Opinión

Ateneo Libertario Al Margen de València
Todos lo sabemos

Varias personas en la playa del Trampolín, a 5 de agosto de 2026, en Ceuta. / Gabriela Sardá Núñez - Europa Press
No hace falta ser un analista político muy fino para intuir que lo ocurrido en Ceuta, no supone una sorpresa y esa misma finura, nos indica que no será la última vez. TODOS LO SABEMOS.
Independientemente que algunos pensemos que cualquier reminiscencia colonial debería desaparecer, que ciudades como Ceuta, Melilla y Gibraltar, deberían volver a la situación que por su posición geográfica les corresponde, no quita que hoy en día, la legalidad es la que es, y esa legalidad empuja a actuar, aun sabiendo que legalidad y territorialidad (o simplemente sentido común), muchas veces no andan de la mano.
Es imposible comprender lo que ocurre en Ceuta y Melilla, sin tener presente uno de los elementos clave del nacionalismo marroquí, nacido en la primera mitad del siglo XX, el concepto de “Gran Marruecos”, que incluye Ceuta, Melilla, el Sáhara Occidental, toda Mauritania, norte de Malí y oeste de Argelia, justificándolo como una continuidad de las antiguas dinastías que reinaron en esos territorios. Periódicamente, y en función de sus intereses y la situación política mundial, Marruecos nos recuerda que ese proyecto del “Gran Marruecos”, sigue vivo, y no cesarán en su empeño.
Como consecuencia de ese empeño, Marruecos apenas tiene relaciones con Argelia, y aunque con Mauritania las relaciones parecen buenas, en realidad, el régimen marroquí aprovecha ciertos instrumentos (educación, religión, economía, medios de comunicación, ...) para intentar moldear élites, crear lobbies de influencia y penetrar en la estructura del débil estado mauritano.
Así pues, lo de Ceuta y Melilla, es un guión que lleva escrito mucho tiempo.
En 1975, con la Marcha Verde, Marruecos consiguió que España, le regalara el Sáhara Occidental. En 2021 fueron 5.000 personas las que el rey de Marruecos envió y al año siguiente, el presidente Sánchez, apoyó una autonomía marroquí para el Sáhara. Ahora han sido 70.000, justo después de tramitar la ley de Nacionalidad Saharaui y estrechar lazos con Argelia.
Todo este sufrimiento (141 fallecidos, familias enteras, niños pequeños, menores no acompañados, jóvenes sin nada que perder), carece de importancia para el gobierno marroquí, cuya prioridad, por encima de vidas y gentes, es la hoja de ruta del “Gran Marruecos”.
Y mientras tanto, Europa sigue actuando como sin nada pasara: fingiendo sorpresa, aparentando no saber, simulando que no tiene explicación.
Hasta los medios de información más moderados tachan a Marruecos de dictadura. Un rey sátrapa, que vive más en París que en su propio país, rodeado de una corte corrupta de privilegiados (el Majzén), ajenos totalmente a un pueblo que malvive sin horizonte ni esperanza. Y ese régimen, cada vez que se ve en apuros internos o necesita algo de Europa (dinero, silencio, ganar una votación en foros internacionales), utiliza a su propio pueblo como arma arrojadiza. Abre la frontera. La cierra. La vuelve a abrir. Todo según su conveniencia.
Todas estas actuaciones de Marruecos, no podrían llevarse a cabo sin el apoyo, fiel y sostenido de Estados Unidos e Israel, que no olvidemos, tienen a España en el punto de mira por su postura sobre Palestina e Irán. Desde la firma de los acuerdos de Abraham (Marruecos reconoce a Israel y EEUU apoya la soberanía marroquí en el Sáhara), Marruecos se ha convertido en el “Israel” de África. Compra masiva de armamento a EEUU y drones a Israel, utilización de tecnologías israelí para el espionaje, copia del modelo israelí para colonizar el Sáhara (traslado de colonos, muros en el desierto, colocación de minas, represión a los saharauis con encarcelamientos arbitrarios y torturas, impedir la entrada al Sáhara de activistas, periodistas o abogados). Y lo más chocante, es que la “democrática” Europa, ejemplo de respeto a los derechos humanos, mira para otro lado y no sólo no se atreve a decir nada, sino que riega al régimen marroquí con ingentes cantidades de dinero para intentar apaciguarlo y comprar su colaboración.
Cuando se nos mueve la tierra bajo los pies, cuando algo nos saca de nuestra apacible comodidad, cuando algo nos produce un terremoto vital, solemos echar siempre la culpa a los más débiles, a los que huyen desesperadamente de una vida indigna, que, en cualquier parte del mundo, suelen ser los más pobres. Es lo más fácil porque apenas pueden responder para defenderse, corren, nadan y algunos sobreviven, pero no tienen como expresarse, cómo hacer llegar su situación, son simples números (tantos entraron, tantos salieron, tantos se ahogaron).
Mientras, los que convierten y mantienen a sus pueblos en la pobreza, quienes tratan a sus ciudadanos como mercancía de negociación, los que usan a su ciudadanía como arma de chantaje contra otros, los vemos todos los días en los medios de comunicación, bien vestidos, reunidos en suntuosas sedes y moverse en potentes todoterrenos.
Y por si todo esto no fuera bastante grave, tenemos una derecha montaraz, muy católica y de misa diaria, que dice que hay que echarlos a todos a como sea (porrazos, patadas, empujones, arrastrados o cañoneando pateras) y además, dejar de financiar las asociaciones que trabajan con inmigrantes, digo yo que incluirán a Cáritas y Cruz Roja. Una derecha cerril, que no se acuerda que, no hace tanto, sus compatriotas cruzaron el océano hacia América con lo poco que llevaban encima, huyendo también de la miseria. No se acuerdan de cuando nuestros vecinos emigraban a Francia, Alemania y Suiza buscando lo que aquí se les negaba. Pero “llevaban papeles”, dirán. Pues claro, de eso se trata, de conseguir una migración ordenada y con papeles, que no se conseguirá si se sigue sucumbiendo al ruin y continuo chantaje marroquí.
Y mientras, quiénes son los verdaderos responsables, TODOS LO SABEMOS, aunque no tenemos el valor de señalarlos, asumiendo el cobarde papel de culpar a quien más sufre en todo este drama. Aquí las grandes víctimas son el pueblo marroquí y quienes intentan huir de esa dictadura. Y también lo somos nosotros, ciudadanía europea, convertida en rehén del chantaje permanente de esa misma dictadura.
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