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Opinión | Espejos con grietas: Lecturas para un verano lúcido

València

Del jardín al muro de Instagram

La adicción a los móviles impacta al cerebro.

La adicción a los móviles impacta al cerebro. / ROBIN WORRALL en Unsplash.

Las aspiraciones humanas son, en el fondo, terriblemente constantes. Llevamos siglos queriendo lo mismo: paz, placer, un rincón bonito y la tranquilizadora sensación de que nuestro tiempo aquí valió algo. Lo que cambia, con cada era, es el escenario y el grado de ansiedad con que los perseguimos. Los tópicos latinos que el Renacimiento elevó a categoría filosófica —Beatus Ille, Carpe Diem, Locus Amoenus y Tempus Fugit— siguen plenamente vigentes. Solo que ahora llevan auriculares inalámbricos y padecen síndrome del impostor.

El humanista renacentista lo tenía claro: Beatus Ille (‘feliz aquel’) que abandonaba la corte, sus intrigas y sus adulaciones, para retirarse al campo a cultivar la virtud junto a las legumbres. El enemigo era el ruido político y el cortesano envidioso que te sonreía mientras te apuñalaba con un soneto.

Hoy el deseo de paz sigue intacto, pero el campo ha migrado al interior del cráneo. El ruido ya no procede de ninguna corte sino del bolsillo de uno mismo, que vibra con la insistencia de un niño en un supermercado. La solución que propone nuestra época es de una sofisticación pasmosa: apagar voluntariamente el aparato que uno acaba de comprar a plazos e instalar en él una aplicación que controla el tiempo que pasas con él. El minimalismo como filosofía, el equilibrio entre la vida laboral y personal como mantra, los retiros de meditación con wifi solo para emergencias: el hombre contemporáneo ha pasado de huir al campo a huir de sí mismo. Horacio lo habría entendido, aunque habría sugerido que la paz mental raramente cuesta lo que cuesta un retiro de yoga en Bali.

De esta huida hacia dentro nace, paradójicamente, su contrario: la necesidad compulsiva de ser visto mientras se huye. El Carpe Diem renacentista era una filosofía de goce interior ante la belleza fugaz de la existencia. No requería documentación, audiencia ni patrocinadores.

La versión contemporánea ha sido objeto de una reforma bastante ruidosa. Hoy no basta con sentir el momento: hay que capturarlo, filtrarlo, geolocalizarlo y publicarlo antes de que la experiencia haya terminado de ocurrir. La sombra de este modelo es el FOMO (Fear Of Missing Out, miedo a quedarse fuera). El hombre renacentista apreciaba el instante. El contemporáneo lo optimiza, lo publica y lo lamenta si no alcanza las doscientas interacciones.

El escenario de esa huida también ha cambiado de naturaleza. El Locus Amoenus renacentista era prado verde, fuente cristalina y algún pájaro con criterio musical. Imperfecto —los mosquitos existían también entonces—, pero tenía la honestidad de ser real.

Pero basta recordar la apoteosis de Animal Crossing durante el confinamiento —cuando preferíamos cultivar nabos virtuales antes que asomarnos al jardín real— para entender hacia dónde ha migrado el paraíso. Hoy la naturaleza nos parece insuficiente, mal iluminada y con escasa conectividad: nuestro lugar idílico es el feed de Instagram con paleta coordinada, el universo de un videojuego donde la lluvia es solo decorativa, o la burbuja algorítmica que filtra cualquier realidad perturbadora. En lugar de encontrar un paraíso, lo diseñamos a medida y lo defendemos de la imperfección con la ferocidad de quien protege su reseña de cinco estrellas. Hemos sustituido el jardín que nos ofrecía el mundo por uno que nos fabricamos nosotros, con mejores filtros y peor biodiversidad.

Pero ni siquiera en ese paraíso construido a medida hay descanso, porque el tiempo sigue volando y no admite jardines. Ante el Tempus Fugit, el humanista respondía con resignación creativa: trascendencia a través del arte o rendición hedónica. En cualquier caso, una melancolía que ejecutaba con dignidad envidiable.

El contemporáneo no tiene tiempo para la melancolía. Si el tiempo vuela, hay que volar más rápido y, si es posible, facturando en el proceso: life hacks (‘hackear la vida’ con atajos), el biohacking (tratar al cuerpo como una máquina de alto rendimiento) como aspiración suprema. Perder el tiempo es el pecado capital de la era, una expresión que el hombre renacentista habría hallado tan absurda como desperdiciar el viento. El resultado frecuente de tanta optimización es el agotamiento crónico de quien ha llenado cada segundo de su vida para evitar la angustia de tener uno libre.

Ahí reside, quizá, la diferencia que ningún tópico latino supo anticipar: el Renacimiento huía hacia algo —la naturaleza, el instante, la virtud, la obra—, mientras que la contemporaneidad huye de algo que no sabe nombrar del todo bien. Las aspiraciones fundamentales siguen siendo las mismas —paz, goce, refugio, trascendencia—, pero nuestros métodos han convertido la huida en destino. Y cuando el refugio es también una pantalla, cuando el instante solo existe si se publica y cuando la paz requiere una aplicación de gestión, cabe preguntarse si no hemos construido, con una eficiencia admirable, el ruido del que queríamos escapar.

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