pesar de los errores. A pesar de la insistencia injustificable en los privilegios del cargo y a pesar de la falsa normalidad de esas actuaciones.

En la tele de la cafetería pasan las imágenes de Ceuta. Han cruzado miles la frontera entre dos mundos. Ha muerto medio centenar, pero se asume con una ligereza que asusta. Algunos besan el suelo tras la travesía. Solo pienso que prefiero verlo desde este lado de la frontera que no desde el otro. No sé qué será de ellos. Son considerados algo más que carne cuando regresan como si nada tras jugarse el tipo. ¿Cómo será la vida allí para que tantos huyan en masa? ¿Qué verán aquí? ¿Y qué pensarán dentro de dos o tres años los que se queden? El camarero, magrebí, mira en silencio las imágenes mientras pasa el trapo por la mesa del tipo de la caterva.

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