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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

Un eclipse antes de la batalla de València

María José Catalá parte con ventaja, pero todo dependerá de unos pocos miles de votos y de la capacidad de cada bloque para concentrarlos

Un eclipse antes de la batalla de València.

Un eclipse antes de la batalla de València. / ChatGPT

A menos de un mes del inicio del curso político, son días de fiestas patronales, las últimas de este mandato municipal. Con permiso de la esperada avalancha astronómica del eclipse, llegan noches de cenas populares, desfiles y verbenas en muchas plazas valencianas, donde puede que en más de una coincidan estos días Juanfran Pérez Llorca, Diana Morant y Joan Baldoví. Son fechas para reforzar o impulsar esas candidaturas municipales que deben pelear por cada voto, porque en muchos sitios solo un puñado de papeletas decidirá muchos gobiernos locales, que, a su vez, deben arrastrar sufragios autonómicos en el caso de que las elecciones municipales y autonómicas coincidan el próximo 23 de mayo, algo que, por otra parte, nadie puede asegurar a día de hoy.

Aunque para auténticas fiestas electorales habrá que esperar hasta marzo, a las próximas Fallas. Porque es en València donde se va a resolver la madre de todas las batallas políticas del curso, con independencia de que Sánchez avance las generales y a Llorca le dejen juntarlas. Tras la incorporación estelar de Mónica Oltra a la carrera por la alcaldía y con la incógnita de cuándo Vox hará oficial a Vicente Barrera como cabeza de cartel, en esa disputada partida, María José Catalá sale con ventaja.

València está sucia y colapsada, cierto. Solo hay que pasear por Ciutat Vella y contemplar, junto a los grandes monumentos, contenedores repletos y rodeados de basuras malolientes. Con un paisaje de papeleras reventadas en el Jardín del Turía y en el paseo marítimo, sobre todo las matinales de sábados y domingos. Los atascos de tráfico son los peores en años, producto de una movilidad improvisada donde la preocupación por la mejora del transporte público brilla por su ausencia. A lo que hay que añadir el problema de la falta de vivienda, que, aunque sea un común denominador en la mayoría de las ciudades españolas, se sigue sin un plan realista que aborde las necesidades por barrios, con un catálogo de pisos de segunda mano, solares disponibles y acuerdos de colaboración público-privada para la construcción de vivienda nueva.

Con este panorama, ¿cómo es posible que Catalá salga con ventaja? Pues primero porque llega a la cita con la vara de mando, y con un organigrama bien planificado de actuaciones realizadas durante su etapa para que a principios de año las máquinas desaparezcan de todas las calles y las obras descubran más y mejores aceras. Además, cuenta con un proyecto de ciudad muy reconocible, por tanto, cuestionable, pero al mismo tiempo nada sectario, porque ha sabido integrar en su equipo a colaboradores con mucho sentido cívico y poco partidistas.

Hay otro factor coyuntural que juega a favor de Catalá y es que los votantes que puede perder por la gestión deficiente en limpieza y movilidad irán a Vox, con lo que el bloque mayoritario actual puede mantener su mayoría de tan solo un concejal, incluso más holgada porque en mayo de 2023 hubo 9.588 papeletas con la marca del desaparecido Ciudadanos.

Si se suman esos votos de Ciudadanos al bloque PP-Vox, hace tres años, las derechas obtuvieron 213.765 votos (51,67%), mientras que el bloque de la izquierda, con los votos de la candidatura de Unides Podem, consiguió 187.298 (45,26%). Esos más de seis puntos de diferencia son el listón que deben superar Compromís y PSPV para reeditar el pacto que mantuvo ocho años a Joan Ribó en la alcaldía. Por tanto, alrededor de 25.000 votos decidirán. Con el perjuicio que mientras en el bloque de las izquierdas la suma nunca es aritmética como en las derechas, porque un antiguo votante de Ciudadanos siempre buscará la papeleta del PP o Vox, o un elector popular enfadado se refugiará en Vox. Ese transvase entre Compromís, PSPV-PSOE y Unides Podem es más complicado, como demuestra las infinitas escisiones de la izquierda valenciana, donde los protagonismos y los nombres siguen dando juego.

La vuelta de Mónica Oltra refuerza a Compromís como principal opción progresista en València, porque además de contar con Esquerra Unida y Podemos, articulará un frente amplio, aunque sea tarea complicada casar a los minoritarios de Esquerra Republicana con los municipalistas de Ens Uneix. Hay que esperar también que propuestas novedosas tiene en cartera Oltra, y si opta por la ciudad de Giuseppe Grezzi, el ideólogo de Ribó, o por la de los nacionalistas de Més. Aunque es importante saber que piensa del túnel pasante y si está a favor de una gobernanza metropolitana, a la que el gobierno del Rialto siempre se opuso, la candidatura de Oltra cuenta a su favor con el demostrado activismo de Compromís que se refleja en las urnas.

Pilar Bernabé es la mejor candidata que han tenido los socialistas en València desde Carmen Alborch. Aunque los tiempos no son los más favorables para ella, porque el efecto Pedro Sánchez también juega en contra. Su capacidad de presencia en la dana, con gestión y críticas a Mazón, la consolidó como un valor progresista en alza, porque además se le entiende todo cuando habla, una virtud escasa. Sin embargo, la entrada en concurso de Oltra le ha cambiado el paso, porque estaba centrada en recoger apoyos en caladeros de Compromís con propuestas y campañas tan parecidas que ahora es difícil diferenciar. Cuando eso pasa, la gente siempre prefiere el original a la copia. Y, por el contrario, más que un frente amplio, todo indica que su lista será otro equilibrio entre las distintas agrupaciones socialistas del Cap i Casal, aunque algunos de sus militantes aún están en la época de Clementina Ródenas, como en esa comedia de ‘Good Bye, ¡Lenin’!

El tiempo de Vicente Barrera, o quién decida el dedazo de Santiago Abascal, será el día después de las elecciones. Si gana el bloque de María José Catalá, el PP de València vivirá una auténtica tragicomedia con Vox.

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