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Opinión | Entre bambalinas

València

Espí no es Pepelu

Carlos Espí festeja uno de sus goles

Carlos Espí festeja uno de sus goles

Lo lógico, aunque a veces hablar de lógica sea lo más ilógico, cuando la estrella de un equipo decide marcharse, la primera reacción de los aficionados es enfadarse y arremeter contra el jugador, el equipo vendedor y el comprador. Hasta hoy.

Parece, o al menos es lo que siento entre los levantinistas que me rodean, que hay unanimidad en la venta de Carlos Espí al Real Madrid- ya pasó con Keylor Navas y Calpe-. Florentino, según la prensa nacional, ha fichado al próximo nueve de la selección; el Levante UD se embolsa unos 25 millones de euros que, teniendo un endeudamiento de 160 millones no están nada mal, y el jugador ficha por el club de sus amores. Todos contentos. Celebrémoslo.

Y es curioso, porque en este país hay actos que, dependiendo de quién los protagonice, resultan intolerables o pasan casi desapercibidos. Que un expresidente autonómico contrate como chófer al sobrino de su pareja es para unos un escándalo y para otros una simple anécdota. Que una presidenta compre y venda un ático en Madrid lo es aún más, pero todo se valora según las gafas con las que se mire. La vara de medir rara vez es la misma.

En el fútbol ocurre exactamente igual. Retrocedamos un par de años. Entonces, ¿por qué los levantinistas ‘odian’ tanto a Vicente Rodríguez o Pepelu, que hicieron prácticamente lo mismo que hoy hace Espí, pero en lugar de marcharse a la capital de España decidieron seguir con su vida en València y vestir la camiseta del Valencia CF? La respuesta no está en la lógica, sino en la rivalidad . Simpatías al margen, está claro que el fútbol —y lo dice una futbolera que cambia mil veces de parecer— no tiene lógica ni memoria. Lo que ayer era una traición, hoy es una magnífica operación de mercado. Lo que antes era imperdonable, ahora merece un aplauso.

Lo único cierto y real es que todo profesional quiere progresar y, excepto LeBron James que ha renunciado a 50 millones de dólares al año para vivir donde le apetece y no donde más le pagan, aquí casi todo el mundo se mueve por dinero. Ahí la palabra que a todo le da un sentido. La diferencia es que algunos tienen la suerte —o la desgracia— de que sus decisiones son compartidas y a otros se les juzgan sin piedad porque así viene la ola. Bienvenida la coherencia .

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