Opinión
Tan lejos y tan cercano

Chile aprueba reservar 17 escaños para las comunidades indígenas en el Parlamento
Como todos los 9 de agosto queremos recordar a los Pueblos Indígenas que agrupan más de 476 millones de personas (unos 5.000 grupos distintos) en 90 países; representando el 6,2% de la población mundial, y que sufren una gran vulnerabilidad y pobreza, dando lugar a que la ONU reconociera sus derechos colectivos sobre sus culturas, identidades y territorios en una Declaración específica.
Lo primero que recordamos son los indios pieles rojas abatidos por los “blancos” conquistadores de sus tierras. Hay otras historias reales de pueblos expulsados de sus tierras, que nos duelen mucho, como el tibetano, o tantos pueblos indígenas de América Latina, África, Asia y Oceanía, que han sufrido conquistas, despojos y desplazamientos forzosos.
Un trozo de nuestro corazón se queda con cada uno de esos pueblos arrollados, masacrados, y … olvidados.
Entre ellos, los indios huilliches, indígenas del sur de Chile, rama sureña del pueblo Mapuche, tradicionalmente pescadores, agricultores, pequeños ganaderos, labradores, …, que vivían en comunidades con una organización horizontal basada en la colaboración recíproca, en contraste con las ciudades estratificadas por etnia y clase, donde el mito y la religiosidad era el principal espacio de articulación entre ambas.
En el siglo XVI, los españoles llegaron a sus tierras. Los huilliches (williches) fueron forzados a trabajar en lavaderos de oro. Más tarde, en el XIX, colonos alemanes y el propio Estado chileno les quitaron muchas de sus tierras. Hubo alzamientos, guerras y revoluciones, pero también una larga lucha jurídica y social por sus derechos, que continúa hasta hoy. Unido, además, a pérdida de cultura, tradiciones y reconocimiento social de su identidad y formas organizativas. La escritora valenciana Emi Zanón, en su novela Yámana, Tierra del Fuego, calificada de exótica, describe a este pueblo.
Monseñor Juan Luis Ysern de Arce, obispo emérito de Ancud (Chile), sacerdote Valenciano, ha dedicado su vida a los más alejados; fue defensor activo de las comunidades Huilliches en Chiloé al oponerse, en 1997, a la explotación forestal del Parque Tantauco por un empresario forestal estadounidense.
Tantauco, palabra huilliche, significa "lugar donde se juntan las aguas", también llamado así el Tratado de Tantauco, acuerdo firmado en 1826 para la incorporación pacífica de la isla de Chiloé a la República de Chile.
Dichos terrenos fueron comprados en 2004 por Sebastián Piñera, entonces senador, para crear una reserva ecológica. Monseñor Ysern vio en esa operación una oportunidad para resolver los conflictos pendientes sobre las demandas territoriales de las comunidades huilliches. Buscó el diálogo, reclamó soluciones justas, intentó que se reconocieran los derechos ancestrales sobre esas tierras. No lo consiguió plenamente, pero su compromiso fue tan profundo que, en 2003, el Consejo General de Caciques lo nombró hermano huilliche, reconociéndolo como uno más del pueblo al que había defendido.
A sus 96 años, Monseñor continúa luchando para ayudar a reconstruir la identidad de un pueblo. Un gran ejemplo para todos. Su vida encarna una idea central de los derechos humanos: “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Exige que nadie quede fuera, que los Pueblos Indígenas participen plenamente en las decisiones que afectan a sus tierras, recursos y futuro, como proclama la Declaración de Naciones Unidas.
No hay que olvidar la sabia frase de Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz: "Los pueblos indígenas hemos podido ocultar nuestra identidad porque hemos sabido resistir".
En Fundación por la Justicia trabajamos en esa dirección: acercar la defensa de los derechos humanos a la ciudadanía, apoyar tareas que protejan a los más vulnerables, recordar que la justicia no tiene fronteras y que la distancia geográfica o temporal no es excusa para la indiferencia. Reconocer la riqueza de culturas que han cuidado la tierra durante siglos y asumir que la lucha por su dignidad es también nuestra lucha y nuestra dignidad, nos enseña que cada persona puede hacer algo para que los derechos humanos dejen de ser un discurso y se conviertan en realidad, tan lejos y tan cercano a la vez.
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