Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

València

Amor en tiempos convulsos

Ximo Puig y Gabriela Bravo se casan este año.

Ximo Puig y Gabriela Bravo se casan este año.

Lee uno aquí mismo que Ximo Puig y Gabriela Bravo se casan, y hay que felicitarles enseguida. Y lee uno también que en el texto anunciador de la ceremonia hay un canto hacia la aventura del amor: el amor como el sentimiento más humano, el de la celebración de la vida, aquel que nos aporta las mejores ráfagas de felicidad. La invitación convoca a la fiesta del amor (de “l’estima”). No es común esa vigorosa exaltación del sentimiento en nuestros días: parece ovillarse en un viaje hacia el ochocientos, tiempo de sublimaciones literarias y emocionales, refractario a estos días de fangos variados y de ataques compulsivos y de regresos a épocas siniestras del XX. Hay que celebrarlo, pues. Esa sublimación aparece como una isla extraviada, ya digo que surgida de ese extrañamiento que se denominaba “amor puro”, navegando a contracorriente, en medio de un océano infestado de convulsiones. El amor, claro, no es el matrimonio institucionalizado, ni los nexos afectuosos, ni los vínculos del cariño, ni es la convivencia familiar, ni siquiera es el sexo corpóreo y fungible. El amor es un absoluto, un ánimo totalizador, el ensimismamiento del verbo, la carne y el espíritu. Además de una combinación de dopaminas, serotoninas, oxitocinas y cosas así, pero no vamos a entrar en ese suelo bioquímico o fulminaremos la abstracción y los sueños y toda la poética de la tradición oral de los trovadores.

Porque los que saben aseguran que el amor nació en la baja Edad Media, con los trovadores. No es que antes no estuviera en Fedro (y la pederastía también) y en El Banquete de Platón -el amor es lo que hace al hombre vivir más honestamente-, o en el Ars Amandi de Ovidio -que ya distinguía los tipos de amor y recomendaba los procedimientos para que perdurara-. Pero ese no es el amor “romántico”, el de los folletines, o el amor de Petrarca sobre Laura o el de Dante sobre Beatriz, aunque la primera (Laura) fuera una figura humana y la segunda (Beatriz) estuviera absorbida por un velo espiritual. O el de Werther o el de Romeo. O el de Calisto. El “amor puro” no tiene que ver con la ternura, ni con los rollos culturales, sino con ese estado de enajenación temporal, a veces incomprensible, alteradora de conductas y juicios, ese trance que define Kallifatides. Indómito, intenso, fuera de toda razón, como el del surrealista Bretón con Lamba o el de Kokoschka con la Mahler.

El amor, en realidad, ha sido siempre cosa de aristócratas y de burgueses. Y de poetas y de juglares, canción va, verso viene. El personal común, que ha discurrido por la historia común y maloliente, no ha tenido oportunidad de vivir el “trance amoroso”, obligado como estaba a casarse por un ordeno y mando familiar o clasista y deslomado trabajando de sol a sol. El “pueblo” se ha enamorado cuando le han dejado enamorarse (o sea, casi nunca). El amor selecto, el refinado, el delicado y fino -no el popular y vulgar, que es el de la fornicación, más o menos- ha sido asunto de los altos estamentos sociales. El amor exquisito, “romántico”, fue pasando de las clases altas a las bajas, porque el personal se fue enseñando lo del amor absoluto a través de los Romeo y Julieta, y leyendo los folletines del romanticismo y esas cosas. Las civilizaciones antiguas eran masculinas, y son aquellos contadores de historias, poetas y músicos, juglares y trovadores, circulando de aldea en aldea, los primeros en poner a la mujer en el mapa, como observó Engels, que no tenía un pelo de tonto aunque la gloria se la llevara Marx. Si el matrimonio “de interés” es el que ha atravesado la historia, el amor romántico, el que explosiona en el ochocientos, es el que ya desafía las convenciones sociales. La Bovary y la Karenina, la Ana Ozores de Clarín, y un poco después la Constanza de Lawrence, lo pueden atestiguar: se enfrentan a la moral canónica y al desnivel social. El amor de Neruda en los “20 poemas” ya no es el amor romántico, sino el amor sensual, y hay poco amor en Steinbeck, en Camus, en Faulkner, en los grandes, si exceptuamos a El Gran Gatsby de Fitzgerald, pero ése es un amor unilateral: no hay correspondencia. No hay amor en De Lillo, ni en Corman, ni en Pynchon, ni en Roth, y cuando existe ya es una clase de amor desvestido de purezas, físico y terrenal, a veces despiadado. El amor en las cóleras de García Marquez se aproxima más al “amor/amor” de los culebrones sudamericanos, a ese sentimiento enclaustrado en las rebajas cursis de cualquier canción pop o en alguna película de “arte y ensayo” del lejano Japón, aunque el colombiano se eleve en la prosa. Ni siquiera Hollywood le hace el caso que le hacía, y sabemos que la industria de los Angeles -lo que quede de ella- siempre ha sido un barómetro de la presión medioambiental en los gustos colectivos mayoritarios. No hay público. El amor de Brines es un poco heideggeriano, muy existencial, y el de nuestro Ausiàs identifica el alma mediterránea y popular: ya es un amor de deseo carnal en lucha contra el deseo espiritual. El amor “verdadero” se democratizó muy tarde, hace nada, dado que para enamorarse es imprescindible saber antes qué es eso del amor. El amor imita a la literatura en lugar de la literatura imitar al amor. El XIX fue su siglo. El “pueblo” -explotado y trabajador, que decía un antiguo lider del POUM- bastante tenía con lo que tenía. Se enteró por la literatura -y las trovas- y se dedicó a plagiar la representación.

Tracking Pixel Contents