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Opinión | No hagas olas

València

Las banderas del Mundial

Álex Baena sujeta la Copa del Mundo durante la rúa de celebración de la Selección Española por el triunfo en el Mundial 2026, a 20 de julio de 2026, en Madrid (España).

Álex Baena sujeta la Copa del Mundo durante la rúa de celebración de la Selección Española por el triunfo en el Mundial 2026, a 20 de julio de 2026, en Madrid (España). / José Oliva / Europa Press

No sé si se han fijado, pero los deportistas españoles son los únicos del planeta que cuando exhiben las banderas de la victoria eligen sus enseñas regionales. Todo empezó con el oleaje nacionalista propalado por las oriflamas catalanas y las ikurriñas vascas que crearon a finales del siglo XIX los hermanos Arana para el PNV. La fiebre banderil ha ido a más y ya no hay autonomía que deje sin heráldica propia a sus jugadores y atletas. Se trata de marcar territorio simbológico respecto de las divisas que identifican a España, el éxito del Estado protofederal organizado por la Constitución de 1978.

Más recientemente, en un nuevo gesto identitario se añadieron a las camisetas de los equipos una banderita regional en la parte posterior del cuello. De nuevo, tomaron esa iniciativa los catalanes, siguieron los vascos y la moda se ha difundido a los clubs del conjunto de autonomías al completo. El café que desean todos. Los madrileños, tras el fracaso popular de su bandera roja con estrellas blancas y su himno poético creado por el libertario Agustín García Calvo, optan por ponerse la rojigualda nacional, mientras algunos otros como valencianos y andaluces –los que de siempre quisieron la vía rápida y máxima de competencias del artículo 151– se ponen las dos: la regional y la española, compartidas. Parecen tonterías o detalles, pero son auténticos manifiestos de identidad. En Valencia se sabe de las intensas batallas por las banderas.

Todo esto ocurre mientras los partidos nacionalistas de Cataluña y Euskadi siguen reivindicando la creación de selecciones deportivas propias, y oficiales, lo que sucede al tiempo en que el deporte español se sitúa en la mejor etapa de su historia, con grandes triunfos en tenis, fútbol o baloncesto… además de dominar la marcha atlética, el badmington, el hockey sobre patines, el waterpolo o el motociclismo… de tal suerte que además de jugar con España, los deportistas ingresan buenas sumas en primas y patrocinios por ganar o destacar en los campeonatos internacionales. En el famélico y reprimido país de la posguerra, los españoles, por el contrario, no ganaban casi nada. Menos aún las españolas.

Así las cosas, han sido escasos los deportistas que llevados por su pasión nacionalista autonómica hayan renunciado a representar a España. Que se recuerde, el caso más sonado fue el de Oleguer, un defensa del Barcelona en el fundamental lustro de Luis Aragonés como seleccionador de fútbol. Algún que otro jugador vasco hizo amagos y sabido es que Pep Guardiola jamás entrenará a la Roja por su declarada disposición hacia las tesis independentistas. Los hermanos Gasol, en su momento, solo se atrevieron a pedir que se dejara votar el referéndum, sin más.

Hoy por hoy, lo que hemos visto en el Mundial de Fútbol es que la victoria española ha desatado la popularidad del país y ya no es tan «facha» exhibir las enseñas patrias, sobre todo si lo hacen los niños. Camisetas y banderines se agotaban en las tiendas e incluso en los bazares chinos al hilo de los éxitos de la selección. En cambio, los jugadores vascos y catalanes, muy mayoritarios en el equipo de Luis de la Fuente, ya no se sienten tan cómodos con la exhibición de banderas autonómicas. Vimos futbolistas envueltos en señeras, pero también cuatribarradas de ciudades concretas, y observamos banderas de clubes vascos, aunque no ikurriñas. Por contraste, los futbolistas no catalanes del Barça sí se mostraron efusivamente nativos andaluces, canarios, valencianos…

Las banderadas mundialistas han causado algún que otro incidente menor de kale borroka de baja intensidad en dos o tres localidades vascas así como abundante bilis tóxica en las redes sociales, sobre todo a raíz de los comentarios del periodista Josep Pedrerol en su tertulia del Chiringuito. A Pedrerol, por señalar su extrañeza ante la presencia masiva de estandartes regionales le han llovido insultos y desprecios.

Lo bien cierto es que esta confusión patriótica y patriotera solo la observamos en nuestro país. No hay deportistas que se enrollen con banderas de Baviera o la Lombardia, ni siquiera con el león de Flandes, las cabezas moras de sardos y corsos o la cruz amarilla de Scania, donde también existen nacionalismos irredentos. Si acaso, vemos ondear banderas de Bretaña o alguna borgoñona entre aficionados en las cunetas de los puertos de montaña del Tour de Francia. Poco más.

Ni siquiera escoceses o galeses se envuelven en sus divisas cuando, como en las Olimpiadas, compiten por el Reino Unido y su bandera común de la Unión Jack. Tal vez eso pasaría con España si los escudos de los reinos históricos que aparecen en el blasón borbónico se diseñaran en un formato más grande y visible. A nadie le importa, al parecer, pero resulta que buena parte de los fundamentos de la identidad nacional se producen mediante insignias, símbolos y colores.

Cuando no son olímpicos, entonces sí, tanto Escocia como Gales e Irlanda del Norte cuentan con sus propias selecciones, aunque también la misma Inglaterra, con la curiosa circunstancia del equipo de rugby de Irlanda, el quince del trébol, que aglutina a todos los condados católicos y al Ulster de UK. Esa solución británica, a la que aspirarían los partidos nacionalistas vascos y catalanes, parece inviable no porque dicha alternativa les obligara a disponer de ligas deportivas propias y diferenciadas –lo cual no es cierto en el caso galés–, sino porque si se escindieran Cataluña y el País Vasco lo que quedaría no sería España –ni mucho menos Castilla–, sino el «Resto de España». Un anacronismo. O eso o crear tantas selecciones como autonomías, diecisiete, más Ceuta y Melilla. Un disparate internacional, aunque no mucho mayor que ver competir a Andorra, San Marino, Kosovo o incluso Gibraltar.

Así seguimos. Un país difícil el nuestro, donde unos y otros quieren imponer sus tesis y añoranzas como axiomas políticos irrefutables. Un país que debe reprogramarse cada cierta época sin asumir que toda nación es una construcción mental empanada por las diversas versiones de la Historia. Más literatura que verdad. «Juntos somos más fuertes», es el lema del seleccionador De la Fuente, un riojano forjado a orillas de la ría de Bilbao. España, la unión dinástica de dos grandes reinos renacentistas que absorbió por la fuerza un tercero –Navarra–, conquistó un cuarto –Granada– y perdió tras varios vaivenes un quinto –Portugal–, que solo sentó las bases de una nación centralizada y jacobina con la llegada de la dinastía afrancesada y cuya constitución unitaria fue propiciada por los liberales y los republicanos, todo lo cual fue anterior al franquismo y al cine peplum de Cifesa, la productora de los valencianos Casanova, desde donde se dio carta de naturaleza al españolismo más acendrado.

Ahora, tras el Mundial, vuelve a tocar un reprograma. En Puerto Rico han surgido voces que piden abandonar su estatuto asociado a USA para volver a la España de Ultramar, cuando disponían de sus propios diputados en las Cortes de Madrid. Antes de perder España la guerra con Estados Unidos en pocos meses, durante 1898. ¡Qué cosas!

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