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Opinión

València

Tan jóvenes, tan desesperados, tan muertos. ¿Te deja dormir, Mohamed VI?

El Gobierno de Ceuta eleva a 88 el número de fallecidos durante la entrada masiva.

El Gobierno de Ceuta eleva a 88 el número de fallecidos durante la entrada masiva.

No hicieron las maletas. Muchos ni siquiera dejaron una nota. Se levantaron una noche, se pusieron la ropa más ligera que tenían y caminaron kilómetros hacia la costa sabiendo que no iban a despedirse de nadie. Eso, quizá, es lo más desgarrador de esta historia: no la muerte en sí, sino el silencio que la precedió. Un silencio elegido, porque decir adiós habría significado admitir el miedo, o peor, dar tiempo a que alguien intentara detenerlos.

¿Qué empuja a un chaval de quince o dieciséis años a meterse en el mar sin chaleco, sin más plan que nadar hasta que el cuerpo aguante? No hay una sola respuesta. Hay, probablemente, dos verdades que conviven y se alimentan entre sí: la desesperación y la ingenuidad, cogidas de la mano.

La desesperación es la de una generación entera que ha crecido viendo cómo el futuro se estrecha cada año un poco más. Sin trabajo, sin horizonte, sin la sensación de que quedarse en casa vaya a mejorar nada. Para muchos de estos jóvenes, Marruecos no es un lugar del que huir por una guerra o una persecución: es un lugar del que huir porque ya no creen en él. Y cuando un país deja de ofrecer siquiera la posibilidad de imaginar un mañana distinto, la orilla de enfrente —por lejana, hostil o mortal que sea— empieza a parecer la única salida razonable.

La ingenuidad es la de la juventud, que siempre ha creído que a ella no le va a pasar lo que le pasa a los demás. Habrán oído hablar de otros que lo lograron, de primos o vecinos que hoy trabajan en España y mandan dinero a casa. No habrán pensado tanto en los que no llegaron. A esa edad, la muerte todavía parece una posibilidad remota, algo que le ocurre a otros, nunca al que está convencido de que sabe nadar lo bastante bien. Ceuta, vista desde el otro lado, no era una ciudad concreta: era una idea. La idea de que más allá de esa franja de agua oscura, empezaba por fin la vida de verdad.

Por eso caminaron de noche, en grupos, casi siempre callados. Por eso no avisaron a sus madres: porque una madre habría llorado, habría suplicado, habría intentado retenerlos con los brazos si hacía falta. Y ellos ya habían decidido que ese abrazo, por muy real que fuera el amor detrás, no bastaba para llenarles el estómago ni para darles un techo propio. Prefirieron el riesgo cierto del mar a la certeza lenta y silenciosa de una vida sin salida.

Cabría preguntarse qué pasa por la cabeza de quien gobierna el país que estos jóvenes decidieron abandonar a nado, sin equipaje ni despedida. Un monarca que reina sobre millones de súbditos y que, sin embargo, ve cómo miles de ellos —muchos apenas adolescentes— prefieren jugarse la vida en el mar antes que seguir viviendo bajo su corona. No es un fenómeno nuevo ni imprevisible: lleva años repitiéndose, con distintas oleadas, en el mismo tramo de costa. Cuesta imaginar que semejante fuga masiva y reiterada de la propia juventud no interpele, aunque sea mínimamente, la conciencia de quien tiene el poder de mejorar sus condiciones de vida y no lo hace con la urgencia que el drama exige. Si algo debería desvelar a un jefe de Estado no es la imagen de sus ciudadanos cruzando una frontera ajena, sino la pregunta de por qué prefieren arriesgarse a morir en el intento antes que quedarse.

Algunos lo consiguieron y hoy caminan por las calles de Ceuta, exhaustos, sin saber muy bien qué hacer con la vida que acaban de arriesgar. Otros no: a esos, el mar los devolvió a la playa unas horas después, y aquí se les dio, o se trató de darles, al menos, la dignidad de un nombre, cuando sus propias familias, a kilómetros de allí, todavía no sabían que se habían marchado. Pero la inmensa mayoría no encontró ni la muerte ni la vida soñada: simplemente fueron devueltos a Marruecos, derrotados, con la misma ropa mojada con la que se echaron al agua y sin nada de lo que fueron a buscar. Volvieron al mismo pueblo, a la misma casa, a la misma madre a la que no se atrevieron a despedir, cargando ahora con el peso añadido del fracaso. Ese regreso silencioso, sin titulares ni cifras, es también una tragedia, aunque de otra naturaleza.

Nadie debería tener que jugarse la vida a nado para merecer un futuro. Y sin embargo, esta semana, miles de jóvenes decidieron que valía la pena intentarlo. La primera pregunta debe dirigirse a quienes gobiernan Marruecos. La segunda, a quienes en Europa han aprendido a contemplar estas tragedias como si fueran una rutina fronteriza. Porque ningún muchacho debería considerar razonable nadar durante horas y sin avisar a su madre, para ganarse el derecho a tener futuro.

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