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Opinión

València

Viriatos y numantinos

El 'New York Times' lo decía con claridad. Madrid es una ciudad dinámica y atractiva para la inversión, pero los incendios que han rodeado la capital constituyen una llamada de atención sobre los poderosos desequilibrios que alberga

Los equipos de extinción trabajando en el incendio de la Vall d'Uixó

Los equipos de extinción trabajando en el incendio de la Vall d'Uixó / Bomberos Diputación Castellón.

Presos de unos líderes regionales ineptos y mediocres, los ciudadanos ven cómo el verano más triste de la historia española está condenado a repetirse. Y esto con plena conciencia de que no ha acabado. Apenas controlados los fuegos de Ávila y Madrid, vivo el de la Vall de Uixó, viene la noticia del que ha prendido de nuevo en Zamora, achicharrada desde hace años. Da igual. Los gobiernos de Castilla-León, Castilla-La Mancha, Aragón y Madrid se escaquean como si el asunto no fuera con ellos. Page, dando matraca con la ley de Amnistía, ya está a cubierto de toda culpa.

La batalla política del PP-Vox -y de algunos del PSOE- es de tal índole que, en medio del fuego y la rabia, no están dispuestos a dar tregua y enviar una mínima señal a la ciudadanía de que pueden sentarse a estudiar los problemas medioambientales. Este es el respeto que nos tienen. Ni en medio de la agonía de cientos de miles de personas desplazadas -en una experiencia que con razón Macrón comparó con la devastación de la II Guerra Mundial- son capaces de un gesto constructivo y responsable.

Así son nuestros dirigentes. Creen que hacen lo suficiente con aparecer con chalecos, banderitas y caras largas en medio de parajes lunares. Pero no son capaces de asumir que su ineficacia, su ineptitud, su descuido y su negligencia, son los responsables de esta catástrofe. Este es el respeto que sienten por la ciudadanía, a la que consideran tan estúpida que suponen -quizá con razón- que desconocerá sus responsabilidades con esta apariencia de esfuerzo de última hora. Hemos salvado vidas humanas, dicen triunfantes. Nadie computará la muerte de una España quemada. Son como una plaga de Mazones.

Mientras, vamos conociendo la letra pequeña de las decisiones que hacen posible este desastre. Fondos ingentes retirados de la prevención de incendios, pero que las asociaciones de bomberos denunciaron por doquier, nos hablan de una voluntad de priorizar intereses muy diferentes de los propios de la sencilla ciudadanía que ve arruinados sus afectos, su paisaje, su forma de vida. A su lado, escandalosas noticias de empleo de fondos públicos por parte del gobierno de la Sra. Ayuso nos hablan de la forma de gasto irresponsable, la otra cara de la tragedia.

El New York Times lo decía con claridad. Madrid es una ciudad dinámica y atractiva para la inversión, pero los incendios que han rodeado la capital constituyen una llamada de atención sobre los poderosos desequilibrios que alberga. Lo que ha pasado con el pantano de San Juan puede producirse en otros y la ciudad verse en una crisis de agua. La nube de humo puede hacer irrespirable el aire y el fuego dejarla como un islote en medio de un desierto. Mientras importantes capitales llegan a Madrid, esta se muestra incapaz de equilibrar sus servicios públicos y de proteger a su población. Usa la ciudad como reclamo, pero en contra de sus habitantes.

La guerra en la que están instalados estos dirigentes políticos no la comprendemos, pero sabemos que nos daña. Quien la dirige es nuestro enemigo. Pero tampoco comprendemos la política gubernamental. Ningún beneficio ciudadano sale de ella. Si el gobierno central no puede llevar las iniciativas legislativas necesarias para articular una política anti-incendios, debe preguntarse para qué gobierna. Pues en este ejercicio de resistencia asume responsabilidades que ocultan las de todas las fuerzas negativas que lo paralizan. Es víctima de una confusión que lo condena.

Esa resistencia puede parecernos propia de los hijos de Numancia, pero no construirá la realidad alternativa que necesitamos. La sensación que produce esta situación en la ciudadanía es que, tan pronto se produce un problema fundamental, ya nada tiene arreglo. Apreciamos así que no hay un grupo mínimo de personas bien dispuestas a encarar nuestros problemas fundamentales. No hay clase dirigente que vele por los intereses generales. El PSOE ya sólo tiene tiempo para mirar por los propios.

Todo lo que va en piloto automático, como el círculo de inmigración-turismo-mejora de empleo temporal y de tasa de beneficios, funciona a su aire, pero nada denota control ni dirección humana de los procesos. Sabemos que el capitalismo es una máquina, pero no vemos a nadie que dirija la sala de mando. Si no tuviéramos ejemplos de éxito, diríamos que es imposible, pero no es así. Basta enfocar la acción política en los temas decisivos para el futuro de los pueblos y tener una dirección política con un plan claro.

Lo vemos en la legislación de Chile sobre construcción antiterremotos, y la diferencia con el inepto y corrupto gobierno venezolano. Con los incendios lo vemos en China. Ha sido líder mundial en la reforestación, pero también líder en la reducción de los incendios por número, por superficie quemada y por superficie media quemada por incendio. Tiene más masa forestal, pero ha disminuido los incendios a pesar del agravamiento del cambio climático. Que se trata de una dirección política eficaz se ve en que sus países vecinos no cesan de conocer grandes incendios.

La clave es que China se ha tomado en serio la prevención. Se ha cuadriculado el país al milímetro por distritos, se han distribuido perros robots vigilantes por los montes, se han conectado a una tupida red de drones de identificación y se ha distribuido el sistema de medios otorgando recursos a las autoridades locales, que así pueden asumir responsabilidades. No conocen los incendios de nueva generación porque en las primeras horas acaban con ellos. Pero eso supone una dirección política que mire al largo plazo. Aquí seguimos con una fronda de guerrillas a lo Viriato, pero asediando a Numancia.

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