Opinión

Vicepresidenta de la Diputación de Valencia, diputada de Igualdad y Memoria Democrática
Un fracaso social

Cartel del cadafal de la peña con el logo. / Levante-EMV
¿Por qué algunos hombres están obstinados en partir en dos la sociedad? ¿Por qué quieren enfrentar a mujeres y hombres de forma irreconciliable? ¿Por qué son incapaces de observar la sociedad con unos ojos medianamente empáticos? ¿Por qué esa incapacidad para evaluar el daño?
Esa inhabilidad para darse cuenta de que un cartel público de un toro violando a una mujer es poco educativo, como también poco conciliador. La única intención, quiero pensarlo, era el guiño supuestamente gracioso, la mueca jocosa. Pero hay pocas cosas más ridículas que lo pretendidamente gracioso que acaba siendo ofensivo. Ni tiene gracia alguna, ni podemos reducirlo a una broma de mal gusto. Es la traslación, voluntaria o involuntaria, de una forma de ver el mundo, de un imaginario discriminatorio y violento, de una pretensión que normaliza la cultura de la violación, donde la mujer es sometida. "Hay que pasar de la anécdota a la categoría". La frase de Celia Amorós concentra un universo. Lo que parece irrelevante representan un orden, una inercia histórica.
¿Se observan ellos, los artífices del cartel, como viriles toros que violan a mujeres en público? ¿Puede haber algo más atroz y sádico? Sería interesante que las nuevas generaciones no canalicen discursos antiguos. Esos que parecen querer ser actualizados por aquellos que se ven amenazados. El miedo no es buen compañero de viaje. Nos ensimisma en una constante amenaza que magnifica el potencial de los supuestos rivales. Las mujeres queremos nuestro espacio. Lo queremos y los vamos a seguir reivindicando. Y por supuesto que los hombres son necesarios en esa reestructuración social, pero no entendiéndolo como una nueva discriminación, sino como un acto de justicia en una sociedad de igualdad.
Dice Agustín Zaragozá que la socialización masculina educa en metas inalcanzables, lo que provoca una frustración que, desgraciadamente, guía sus vidas. Qué añejo lo que algunos aportan, que mirada más cañí la de algunos hombres que se creen graciosos, que antigua y cerrada la sociedad que algunos vislumbran. Desgraciadamente ya tuvimos otro ejemplo con los cofrades de la Semana Santa de Sagunt votando en contra de la modificación de los estatutos para la inclusión de las mujeres con el objetivo de que procesionen a su lado. Una tradición que, según ellos, sigue protegiendo espacios de hombres y de la masculinidad. Ya lo dijimos por entonces: “No es un tema de religiosidad o de tradición, es un tema de contexto y de relato. La creencia patriarcal se impone para marginar a las mujeres, que quedan sin derechos básicos. No es tradición, es estructura machista. El contexto legitima o deslegitima el espacio. En este caso, lo segundo”. Ya está bien de que en espacios masculinizados se reproduzcan este tipo de mensajes. Ya está bien.
Isabel Olmos nos recuerda que el año pasado hubo 593 agresiones sexuales con penetración en la Comunitat Valenciana, una media de 1,6 violaciones al día; con un incremento del 22,8 % en el primer trimestre de este año ¿Creen que hay mucha distancia entre dichas agresiones sexuales y esos mensajes públicos que banalizan las agresiones? Unos son los responsables “intelectuales” de los otros, unos diseñan el terreno de “juego” y otros lo usan. Para que exista una agresión sexual primero debe existir un discurso que lo autorice. Es importantísimo que se trabaje a nivel pedagógico en esos espacios masculinizados como peñas taurinas o futboleras porque allí, retroalimentándose unos con otros, se normalizan conductas que no son constructivas en democracia. Es vital. La convivencia está en juego.
¿Y las autoridades? ¿Dónde quedan? ¿Y su responsabilidad para mediar entre los alegatos de los agresores y las víctimas? ¿En casos tan flagrantes como estos, solo las mujeres se ven ofendidas? ¿Ningún hombre? ¿Durante tantos días? ¿No es un fracaso social que durante tantos días un cartel así esté colgado en un espacio público y no se sea capaz de interpretar todo lo que representa, toda la ofensa que supone? ¿Van a continuar las subvenciones a esta peña taurina o a otra que discrimine a las mujeres? ¿Qué se hubiese dicho si el violado fuese un hombre, en un cartel igualmente repelente? ¿Quiénes son los responsables que se ocultan dentro de estos colectivos?
Muchas preguntas en esta reflexión. Lo hacemos constantemente las mujeres, que somos incapaces de tomar decisiones relevantes sin medir las consecuencias. Eso supone preguntarse que vendrá tras la acción. No parece complicado.
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