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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

Una movilidad de vacaciones escolares

El Área Metropolitana de València se resiente en verano, con servicios de metro y autobús escasos y con esperas prolongadas

Dos capturas de pantallas de las app de EMT y Metrovalencia del lunes 3 de agosto.

Dos capturas de pantallas de las app de EMT y Metrovalencia del lunes 3 de agosto. / L-EMV

El Área Metropolitana de València (AMV) mantiene en agosto una movilidad que castiga a quienes sostienen la actividad en oficinas, comercios y polígonos; a los vecinos que quieren disfrutar de la ciudad con más calma durante sus vacaciones, y a los visitantes que alimentan un turismo instalado en cifras récord. La metrópoli no se detiene en verano, pero su transporte público actúa como si lo hiciera.

Basta con que termine el curso escolar para que los principales servicios comiencen a degradarse. Las frecuencias empeoran ya en julio hasta niveles impropios de una metrópoli europea. Y no es admisible que FGV reserve para agosto algunos de sus peores servicios del año, con esperas que superan los veinte minutos y alcanzan más de cuarenta en líneas que conectan el área metropolitana. Son precisamente los trayectos que enlazan zonas residenciales muy pobladas con el centro, las playas, los museos o las numerosas fiestas patronales de estas semanas. Quien necesita desplazarse para trabajar, hacer una gestión o disfrutar de la ciudad debe armarse de paciencia. Metrovalencia lleva años castigando el tranvía que conduce a la Malva-rosa, una de las playas valencianas con mayor proyección literaria y capaz todavía de atraer a lectores lejanos que se encuentran con convoyes escasos y abarrotados.

La alternativa de la EMT tampoco resuelve el problema. Tras más de media hora de espera, nadie sabe si el autobús se detendrá o pasará de largo porque circula completo. Las colas bajo unas marquesinas convertidas en microondas por el calor evidencian que nadie ha adaptado este servicio esencial a las necesidades reales de la ciudad. Y la raquítica oferta nocturna termina trasladando el problema a unas paradas de taxi donde también se acumulan largas filas.

Otro agosto más, València ofrece un transporte público escaso, lento y anticuado. Los gobernantes y quienes aspiran a sustituirlos deberían mirar menos a Nueva York y más a las ciudades europeas que han convertido la movilidad en una prioridad pública. Antes de discutir grandes modelos, aquí habría que garantizar lo más elemental: que el autobús pase, que el metro sea competitivo y que los usuarios no tengan que organizar toda su jornada alrededor de unas frecuencias indignas. Una metrópoli puede reducir su actividad en agosto, pero no cerrar por vacaciones su movilidad.

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