Opinión | En recuerdo al rector Lapiedra
El rector de la transformación democrática de la Universitat de València

Ramon Lapiedra. / Fernando Bustamante
Ramón Lapiedra Civera fue el rector que durante una década, de 1984 a 1994, lideró el proceso que dejó atrás en la Universitat de València la herencia de la dictadura franquista y la democratizó. Recién aprobada en agosto de 1983 como estaba la ley de Reforma Universitaria (LRU), propuesta por José María Maravall en tanto que ministro de Educación en el gobierno socialista de Felipe González, Ramón Lapiedra iba ser elegido rector de dicha institución un año después. En el contexto de una economía todavía en crisis y de una tensa actividad política, a dos años de distancia del intento de golpe de Estado del 23 F y con continuas acciones terroristas de ETA, la LRU trataba de poner en marcha un nuevo marco legal con el fin de modernizar la organización y el funcionamiento de la enseñanza superior en España. Las antiguas cátedras y la todopoderosa figura del catedrático debían ser sustituidas por los departamentos y las áreas de conocimiento, con nuevos tipos de profesorado y formas de acceso a cada uno de ellos, y además se democratizarían los respectivos órganos de gobierno (departamentos, juntas de facultad, el claustro que a su vez elegía al rector).
Tras el rectorado de Joaquín Colomer, las elecciones de 1984 fueron un triunfo de Ramón Lapiedra, que contó con el apoyo de un amplio y heterogéneo movimiento socio-político, el llamado “Bloc per una Universitat Progressista i Valenciana”, en el que convivían diversas ideologías de izquierdas. Dentro del mismo muchos no militábamos en ninguna organización política, otros eran socialistas más o menos críticos con los dirigentes del PSOE-PSPV y había quienes se identificaban o simpatizaban con el Partido Comunista o con posturas más radicales. También afiliados a sindicatos de izquierda y una buena cantidad de universitarios comprometidos con un valencianismo cultural o con partidos políticos de distinto signo nacionalista. En el “Bloc” estaba integrado el “Bloc d’Estudiants Agermanats” (BEA), un activo sindicato de estudiantes. En 1984 Ramón Lapiedra se puso al frente de este movimiento asambleario inexistente en muchas otras universidades española. Con los votos de la mayor parte de quienes en el Claustro Constituyente representaban al profesorado numerario y no numerario, a los becarios de investigación, al personal de administración y servicios, y a los estudiantes fue elegido rector frente al candidato apoyado por los dirigentes del PSOE-PSPV, Aurelio Martinez, catedrático de la Facultad de Economía de la Universitat de València. Que ello fuera posible mostró entonces bien a las claras su capacidad de diálogo a la hora de aunar voluntades y respetar diferencias, y su sensibilidad hacia lo que se planteaba y discutía en las asambleas del “Bloc” y en el Claustro Constituyente. Una actitud suya y un consenso en torno a su persona verdaderamente sorprendentes, sobre todo si tenemos en cuenta que en nuestro medio universitario Ramón era un profesor prácticamente desconocido. Después de una trayectoria académica en la que se licenció en la Universidad de Madrid, fue investigador luego del CNRS en París, se doctoró en la de Barcelona y dio clases como profesor agregado en la de Santander, en 1982 acababa de tomar posesión como catedrático de Física Teórica y dos años después fue elegido rector.
No lo tuvo nada fácil Ramón Lapiedra para llevar a cabo la transformación con el respaldo de las asambleas del “Bloc” y la mayoría de los miembros del Claustro Constituyente. Este último debía elaborar y aprobar los estatutos por los que se regiría una autonomía reconocida a todas las universidades españolas. Por una parte, dicha autonomía se enmarcaba de una manera excesivamente rígida en normas de ámbito estatal, sin apenas margen de maniobra en cuestiones fundamentales como el tipo de profesorado y el acceso a cada uno de los distintos cuerpos de profesores funcionarios o contratados, por no hablar de la financiación. Por otra, el carácter asambleario del “Bloc” era mal visto por los gobiernos central y autonómico. Les parecía una manera de hacer política universitaria propia del pasado antifranquista, no de una democracia de partidos que se alternaban en el gobierno en función del resultado de las elecciones parlamentarias estatales o autonómicas. Ramón Lapiedra hizo escrupulosamente de portavoz de los acuerdos tomados en el Claustro Constituyente, en muchas ocasiones tras intensos debates en las asambleas del “Bloc”, y debido a ello las negociaciones con el gobierno socialista presidido por Joan Lerma fueron tensas. La Universitat de València incordiaba más que otras de la Comunidad Valenciana con las que dicho gobierno se llevaba bastante mejor. Sin embargo, con el tiempo también su capacidad de diálogo con el gobierno socialista dio frutos y uno de ellos fue que se entendiera la imperiosa necesidad de construir nuevos edificios en el área científico-técnica de Burjassot y un tercer campus junto a la Avinguda de Tarongers para los estudios de Derecho y Ciencias Económicas y Empresariales. Esto último se quedó en mero proyecto y con el paso del tiempo trajo consigo una situación insostenible, dado el crecimiento demográfico de nuestra universidad en aquellos años. En 1994, cuando terminó el mandato de Ramón Lapiedra, todavía el gobierno de Lerma no había encontrado la manera de financiar las obras de este nuevo campus.
Son muchos los cambios en la Universitat de València durante los diez años del rectorado de Ramón Lapiedra y de los equipos de gobierno que constituyó y se sucedieron entre 1984 y 1994. El primero de ellos, durante el periodo constituyente de dos años, en buena medida recogía la diversidad de trayectorias académicas y la pluralidad ideológico-política que había dentro del “Bloc”. Acompañaban a Ramón Lapiedra como vicerrectores el catedrático de Política Económica Emèrit Bono (Economía), el de Química Analítica Francisco Bosch (Organización académica y Profesorado), el de Filosofía Sergio Sevilla (Estudios y renovación pedagógica), el profesor de Pediatría Joaquín Donat Colomer (Investigación) y el profesor de Matemáticas Josep Guía (Estatutos), junto a Antoni Martínez Andreu, catedrático de Ingeniería Química, que ocupó el cargo de Secretario General y demostró ser de una eficacia y capacidad organizativa ejemplar. Del mismo equipo formaba parte, por primera vez en la universidad española, un vicerrector deestudiantes, Vicent Martínez del BEA (“el xiquet”), que varias décadas después llegó a ocupar la cátedra de Astronomía y Astrofísica. La incorporación de un estudiante al equipo de gobierno no estaba contemplada en la LRU, pero Ramón Lapiedra negoció y consiguió que se aceptara una forma de hacerlo. Así sentaba un precedente que pervive en nuestros días con la nueva denominación de Delegado del Rector. También se consolidó entonces la Universitat d’Estiu a Gandia, fundada en 1984 a instancias de la Universitat de València y del Ayuntamento de dicha ciudad, en buena medida gracias al interés puesto en ello por la vicerrectora de Cultura y Publicaciones del equipo de Lapiedra, la profesora de Historia Moderna Isabel Morant. Una novedad que mantiene su intensa actividad cultural en nuestros días.
Con todo, fue la aprobación de los Estatutos aquello que en mayo de 1985 cerró la etapa constituyente. En el “Título preliminar: de la naturaleza y fines de la Universitat de València” se declaraba, en el artículo 4, que nuestra institución “está al servicio del desarrollo intelectual y material de los pueblos, de la defensa ecológica del medio ambiente y de la paz. Las actividades universitarias no deben ser mediatizadas por ninguna clase de poder social, económico, político o religioso”. De manera consecuente con el carácter aconfesional de la nueva universidad, en el plano simbólico se modificó el emblema de la Universitat de València, en el que ahora no encontrábamos la imagen de la Virgen y eso fue visto por sectores de la derecha, dentro y fuera del medio universitario, como una demostración de anticlericalismo trasnochado. Se trataba de una decisión democrática del Claustro, no del rector Lapiedra, pero él y todavía su sucesor tuvieron que cargar con el reproche de haber sido los artífices de semejante afrenta a la tradición. La crítica era completamente injusta, por más que tuviera eco y se amplificara en ciertos medios de comunicación, porque nada se decía acerca de lo que, en ese mismo apartado del título preliminar de los Estatutos, afectaba a la medalla de la Universitat de València, en la que sí estaba “la imagen de la Maternidad Divina de la Virgen María”. En la medalla a efectos honoríficos quedaba incorporada la herencia recibida de la iglesia católica con la figura del Papa Alejandro VI, la representación de la Virgen y la del rey Fernando II el Católico. Algo que tiempo después, al acudir a diferentes actos académicos, descubrieron por sí mismas no pocas personas. Además del hecho bien significativo de que durante el rectorado de Ramón Lapiedra se hizo patente el interés por la conservación y recuperación de nuestro patrimonio histórico. Por entonces se llevó a cabo la obra de restauración integral de la antigua capilla ubicada en el antiguo edificio de La Nau. Pero vuelvo al título preliminar de los Estatutos de mayo de 1985 para mencionar el artículo 11, que entre los derechos de los miembros de la comunidad universitaria incluía “la no discriminación por razón de sexo, nacimiento, nacionalidad, lengua, opción sexual o ideología”.
Tras el periodo constituyente, al que puso fin la aprobación por el gobierno socialista de la Generalitat valenciana de los mencionados Estatutos, hubo de nuevo elecciones a rector y otra vez las ganó Ramón Lapiedra con el apoyo del “Bloc” y del “BEA”, en este caso frente a Ángel Ortí, catedrático de la Facultad de Economía y muy bien visto por los dirigentes del PSOE-PSPV. El catedrático de Química Física Francisco Tomás Vert, futuro rector de la Universitat de València, se encargó del vicerrectorado de Economía e infraestructuras, Josep Lluis Barona (historiador de la ciencia) del de Estudios, Evangelina Rodríguez (catedrática de Literatura Española y una de las mejores especialistas en el teatro del Siglo de Oro) del de Cultura (hasta que en 1990 fue nombrada Directora general de Cultura por el gobierno socialista de Lerma). En el nuevo equipo de gobierno se incorporó el canario Juan Sánchez (profesor de Edafología) y se mantuvieron Joaquín Donat Colomer (además de profesor de Pediatría, al frente de la Unidad de Oncohematología Pediátrica del Hospital Clínico) como vicerrector de Investigación y Antoni Martínez Andreu (catedrático de Ingeniería Química) como Secretario General. Rodearse de un equipo así, como antes también había hecho en el período constituyente, ponía de relieve la importancia que para Ramón Lapiedra tenía elegir a profesores que no sólo tuvieran ideas progresistas, sino que también destacaran por su trayectoria académica en distintas áreas de conocimiento.
A mí me propuso ser vicerrector de Organización Académica y Profesorado. Acepté con no pocas dudas, en pleno proceso de transformación de los antiguos tipos de profesorado en las nuevas figuras contempladas en la LRU, lo que planteaba muchos problemas en casi todas las universidades españolas. En la nuestra, la “prueba de idoneidad” organizada por el ministerio de Maravall había convertido en funcionarios a un escaso número de Profesores No Numeraros (PNNs) y había una gran cantidad de ellos que debían ser contratados como ayudantes por un tiempo limitado y se irían a la calle si antes no sacaban una plaza de titular de universidad o de escuela universitaria. Para evitarlo se necesitaba una mayor financiación y hacerlo rápido, motivo por el cual se requería el apoyo del Consejo Social y una negociación con la Consellería de Educación, que disponía de pocos medios económicos y era muy suspicaz acerca de todo aquello que le proponía la Universitat de València. Con la inestimable ayuda de la recién creada Comisión de Profesorado, cuyo trabajo a la hora de fijar una plantilla de las necesidades docentes de cada uno de los departamentos y de las áreas de conocimiento fue muy meritorio, conseguimos sacar muchas plazas de profesorado funcionario y estabilizar así en poco tiempo a una gran parte de los antiguos PNNs. Podía haberse hecho de un modo más gradual y sin tanta precipitación, pero no nos dejaron introducir la figura del profesor con contrato laboral contemplada en el artículo 162 de los Estatutos, una vieja reivindicación del movimiento de PNNs desde los albores del franquismo. La aplicación rígida de la LRU hizo que esa opción fuera rechazada debido a que solo podía haber profesores funcionarios, ayudantes por un tiempo limitado y asociados para profesionales de reconocido prestigio que hicieran compatible la docencia universitaria con su trabajo fuera de la Universitat de València.
Además de los problemas con el gobierno socialista de Joan Lerma, durante el periodo como rector de Ramón Lapiedra hubo otro que tuvo una gran repercusión en la opinión pública y puso de manifestó, por una parte, cómo su persona ejercía una notable influencia en el plano cultural y, por otra, la capacidad de tergiversar lo que él pretendía según algunos medios de comunicación. Ramón había nacido en Almenara y estudió el bachillerato en Sagunto, sentía un gran apego por el valenciano y lo hablaba continuamente del modo en que venía haciéndose desde que en 1932 se aprobaron las normas de Castellón y lo habían acordado luego los filólogos de distintas universidades dentro y fuera de España. Poco después de su llegada a Valencia, en compañía de Èmerit Bono y de Josep Lluis Blasco (los tres compañeros de estudios en el instituto de Sagunto), Ramón contribuyó a que apareciera un grupo de profesores de tinte valencianista que recibió el nombre de Colectivo Lluis Vives. Ramón no solo compartía plenamente lo establecido en el artículo 6 de los Estatutos: “Son lenguas oficiales de la Universitat de València las que lo son en el País Valencià. La lengua propia de la Universitat de València es la propia del País Valencià. Se admiten como denominaciones suyas tanto la académica, lengua catalana, como la recogida en el texto del Estatuto de Autonomía de la Comunidad Valenciana, valenciano”. Además estaba dispuesto, como recomendaba el artículo 7, a que el uso normalizado de esta lengua fuera un objetivo fundamental y así ha venido sucediendo en nuestra universidad desde entonces. En ese sentido, Ramón Lapiedra fue un valencianista sobre todo de tipo cultural, en todo caso próximo a los partidos nacionalistas valencianos de carácter moderado y muy lejos de un supuesto “pancatalanismo independentista” con el que se empeñaron en asociarlo ciertos periódicos. Semejante tergiversación transfirió a una parte de la opinión pública una imagen de catalanista a ultranza que se encontraba muy lejos de la realidad. A modo de epígono de la “batalla de Valencia”, que había tenido lugar durante la transición, durante los seis primeros años de su rectorado Lapiedra recibió toda clase de amenazas e insultos. La extrema derecha actuó de manera violenta contra la Universitat de València y la acción más peligrosa fue el estallido de una bomba en los lavabos del edificio de La Nau, que condujo a la amputación de un pie del bedel que se encontraba allí.
Ramón Lapiedra Civera fue reelegido en 1990 por una amplia mayoría del claustro, con un nuevo equipo de vicerrectores en el que entre otros estaban el historiador Joan Alcázar, la profesora de Anatomía Amparo Ruiz Torner y el profesor de Filosofía Josep Martínez Bisbal. Al frente del vicerrectorado de Estudiantes estuvo entonces Joaquín Bosch del BEA, que tiempo después se convirtió en un juez muy conocido y respetado. Terminados los ocho años de su mandato -el límite impuesto en los Estatutos- Ramón volvió a la docencia y a la investigación en su cátedra de Física Teórica. En 2004 publicó el libro sobre astronomía, espacio y tiempo Els dèficits de la realitat i la creació del món y dos años después Las carencias de la realidad. La conciencia, el universo y la mecánica cuántica, mientras su compromiso valencianista no cesaba. Una vez más se hizo patente, al formar parte del Consejo Valenciano de Cultura, su constante búsqueda de consenso en el tema de la lengua valenciana-catalana, que le llevó a apoyar la creación de la Acadèmia Valenciana de la Llengua durante el gobierno del Partido Popular encabezado por Eduardo Zaplana. Ramón presidió la asociación Valencians pel Canvi y publicó sendos textos en obras colectivas editadas en la colección Quaderns d’Orientació Valencianista, uno sobre Quin espai nacional, quin espai polític? y el otro en A propòsit de Joan Fuster. Ello me hace recordar su importante papel en el proceso que condujo a la incorporación a la Universitat de València de este gran intelectual. Un año después de la elección en 1984 de Ramón Lapiedra como rector, el autor de Nosaltres els valencians y de una gran cantidad de ensayos y estudios de historia y crítica literaria se doctoró en Filología Catalana, paso previo para que en 1986 obtuviera una cátedra de dicha área de conocimiento en la Universitat de València.
La personalidad de Ramón Lapiedra no sólo dejó una profunda huella y una impronta perdurable en la transformación de nuestra universidad y en los cambios que se dieron desde entonces en la valoración del valenciano/catalán como lengua de cultura. También su forma de ser tuvo efectos en la vida de muchos de nosotros. En mi caso es dudoso que hubiera dejado entre paréntesis gran parte de mi docencia e investigación en Historia Contemporánea para ser vicerrector de Organización Académica y Profesorado entre 1986 y 1990, pero me convenció para que lo hiciera. Precisamente entonces los historiadores estábamos celebrando a lo grande el bicentenario de la Revolución Francesa. Me comprometí por cuatro años y volví con muchas ganas a la actividad docente y a la investigación, pero no podía imaginarme que en 1994 acabaría otra vez con mis reticencias y me animara a presentarme como candidato a sucederle, primero en lo que quedaba del movimiento asambleario del “Bloc” y luego en el Claustro. Compartía muchas de sus ideas, aunque no me consideraba un nacionalista en sentido político y sigo sin serlo. Por otra parte, mi condición de castellano parlante podía ser contrarrestada por el convencimiento de que era preciso darle al valenciano el relieve cultural que merecía, a lo que tanto contribuyó la manera que Ramón tenía de estimularnos a que lo habláramos aunque fuera con notables incorrecciones, que él mismo nos corregía de un modo muy didáctico. Sin embargo, por encima de todo estaba la confianza que me inspiraba su manera tan coherente y sensata de llevar a la práctica no pocas ideas que teníamos en común. Científico y humanista al mismo tiempo -como pocos de los universitarios que he conocido a lo largo de mi vida académica- daba gusto hablar con él de historia y de física cuántica, de literatura y del origen del universo, de todo tipo de música (su afición por el flamenco era conocida y a veces, entre amigos, se lanzaba a cantar fandangos para sorpresa de todos) y de las bellas artes. En esta última vertiente no podía dejar de tomar en consideración la opinión de su esposa y compañera de fatigas. Carme Vidal se había licenciado en Bellas Artes por la Universidad Politécnica y era Profesora Titular del departamento de Didáctica de la Expresión Plástica en la Escuela de Magisterio de la Universitat de València. A partir sobre todo de comienzos de la década de 1980, sus cuadros habían formado parte de una gran cantidad de exposiciones individuales y colectivas, y su obra gráfica también destacaba.
Ramón Lapiedra recibió homenajes y distinciones: de la revista Saó, de la propia Universitat de València, de la Universidad Jaume I de Castelló (que precisamente dejó de ser una extensión de la de València y se creó durante su mandato), de la Acadèmia Valenciana de la Llengua y de la Red Vives de Universidades, y fue nombrado hijo adoptivo de la ciudad de Sagunto. Sin embargo, ninguna Generalitat Valenciana gobernada por la derecha o por la izquierda le propuso para alguna de las distinciones que cada año se conceden con motivo del Nou d’Octubre. ¿Desmemoria colectiva, ahora que tanto se reivindica lo contrario? ¿Por haber sido conflictivo? Si se debe a esto último se equivocaron de pleno, no lo era en absoluto. Los conflictos los creaban otros, unos por su intransigencia conservadora o su ideología maniquea y conspiranoica de extrema derecha, que por desgracia resurge ahora con fuerza; otros por no querer o poder ir demasiado lejos en la necesaria transformación democrática de la sociedad y la cultura valencianas. En cuanto al olvido más o menos interesado, los investigadores rigurosos y bien documentados pondrán las cosas en su sitio y ahí están para ello los archivos universitarios, las bibliotecas y las hemerotecas. En mi opinión, Ramón Lapiedra fue una de las personas que más hicieron por la transformación democrática de la Universitat de València y hay algo más que añadir. Durante los diez años de su mandato como rector y después de dejar de serlo llevó a cabo una fructífera labor en favor del reconocimiento y la promoción del uso del valenciano como lengua moderna de cultura, tanto dentro como fuera del ámbito universitario.
- Más de dos décadas de veraneo en la playa de Daimús: 'Somos conscientes de ser propietarios de un pequeño tesoro
- Sanidad eleva a 70 los pacientes atendidos por problemas oculares tras el eclipse
- Pierde el control en una curva en pleno casco urbano de Xàbia y se estrella contra varios coches aparcados
- Colapso en la A-7: Un camión volcado obliga a cortar la autovía en plena operación salida del 15 de agosto
- Tormentas, granizo y rachas muy fuertes de viento mientras las noches tórridas no dan tregua: la Aemet activa varios avisos en la Comunitat Valenciana
- El hermano del detenido por convivir 8 meses con su padre muerto tardó 36 horas en avisar
- Las cifras del eclipse en València: doce asistencias sanitarias, más de siete toneladas de basura y la mitad de agua consumida
- El proyecto del nuevo Sidi Saler incluye un centro de recuperación de fauna marina
