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Opinión

València

¿Quién corta la sandía?

Verbena en un pueblo valenciano.

Verbena en un pueblo valenciano. / Levante-EMV

Ahora que mi abuelo ya no está, hemos descubierto que nadie sabe abrir la sandía. Puede parecer una de esas pequeñas incompetencias domésticas que solo salen a la superficie cuando falta quien llevaba décadas resolviéndolas sin hacer ruido, pero llevo días pensando que casi todas las herencias importantes se parecen bastante a ese desconocimiento familiar de quienes nos sentamos a la mesa sin haber aprendido nunca quién hacía posible que todo estuviera preparado. Este verano mi abuela seguía queriendo sus dos trozos y entendí, con una mezcla de sorpresa y vergüenza, que hay oficios familiares cuya transmisión siempre damos por hecha, hasta que un día descubrimos que nadie sabe continuarlos.

No he dejado de pensar en esa escena durante estos días de fiestas en el pueblo, porque una vuelve creyendo que regresa a un lugar inmóvil, a una fotografía detenida en el tiempo que ha permanecido esperándola mientras la vida sucedía en otra parte, y basta pasar allí una noche para descubrir que el pueblo tampoco funciona solo. Hay quien lleva semanas llamando a las orquestas, quien ha pedido permisos, quien ha montado el escenario bajo un sol que no perdona, quien ha sacado las sillas del almacén municipal, quien sabe dónde están los cables o lleva meses discutiendo el presupuesto de los fuegos artificiales. Siempre hay alguien que ha estado abriendo la sandía mientras los demás llegábamos justo a tiempo para sentarnos a la mesa e hincarle el diente.

Vivimos en una época fascinada por las grandes palabras, especialmente quienes nos movemos en el ámbito cultural: identidad, comunidad, territorio, arraigo. Las pronunciamos con una naturalidad que a veces hace sospechar que hemos dejado de preguntarnos qué significan realmente. Por eso siempre me ha parecido insuficiente esa manera, tan contemporánea, de mirar las fiestas populares con una mezcla de distancia antropológica y prevención ideológica, como si fueran el residuo pintoresco de un mundo condenado a desaparecer o la expresión de una identidad inevitablemente cerrada sobre sí misma. Es una lectura cómoda porque evita una pregunta bastante más difícil: ¿Qué otros espacios nos quedan capaces de reunir, sin demasiadas explicaciones previas, a personas que votan distinto, que viven lejos unas de otras y apenas se ven durante el resto del año, pero que siguen encontrando motivos suficientes para volver y compartir una cena en la plaza?

Hemos terminado aceptando como inevitable que la vida adulta fragmente nuestras existencias hasta convertirlas en una suma de compartimentos estancos. Quizá por eso cuesta tanto reconocer la extraordinaria anomalía que representan las fiestas de un pueblo: durante unos días, personas que ya no comparten casi nada vuelven a compartir un tiempo y un lugar sin necesidad de justificar continuamente por qué siguen allí.Y ahí hay, creo, una intuición política que merece la pena tomarse en serio, aunque a algunos asuste tanto la palabra por su continuo desgaste. Hannah Arendt escribió que la política comienza cuando los seres humanos construyen un mundo común, un espacio que ninguno puede sostener por sí solo y del que todos son responsables. Las fiestas populares se parecen bastante a esa idea: una forma imperfecta y extraordinariamente eficaz de recordarnos que la vida compartida necesita escenarios donde hacerse visible y, sobre todo, personas dispuestas a sostenerlos aunque casi nadie repare en ello.

Quizá por eso cada verano esperamos las fiestas y volvemos al pueblo. No solo por los recuerdos, por nuestros abuelos, por los amigos de la infancia o por el horno donde hacen las cocas que tanto nos gustan. Volvemos porque hay experiencias que solo pueden vivirse allí, porque pocas formas de inteligencia se parecen tanto a una mesa larga que se resiste a terminar y porque hay lugares donde uno no necesita preguntarse si pertenece. Volvemos, en el fondo, para ocupar el lugar que un día ocuparon otros antes que nosotros, para aprender los gestos que nunca pensamos que habría que aprender y para que, cuando vuelva a faltar alguien, todavía quede quien sepa cortar la sandía.

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