Opinión | La veleta de papel
Júbilo

Personas mayores en una imagen de archivo. / IÑAKI OSORIO / FDV
Llegar a la atalaya de la jubilación te permite observar los asuntos mundanos desde una perspectiva diferente, ni mejor ni peor; más pausada. Relativizas lo que antes eran urgencias y magnificas lo que nunca fue. Tampoco eres el pozo de sabiduría que no fuiste. Las necesidades monetarias se matizan. Puedes viajar sin corsés temporales. Duele el desapego y la ingratitud, mas es relajado. Ante asuntos públicos imaginas qué hacer, pero sin la obligación y el riesgo de tener que hacerlo. Sin tener ninguna obligación madrugas y paradójicamente añoras el trabajo.
En su momento te equivocaste en bastantes ocasiones y también acertaste algunas. Conociste personas interesantes y otras que sin serlo lograron hacerte creer lo contrario. Dedicaste energías y tiempo en muchas batallas que creíste primordiales para ahora darte cuenta que casi ninguna lo era. Y sigues aportando tu grano de arena a este mundo que ya casi es el de otros.
Los amigos salen menos a confraternizar; visitas más al médico que al bar. Comienzas a ser biónico y cada día sumas un dolor a los anteriores. Te cansas sin haber comenzado. Los trámites burocráticos son una intimidante tortura. Aceptas que olvidas cosas intranscendentes y que la sordera avanza. Las nuevas tecnologías se rebelan dejándote incomunicado y tienes que rogar que lo arreglen.
Dos peligros crecientes acechan en este periodo temporal: soledad y edadismo. La inmensa solitud que muchos y muchas sienten puede y debe ser mitigada entre todos. Ser senescente no significa ser desechable ni prescindible: no, no lo es. Usamos de manera más sutil la esperanza, alegría, creatividad, ilusión y goce. Algunos son tan vitalistas incluso para enamorarse. La fuerza mengua, no el deseo ni la mente. Capaces y vivos.
Los seres queridos por razones naturales van yéndose con los antepasados y no puedes o no quieres acompañarlos. Aunque nunca vas a olvidarlos. Los hijos (y nietas) crecen y hacen (como tú hiciste) su vida sin tenerte mucho en cuenta. Es ley de vida.
Como la arena del Mediterráneo, el tiempo, escapa a raudales de entre los dedos sin poder retenerlo. Del árbol de nuestra vida van cayendo con inusitada rapidez hojas con retazos escritos de nuestra historia. Te asomas al vértigo de un acantilado de afilados cristales de basalto con las fuerzas menguantes. Quedan escasos quinquenios que sumar a la nómina vital, pocos o ninguno; y eso cuando lo piensas da miedo, incluso a los creyentes. Es el declinante ocaso invernal, mas aún llegará al menos otra primavera.
Siendo cierto, gracias a Dios hoy existes, piensas y si te dejan, gozarás de pequeños o grandes placeres. Te deseo que sea siempre acompañado. Que nadie te lo cuente: vive con júbilo.
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